Colors: Colores de la Guerra (1988)

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Los noventa fueron unos años propicios para las sagas policiales dentro del mundo del cine. Se empezaba a cimentar (pese a que existían precedentes en los años setenta) lo que hoy conocemos como las Buddy Movies, es decir, películas donde normalmente los protagonistas son un par de policías, que se contraponen el uno al otro (Policía blanco y policía negro, bueno y malo, etc.…) para formar un estereotipo más amplio con el que el público pueda encajar. Uno de los éxitos comerciales más importantes de las Buddy Movies fue Lethal Weapon (Arma Letal, 1987) dirigida por Richard Donner y producida por la Warner Bros, que marcaría una línea a seguir dentro del subgénero.

La respuesta por parte de la MGM no se hizo esperar, y tan sólo un año más tarde el mítico director Dennis Hopper, autor de la contracultural Easy Rider (Easy Rider. Buscando mi destino, 1969) presentaba una película con argumento muy similar, titulado Colors (Colors: Colores de Guerra, 1988). Colors es seguramente una película con unas intenciones artísticas más altas que la película de Donner, aunque también es cierto que Hopper no acierta con el montaje y en ocasiones el filme peca de ser demasiado inconexo. Lo que si resulta insólito es la que se contará con Hopper para la dirección, cuando llevaba largo tiempo sin trabajar desde su última película, precisamente The Last Movie (La última película, 1971).

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El guión de la película lo escribió Michael Schiffer, quién se adentró en el mundo de la policía para que su guión tuviera una mayor conexión con la realidad. Y lo cierto es que funciona, porque Colors, a diferencia de otras películas de acción muestra una vena mucho más verista, mostrándonos el día a día de las acciones policiales y sobre todo las actuaciones  violentas de las bandas callejeras. El guión cuida muy correctamente estos detalles, que podemos comprobar en numerosos ejemplos por ejemplo en una jerga dialéctica bastante natural dentro de estos ámbitos suburbanos, así como el tratamiento que aporta la banda sonora, una recopilación de diversos temas de Hip Hop, como la canción Colors de Ice-T, que es el tema principal del filme. De hecho, la banda sonora de la película sería uno de los mayores aciertos, y lo que ha conseguido elevar a la película hoy en día como un film de culto.

La película nos presenta a dos protagonistas habituales dentro de las Buddy Movies, como son dos policías. Sin embargo, esta vez el contraste entre ellos no proviene de su color de piel, como si sucedía en Arma Letal, sino de su experiencia. Sean Penn es un jovencísimo policía, que acaba de entrar en el cuerpo, siendo asignado en las secuencias iniciales al personaje que interpreta Robert Duvall, mucho más veterano (de hecho está a un año de jubilarse). Uno de los ejes principales de la película, mucho más allá del conflicto que sostiene la policía con las bandas callejeras (y el conflicto entre las propias bandas), consiste en la evolución entre los dos personajes. Especialmente el de Penn, que es un joven demasiado atrevido y que quiere comerse el mundo desde el primer minuto en que se sube al coche de policía. El personaje de Duvall tratará de demostrarle que la vida no es como en las películas (valga la paradoja) hasta el final del metraje. Así pues tenemos también un contraste entre policía joven alocado e inexperto y policía veterano y paciente. Existe también una radiografía del mundo suburbano, que la película explora con efectividad. Especialmente importante en el bando chicano, que cuenta además con dos actores que tiene bastante peso en la historia, como son María Conchita Alonso y Trinidad Silva.

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La película nos muestra la lucha a muerte entre dos bandas rivales, debido a un asesinato por parte de una de ellas hacía un miembro rival, que tiene lugar en una secuencia inicial (con violencia explicita). Las dos bandas están regidas por diversos miembros del barrio, y tienen una componente étnica bastante diferenciada. Una de ellas, simbolizada por el color azul, está llena de miembros chicanos, mientras que la rival, vestida de rojo lo está de afroamericanos A lo largo del filme seremos testigos de la guerra abierta que existe entre las dos bandas.

Hay que destacar, que a diferencia de Arma Letal, la película de Hopper está totalmente carente de humor. Algo bastante sintomático si tenemos en cuenta que precisamente el tono cómico está ligado de manera indisoluble al género de las Buddy Movies. Está ausencia está justificada por la voluntad documentalista de la película, que trata de profundizar en el verdadero drama, dejando de lado las concesiones comerciales.

A pesar de todo, Hopper acaba facturando una película demasiado irregular. Hay secuencias sueltas de gran nivel, pero la unión de todas nos muestra un producto al que le falta acabar de concordar todos los ingredientes que tiene encima de la mesa.

 

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Semilla de Maldad (1955)

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The Blackboard Jungle (Semilla de Maldad, 1955) es una película que pese a tener poco reconocimiento dentro de la Historiografía, acabaría por formar un subgénero propio. Sin ella, difícilmente podríamos hablar de películas como To Sir, With love (Rebelión en las aulas, 1967) o Dead Poets society (El club de los poetas muertos, 1989), por no hablar de multitud de telefilmes que siguen la misma temática que nuestra película.

En efecto, Semilla de Maldad pone la primera piedra dentro de este subgénero de institutos y jóvenes adolescentes. Pero además, añade una serie de características singulares que los demás films cogerían con avidez. Para empezar, nuestro protagonista principal es un joven e inexperto profesor (antes era un veterano de la guerra), un idealista que decide embarcarse en la aventura de ser docente. Sin embargo, su idealismo se viene al suelo cuando comprueba que absolutamente todos los jóvenes de la escuela son conflictivos y la educación les da absolutamente igual. Sólo leyendo estas líneas nos daremos cuenta de la influencia de Semilla de Maldad en tantas películas.

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Pero el filme que dirige el brillante Richard Brooks (quien también escribe el guión, basándose en una novela de Evan Hunter) tiene un interés muy especial, y además profundiza enormemente en muchos aspectos. Hemos de tener en cuenta que además la película está dirigida muy tempranamente, en el año 1955, y que se hace eco de unos problemas sociales que acabarían siendo explotados por el cine años más tarde. Semilla de Maldad se anticipa por ejemplo a películas populares como West Side Story (West Side Story, 1961) en el tratamiento del racismo.

La primera secuencia es magnífica. Primero se nos muestra mediante unos intertitulos de texto la importancia de demostrar que la película es sólo el reflejo de una parte de la sociedad, y que no toda la juventud es así, etc… cuando de repente escuchamos a todo volumen la canción popular de Rock (una de las primeras de la historia) del grupo Bill Halley and the Comets, Rock Around The Clock. Ingenuamente, la película relaciona la explosión juvenil y la rebelión adolescente con la música antiautoritaria como fue el Rock, que estaba en plena efervescencia en aquellos años. No sólo el Rock es un elemento distintivo de nuestros jóvenes protagonistas de Semilla de Maldad, sino también las chaquetas de cuero, un lenguaje malsonante, tupes abrillantados por la gomina…Sin duda la película de Richard Brooks elabora una iconografía impactante.

La película trata fundamentalmente el debate de la educación. En un primer momento los jóvenes de la escuela se posicionan totalmente en contra de nuestro protagonista interpretado por Glenn Ford. A pesar de que en diversos momentos del filme lo veremos desilusionarse completamente, finalmente conseguirá reaccionar y conseguir el respeto de sus alumnos. Semilla de Maldad, pone así de manifiesto la importancia de la educación (¿Les suena?) en reiteradas ocasiones. Brooks incluso relaciona el derecho fundamental de educar a la juventud, provenga del escalafón social de donde provenga (tema importante en el filme), con el patriotismo norteamericano (en la secuencia donde Glenn Ford visita una escuela mucho más importante que la suya y escucha a los jóvenes interpretar el himno estadounidense). Sintomático resulta el discurso que encabeza el propio protagonista, cuando en uno de sus momentos de desilusión compara los sueldos de los profesores (una miseria) con el de los diputados.

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Pero hay que decir que Semilla de Maldad es una película ciertamente atrevida. No sólo por la violencia explicita que vemos en multitud de ocasiones en el filme (para muestra la secuencia en la que un joven intenta violar a una profesora), sino porque inteligentemente no encontramos un blanco y negro de ideologías, sino que la obra permite el debate. El racismo sale a la palestra, ya desde los primeros minutos de la película, cuando somos testigos de la gran diversidad de etnias que forman la clase de nuestro profesor (irlandeses, afroamericanos, puertorriqueños). Unirlos a todos será una de las tareas del profesor, pero es que incluso Brooks nos muestra parte de los prejuicios que tiene el propio personaje, cuando tacha de negro a uno de sus alumnos (el que encarna Sidney Poitier).

Aún así Semilla de Maldad es una película claramente progresista. El personaje de Sidney Poitier (paradójicamente él sería el actor que interpretaría el profesor en Rebelión en las Aulas) y su favorable evolución es una clara muestra de ello. La película contrapone este personaje, afroamericano, con el que interpreta Vic Morrow, de piel blanca y que sin embargo acosa constantemente a nuestro protagonista. La película resuelve este conflicto en un final clímax de gran nivel.

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La Última Noche del Titanic (1958)

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A Night to Remember (La última noche de Titanic, 1958) es la adaptación cinematográfica del libro de Walter Lord, de título homónimo al de la película (en su idioma original). La novela era una visión sobre la última noche del Titanic, y el autor contó con gran multitud de entrevistas a supervivientes del naufragio, con tal de conseguir la mayor veracidad posible. El director del filme, Roy Ward Baker, sigue la novela muy fielmente, y podemos decir sin miedo a equivocarnos que la película adopta el tono tan objetivo del libro.

No era la última vez que se rodaba la tragedia del Titanic. Podemos recordar la célebre versión alemana, dirigida en pleno año de segunda guerra mundial, en el 1943, una película puramente de propaganda, pero lo cierto es que la película de Roy Ward Baker consiguió alzar el tema a los burladores y a la opinión pública.

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En gran medida, La última Noche del Titanic tiene una vena documentalista muy latente. Por ejemplo, no hay un protagonista principal, sino que la obra es totalmente coral, mostrándonos una galería de personajes que seguramente forman parte de la obra de Walter Lord. Además hay una intención por parte de la película por detallar los acontecimientos que llevaron al Titanic al hundimiento, como la secuencia en que se nos explica la mala planificación de los compartimientos o las notificaciones acerca del deshielo que provocaron la oleada de Icebergs.

Por otra parte, La última Noche del Titanic anticipa el cine conocido como de Catástrofes, que sería uno de los subgéneros más exitosos de la década de los setenta, con películas como The Poseidon Adventure (La aventura del Poseidón, 1972) o The Towering Inferno (El coloso en Llamas, 1974), sin embargo nuestra película difiere en algunos aspectos de estas películas tan aparatosas que aparecerían tiempo después. No busca un sentido de la espectacularidad tan extremado, sino que se centra más en la versión general de los hechos. Es más, la película está rodada en Blanco y Negro, lo que en teoría puede parecer contrario a la comercialidad del filme.

Como ya comentaba, la película no sigue a un único protagonista, sino que es el propio Barco y sus habitantes los protagonistas de la película. En la primera parte del film asistimos al jolgorio de las celebraciones y de la gente que embarca en el transatlántico, mientras que la tripulación del barco, confiada de si mismo inicia los preparativos. Sin embargo, rápidamente el metraje cambia de tercio con el avistamiento y finalmente con la colisión contra los Icebergs. Es verdad que el esperado choque llega bastante pronto en la película, con lo que posteriormente la obra se alarga reiteradamente en secuencias que resultan bastante repetitivas, como las que suponen el embarcamiento de mujeres y niños en los botes de salvamento.

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A pesar del tono documentalista de la película, es cierto que Roy Ward Baker introduce una potente tensión en la película, así como un dramatismo coral muy interesante. Sentimos en las carnes la tragedia de los pasajeros, y hay momentos en que la película consigue poner los pelos de punta. Y además, a pesar de saber de antemano que el barco evidentemente se va a hundir, el filme consigue intrigar al espectador con la llegada de un barco norteamericano (el auténtico barco que llegó tarde al rescate, el Carpathia) que ha recibido la orden de auxilio y que se dirige hacía el barco hundido con la intención de salvar a los supervivientes.

Hay que destacar que la película acrecienta a propósito el heroísmo de tripulantes y algunos pasajeros. Uno de los ejes centrales de la película es precisamente la valentía con la que afrontan los tripulantes su destino. Por ejemplo, una de las secuencias más memorables sucede con la orquesta del barco, que sigue tocando a pesar que no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir, detalle argumental que por cierto antecede a la película de James Cameron, dirigida en el 1999. Pero ejemplos como estos son numerosos en la película, pues también lo encontramos en el capitán del barco, que aguanta hasta el final en su barco (no como Schettino), o el encargado del telégrafo.

A pesar de que la película no cuenta con la misma factura que la película de James Cameron, lo cierto es que consigue dotar de veracidad a sus actos. De producción británica (por la Rank Film), es cierto que en algunos momentos de la película se nota que detrás hay maquetas (sobre todo los planos que apuntan al barco) pero en líneas generales el resultado es bastante correcto.

 

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The Sniper (El Francotirador, 1952)

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The Sniper (El francotirador, 1952) es una película ciertamente extraña. Dirigida en pleno período del cine clásico norteamericano, la película desarrolla un tema poco visto anteriormente en estos momentos del cine, como era el tratamiento principal del asesino maníaco (o psicópata), que en esta ocasión es el protagonista absoluto de la cinta. En cierta manera, la película recuerda a otra muy poco conocida en España, que también se adentra en unos derroteros muy similares, como es Targets (El héroe anda suelto, 1968) de Peter Bogdanovich. Pero claro, El Francotirador, dirigida por Edward Dmytryk se adelanta en más de una década a la obra de Bogdanovich.

Justamente Dmytryk volvía a los Estados Unidos después de ser nominado en la lista negra por parte del comité de actividades antiestadounidenses. La película, producida por Stanley Kramer cuenta con un guión de Harry Brown que a la vez adapta una historia escrita por Edna Anhalt y Edward Anhalt.  Rodada en San Francisco (la ciudad aparece con intensidad en el filme)  y a pesar de ser un película con unos medios bastante ajustados, Dmytryk sabe sacar el máximo rendimiento.

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Arthur Franz, que brilla con una soberbia actuación, interpreta a nuestro protagonista principal y absoluto (no comparte protagonismo con ningún actor más). Se trata de un misógino empedernido, que se balancea entre posiciones mentales totalmente desequilibradas. Es cierto que no es la primera vez que vemos a un asesino en pantalla, pero la verdad es que la figura que encarna Franz anticipa ciertamente el personaje del PschycoKiller, que aparecería con fuerza en filmes muy posteriores. Ya la primera secuencia (secuencia que por cierto mejoraría tremendamente sin la música de fondo que la acompaña) nos muestra una serie de imágenes bastante polémicas y que difícilmente podríamos visionar en alguna otra película de la década de los cincuenta, por su absoluta crudeza. Observamos al personaje de Franz sólo en su habitación, mientras prepara su rifle francotirador y apunta a una pareja por la ventana. Somos incluso testigos de un plano que nos muestra lo que ve el personaje a través de la mirilla (este plano se repetirá en diversas ocasiones a lo largo de la película). Sentimos indudablemente la fragilidad de la carne humana ante la potencia de un arma de fuego. Sin embargo, el personaje no dispara en esta primera ocasión.

Y es que la película se queda a medio camino entre la exploración psicológica (casi podríamos decir que psiquiátrica del personaje, como haría años más tarde películas como El estrangulador de Boston, 1968) y el cine criminal. Pues parte de la película nos muestra una serie de discursos científicos (en ocasiones con un tono bastante naif, que incluso recuerda la explicación final de Psicosis) acerca de la enfermedad del asesino, mientras que el tramo final de la película parece que sigue la persecución por parte de la policía de nuestro asesino.

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A pesar de que es cierto que se respira un aire bastante ingenuo en la investigación de las motivaciones del protagonista, el espectador queda anonadado ante tanta brutalidad e inquisición con la que se mueve la película. Evidentemente, al explorar terra incognita, Edward Dmytryk no sabe muy bien cómo moverse en algunos pasos. Para ejemplo tenemos la manera en cómo se concibe los ataques que recibe nuestro protagonista. La intención del director es mostrar la gran cantidad de golpes que recibe el protagonista, para demostrar su respuesta violenta. Sin embargo, algunos de estos momentos resultan bastante infantiles. No basta con ver un rechazo amoroso o las quejas de su jefa para que seamos capaces de comprender el porqué nuestro protagonista se carga un rifle a la espalda para asesinar a cualquiera que se le ponga por delante.

La misoginia es uno de los aspectos que trata el filme. Arthur Franz interpreta a un personaje que no encuentra ninguna relación fructífera con la que pueda llenar su vacío. Continuamente lo vemos fracasar con mujeres, porque lo que la mayoría de sus víctimas son precisamente féminas.

Hay también una vena documentalista en el filme, que se destapa en el retrato de nuestro protagonista. Desgraciadamente también es cierto que la trama policial es bastante más floja en comparación con el retrato del personaje. Adolphe Menjou interpreta al policía principal, responsable de las investigaciones criminales, pero el guión no acompaña dignamente las andanzas de este personaje.

 

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Alma en Suplicio (1945)

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Mildred Pierce (Alma en Suplicio, 1945) es otra de las obras de cine noir, dirigidas en el cine clásico, que hay que revalorizar. Seguramente hay dos elementos que pesan para que se trate de una obra olvidada. Una es haber nacido en un momento de gloria para este tipo de cine, y la otra es que Alma en Suplicio está dirigida por Michael Curtiz. A pesar de dirigir Casablanca (Casablanca, 1942) o seguramente por ello, pues a Curtiz siempre se la ha considerado un director menor, negándole cualquier tipo de autoría posible, y clasificado frecuentemente por los críticos como un artesano. Puede que el concepto de autor quede lejano para Curtiz, pero hay que admitir que en su haber encontramos un gran numero de películas infravaloradas.

Una de ellas es Alma en Suplicio, una película que cuenta con una potentísima puesta en escena. Si no fuera por algunos momentos que ofrece el guión, seguramente hablaríamos de una de las mejores películas del cine negro. La película empieza con un tour de force espectacular, que nos muestra el asesinato de uno de los protagonistas del relato. Después de este asesinato somos testigos de la llegada de Joan Crawford a la comisaría, donde a partir de un flashback relatará la historia que ha ocasionado este asesinato (Con la intención de contar la identidad del asesino, que aparece oculta durante el asesinato). Así pues, Alma en Suplicio sigue una estructura habitual dentro del género del cine negro, sirviéndose de la voz en Off de nuestra maravillosa actriz principal, Joan Crawford, para agilizar la narrativa y apoyar las imágenes que el espectador está viendo.

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Pero hay más que analizar en estas primeras secuencias. Curtiz emplea una fotografía espectacular, que saca todo el máximo provecho a los escenarios de este arranque. Uno de ellos es la mansión donde tiene lugar el crimen, que inevitablemente recuerda algunos de los fastuosos escenarios que aparecían en Citizien Kane (Ciudadano Kane, 1942) del genial Orson Welles, rodada sólo tres años antes que Alma en Suplicio. De hecho Curtiz parece inspirarse en los grandes planos de la película para su propio filme. La fotografía de estos primeros interiores está llena de luces y sombras, que ofrecen una visión casi terrorífica de la casa, con sombras que proyectan los personajes, que se mueven y que multiplican su espectro. Pero también encontramos una escena rodada en exteriores, donde vemos a Joan Crawford dirigiéndose hacia los muelles, en lo que parece un amago de suicidio, que no acaba provocándose. Entre la magistral Crawford y la tormenta que está totalmente desatada queda una secuencia simplemente espectacular, un soplo de aire fresco que complementa la estética tan degradante de estos primeros momentos.

Alma en suplicio nos cuenta una historia de auge y caída, aunque singular, porque el protagonista no es un gánster criminal, sino una mujer (y a pesar de que coquetea con el concepto de Femme Fatale, no es exactamente una de ellas). La película adapta una obra del mítico escritor de novela negra, James M. Cain. Sin embargo, más que la trama o el desarrollo convencional de la historia (que no ofrece ninguna novedad excepcional), lo realmente interesante es la cantidad de singularidades que ofrecen algunos detalles. Uno de ellos, ya comentado anteriormente, es el protagonismo principal, que recae en una mujer, algo bastante extraño en el cine negro, que acostumbra a ser un género en general bastante machista. Sin embargo el personaje que interpreta Joan Crawford es un personaje con bastantes calidades positivas, pues ella es la única que se ocupa de sus dos hijas, y la que consigue sacar la familia adelante, aunque para ello tenga que trabajar en unos horarios inhumanos.

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Por otra parte, la película trata un tema bastante polémico en aquellos tiempos, como era el divorcio y las relaciones extramaritales. Y es que el personaje de Joan Crawford tiene que aguantar un divorcio bastante traumático, así como el envite de algunos protagonistas masculinos que desean poseerla a toda costa. Sin embargo, ella rechaza a algunos pretendientes, lo que hace que la película relacione la castidad de la protagonista con el mantenimiento del poder.

Además, una de las hijas de Joan Crawford, interpretada por Ann Blyth, ofrece un arquetipo de personaje bastante extraño. Una hija adolescente que resulta ser un auténtico problema para su madre, que es totalmente incapaz de controlarla. A pesar de que en algunos momentos el filme roza el folletín, sin duda los encontronazos entre la madre y la hija son momentos imprescindibles para la película. Momento especial cuando la madre se encuentra a su hija trabajando como bailarina (ligera de ropa) en un bar de mala reputación.

Desgraciadamente una de las cosas que más estropean el filme es su giro final de guión, demasiado precipitado. Además da la sensación de que el tono de cine negro se encuentra sólo en los primeros compases del filme, para después diluirse en otro tipo de géneros que no concuerdan del todo con otras partes de la película.

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El mejor cine, hasta ahora, del 2014

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Ha llegado el momento, tras más de seis meses, de poder ver alguna de las propuestas más interesantes de este año. A pesar de que a servidor le han quedado algunas películas por ver, a día de hoy hay material más que suficiente para poder evaluar, desde lo más subjetivo de mi ser, qué es lo mejor que ha podido ver el espectador español hasta ahora.

Quedaron en el tintero, antes de empezar, largometrajes como: 10.000 noches en ninguna parte, The Inmigrant, Open Windows Only Lovers Left Alive, por lo que quedarán fuera hasta más adelante.

Y con todo esto, procedamos.

10.-10.000 km (Carlos Marqués-Marcet)

Y de naturalismo en el diálogo de Farhadi pasamos a esta pieza sencillita. Clara exposición de una idea sencilla, 10.000 km es un soplo de aire fresco para el cine español (como lo es Open Windows, pero cada una a su manera). Dos actores, mucho diálogo y el aprovechamiento de técnicas alternativas (ordenadores, Skype, redes sociales) para acercar al espectador y hacerlo sentir partícipe. Y cabe decirlo: no solo tiene unos picos en escenas muy notables, sino también una actuación impecable tanto de Natalia Tena como de David Verdaguer.

El problema de esta película es uno: el relleno. Hay momentos que se repiten y que se notan que son intrascendentes para lo que se quiere contar. En cierta parte, funcionan como parte del paso del tiempo (por ejemplo, las fases intermedias de enseñar dónde vive uno de los dos protagonistas), pero también le falta esa “chicha”, esa mala uva que sí hay en otras escenas. Sin embargo, esta es tan enorme que se come casi todos sus defectos.

No hay que negarlo: está lejos de ser perfecta. Sin embargo, sus mejores escenas y su verismo, igual que con El Pasado, merecen un reconocimiento. Entrar en el top-10 es caro, y más cuando se quedan fuera “in extremis” obras como Se Levanta el Viento, Dallas Buyers Club The Grandmaster.

9.-El Pasado (Asghar Farhadi)

El estilo de Farhadi es único. Sabe dotar a los personajes de un aura real y veraz, además de manipularlos a su antojo para crear una historia de pequeños matices. El dramatismo que desprenden sus guiones es casi lo que podríamos llamar arte. Sin embargo, Le Passé, a pesar de ser una buena película, no alcanza la finura de Nader y Simin, y tampoco sería de extrañar, porque ese nivel es muy difícil de superar.

Farhadi monta un drama familiar, pequeño e intimista, utilizando los diálogos de los personajes no solo con realismo, sino también como instrumento, usando pequeños matices y contradicciones para montar, poco a poco, un cuadro complejo y profundo de la historia. Ese estilo no deja de ser el mismo que sus obras anteriores, y quizá es por repetición (o por no haber pulido o llegado lo que sí hizo Nader y Simin) de esos patrones por lo que esta película no esté más arriba.

8.-Al Filo del Mañana (Doug Liman)

Sí, es cine comercial. Sí, tiene un final decepcionante para más de uno. Pero seamos realistas. Dentro de la gran basura que representa Hollywood, la adaptación de All You Need is Kill es la primera en mucho tiempo que deja a gran parte del público que la va a ver satisfecho. Y sinceramente, hay que verla.

Su guion no es perfecto y le falta algo de picardía. Sin embargo, ejecuta los mecanismos a la perfección, cabalgando entre el thriller y el humor negro. El resultado es pasmoso hasta el punto en que nos olvidamos de Tom Cruise (ojalá su personaje lo hubiese hecho alguien más joven, pero eso es un mal menor) y nos centramos en su desarrollo.

Ejecutar una obra tan compleja en guion y salir airoso merece un agradecimiento, por mucho que sea una adaptación. Quizás le falta atrevimiento, pero tiene una propuesta valiente, desarollada y visualmente impecable. Aunar esos tres valores en Hollywood hasta ahora era un oasis en su género. Ahora, esta cinta abre la esperanza de algo mejor, de algo que no ofrecieron en su momento, por ejemplo, cintas como Oblivion, Avatar Elysium.

7.-Alabama Monroe (Felix Van Groeningen)

Una pareja más, un género romántico de nuevo, pero, no obstante, algo rompedor técnicamente, es lo que deja la cinta de Felix Van Groeningen.

Saltando entre años, conflictos y con un guion que funciona a modo de rompecabezas, Carl Joos y el director consiguen sacudir una y otra vez al espectador. Además, regalan para la vista una secuencia memorable como final y una historia que renueve la típica historia de ruptura matrimonial.

A eso también se añade una pareja que desprende química por los poros, y una actriz que se come la pantalla como es Veerle Baetens. En conclusión, fotografía, guion, dirección y actores confluyen para dar a la historia algo fresco, algo que dé tumbos a la cabeza del espectador y le saque una lágrima que, para lo que plantea, podría haber intentado buscar lo facilón. Y no solo no lo es, sino que cumple con las bases de un buen melodrama.

6.-El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson)

Ligera decepción la que ha causado Wes Anderson en mi caso. No obstante, el director ha demostrado que puede dar un golpe de timón hacia la comedia más clásica sin perder ni su estilo ni su tono habituales.

Jugando con los ángulos para dividir las épocas, Anderson cuenta una historia dentro de otra, como una matryoshka narrativa, plagada de repuntes cómicos y de personajes entrañables dentro de lo perdedores que son. Además, para los melancólicos de sus viejas películas siempre queda la parte final, que es puro encanto.

No es la mejor de las películas del director, pero sí queda un relato cómico muy sólido y que tiene momentos muy atractivos. En todo caso, no será de extrañar que se pueda mantener en mi top-10 del 2014 sin problemas.

5.-Nebraska (Alexander Payne)

La comedia de Payne ocupa el puesto número 5, y lo hace convirtiéndose quizás en uno de los aperitivos más agradables del género optando por una vía menos convencional: yendo a lo clásico, a construir una historia y a no ir a por el gag, a veces tan manido y otras veces tan poco explorado.

La historia tiene su encanto a pesar de una fotografía no apta para todos los gustos. Aún así, el resto es impecable. El guion no tiene fisura alguna y los personajes parecen más pintorescos que los de las comedia de los hermanos Coen. Además, el universo de Nebraska columpia la obra de su director nativo en lo mejor que ha hecho en su carrera hasta la fecha.

4.-Hermosa Juventud (Jaime Rosales)

Sé que servidor no es objetivo, pero la película de Rosales es quizás lo mejor que ha sacado la cinematografía española de enero a junio de este año. Y sí, lo digo aún quedándome tan ancho.

La premisa no puede ser más simple y trillada: chico y chica son pobres y deciden sacarse un dinerillo haciendo porno. Suena muy propio de Torremolinos 73, pero nada más lejos. Hasta ahí acaban las comparaciones, pues lo que Rosales busca es más un mosaico de la juventud española.

Si bien es cierto que no logra captarla como el público al que se dirige desearía (argumentos y contraargumentos muy vistos y repetidos en los dos o tres últimos años), el trato que el guion da a sus personajes no puede ser más verista. Todo funciona como una máquina engrasada, sirviendo a un drama de ritmo lento pero de imparables consecuencias para el espectador. Si a eso le sumamos una enorme naturalidad en el rodaje y la mano que han puesto tanto Ingrid García-Johnson como Carlos Rodríguez, así como la gran actuación del resto, queda una película sencilla pero a la vez bien elaborada y más que profunda.

3.-Rompenieves (Bong Joon-Ho)

Y de Hermosa Juventud, drama sencillo, verista y exasperante en el mejor de los sentidos, pasamos a su antónimo. Parece mentira, pero si algo podemos esperar de Bong Joon-Ho es sorpresa. Puede ser para bien o para mal, pero nadie puede poner en duda que Snowpiercer es la película con más ritmo y agilidad de todo el año. Y eso, en una película comercial, es garantía de éxito.

Pese a las violaciones del producto que hicieron los hermanos Weinstein, el relato de la película recuerda mucho al mejor cine de los 80 y los 90, aquel que tenía mucho encanto y ángel por muchos fallos y licencias argumentales que tuviera. Eso sucede con la cinta de Bong Joon-Ho, repartiendo dinamismo e ingenio visual por todas partes.

En su contra quedan cosas muy artificiales, más propias de las películas malas de Stallone y cía que de un blockbuster de calidad. Por suerte, estas se quedan muy reducidas ante el buen resorte, hasta casi el final, de una especie de tren que refleja la visión del director sobre la sociedad. Además, es sorprendente ver el trabajo tan pulido y el interés que consigue esta cinta en casi todo su recorrido. Al fin y al cabo es normal, sobre todo si hablamos de que es el director de Memories of a Murder, Mother o la más polémica The Host.

2.-Her (Spike Jonze)

La apodaron de cine cupcake, de demasiada naftalina y de moñismo. Pues bueno, si la cinta de Jonze tiene todo eso, entonces debo ser de los primeros que me suba a la cola, como ya hice el año pasado, cuando Moonrise Kingdom me cautivó.

Her es una película que no solo es sólida, sino que gana en un segundo visionado. Goza de un guion rico e inteligente, que tiene a veces frases que sobran pero que, en su conjunto, quedan minimizadas por la riqueza visual y narrativa de la cinta. Además, todo se entiende a la perfección, y a un guion de calidad le acompaña una fotografía magnífica y efectiva, ya que ayuda a realzar tanto la soledad del protagonista como la compañía que tiene junto a su amor cibernético poco después.

No creo que se deba decir nada más sino verla en versión original subtitulada, puesto que el resultado es cautivador. Pocas películas consiguen hacer sacar una mueca y a la misma vez sacar una lagrimilla, y Her es una de ellas. Que llegue a todo el mundo, sin embargo, es otro asunto.

1.-A Propósito de Llewyn Davis (Joel y Ethan Coen)

¿He dicho que no opinaba objetivamente?

Ahora en serio, los Coen suelen ser uno de los directores que más me fascinan. Pero el catalizador de todo ello, sin duda, fue Inside Llewyn Davis, un anti-road movie con una ambientación más que particular.

Si bien el musical y el folk ayudan a que haya una impresión única de la cinta, sigue ese drama de los Coen lleno de toques de comedia negra. Además, siguen con la estela del perdedor y lo renuevan, creando un personaje carismático y único.

Por si fuera poco, además, el entorno de la época (con un “cameo” que le da un significado pleno a la historia), tan duro y árido, es retratado sin misericordia por ambos directores, apoyándose en un guion con unos diálogos de gran carga dramática. Al final, lo que queda es un cantante de folk intentando superarse a sí mismo y a sus demonios, resultando su tour de force en una peripecia que le marcará como persona y como profesional.

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¡Al Fuego Bomberos! (1967)

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Horí, má Panenko (¡Al fuego bomberos!, 1967) es una de las películas que dirigió Milos Forman antes de lanzarse a los estudios norteamericanos de Hollywood, donde a la postre acabaría llegando a lo más alto (ganando el Oscar a la mejor película con la exitosa Alguien Voló sobre el Nido del Cuco). Además de ser una película fresca, que podemos encuadrar perfectamente como una obra de los nuevos cines centroeuropeos, también hay que decir que ¡Al fuego Bomberos! Tiene una cierta crítica al gobierno comunista que gobernaba por aquel entonces Praga, la capital Checoslovaca.

Y es que no podemos olvidar que el filme está realizado precisamente un año antes de que se produjera lo que conocemos como la Primavera de Praga, donde surgieron grandes disturbios entre la población Checoslovaca, y lo que supuso en definitiva la intervención militar de las tropas que habían firmado el Pacto de Varsovia. Y precisamente la película recoge todos estos malestares sociales que ya se encontraban en el aire, plasmándolos sutilmente en el argumento. En este sentido no podemos dejar de recordar la última secuencia, que nos muestra un anciano que ha perdido la casa ante las llamas del fuego (los bomberos son incapaces de apagarlo) tumbarse en la cama, el único objeto que ha sobrevivido al incendio.

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La película gira en torno a un grupo de bomberos, la mayoría de ellos ancianos, que celebran la despedida (jubilación) del cuerpo de uno de ellos. Precisamente este tiene cáncer y le queda poco tiempo de vida, aunque ni él mismo lo sabe. Tampoco importa mucho en realidad, porque Forman desarrolla un guión muy singular que va a tratar a los personajes de una manera poco tradicional. Este mismo personaje que tiene un cáncer, apenas aparecerá en el principio y en el final de la película.

Los años sesenta eran tiempos de cambio en muchos aspectos, incluido el cine. No existe un desarrollo tradicional en la película, sino que la cámara sigue a lo largo de todo el metraje (por cierto muy ajustado, apenas una hora y cuarto de duración) a la fiesta de despedida que montan los bomberos, y toda la película se encuadra dentro de esta tónica de celebración.

Ya en los primeros compases somos testigos de la crítica que realiza el director hacía el Establishment comunista, y es que estos ancianos decrépitos, que sólo piensan en mujeres jóvenes y en quedar bien de cara al pueblo, no pueden dejar de recordarnos a los gerifaltes de la URSS. Ácida crítica del director, que además a lo largo de la película nos mostrará todos los defectos de esta élite. Uno de los ejes centrales de la película es precisamente un concurso de belleza que organizan, observando y analizando dentro de la fiesta las bellezas más grandes que pueden adquirir para su certamen. A pesar de la crítica que se despide de la película, también hay que decir que Forman trata cariñosamente a sus personajes, y que la óptica con la que los enfoca acaba pareciéndose más a la de unos pobres líderes incapaces, cuyo tiempo ya ha pasado.

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Ciertamente el filme puede desesperar en algunos momentos, precisamente por sus características tan atípicas. La trama es prácticamente inexistente, y el espectador puede perderse en la multitud de secuencias en las que vemos a los ancianos babear ante las jovencitas. Sin embargo estas mismas imágenes aportan una frescura que incluso puede recordarnos a las imágenes Pop de la Inglaterra de las películas Beatles. Humor jocoso, basado en muchas ocasiones en las imágenes semieróticas de las mujeres que desfilan por el baile en la fiesta. Los propios Beatles aparecen representados musicalmente por la orquestra que ameniza la música, con una versión folclórica que se puede reconocer si uno está atento a la película (además, esta versión tiene lugar mientras vemos un gag cómico, lo que parece un claro homenaje a Richard Lester).

También podemos hablar de una puesta en escena, ágil y dinámica, muy propia de aquellos años sesenta donde la experimentación cinematográfica estaba a la orden del día.
Desgraciadamente la película es demasiado reiterativa, y a mitad de la película Milos Forman se queda sin ideas. El concurso de belleza, a pesar de las imágenes ácidas que aportan al filme (viendo a los viejos comunistas perder el oremus ante las mujeres) acaba resultando demasiado reiterativo. El escaso metraje tampoco ayuda a la concepción de una película que acaba perdiéndose en una narrativa demasiado inconsistente.

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