Análisis literario: El Señor de las Moscas

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Hay libros de todo tipo. Algunos son fáciles de leer, otros densos, otros profundos y unos últimos auténticos descensos al infierno. Sin embargo, y debido a su estructura, hay libros que se hacen más aptos de leer para ciertos sectores e incluso para aquellos que no han leído mucha literatura. Este es el caso de El Señor de las Moscas de William Golding.

La historia de la novela no se sabe dónde empieza. El comienzo es lo de menos. Lo importante y la chicha vienen después de que un grupo de niños acabe en una isla desierta. El avión, el gran inicio de todo, será la chispa maliciosa con la que el autor inglés desatará toda su furia y reflexión sobre la raza humana. Y lo hace a través de los niños, seres sin ninguna clase de malicia en apariencia.

Hay tres formas de leerlo, y una más en la que confluyen los dos puntos de vista. La primera, por la vía literal, donde conocemos a Jack, al coro, a los gemelos o a Piggy. Por otro lado, la vía metafórica, donde cada personaje representa una alegoría concreta. El tercero, y no menos importante, está en nuestra propia naturaleza, y es el punto de vista posmoderno, donde sólo uno o dos personajes son buenos y nadie es perfecto, para nada, en una isla donde la fiera es el principal enemigo de los niños.

La primera mitad es la más floja. Se pasa mucho, quizás demasiado, en presentar a unos personajes que podrían haberse hecho mejor con mostrar las acciones. Eso le quita una tensión que debería tener la historia y que a veces se queda en el camino. No obstante, Golding es listo. Sabe que hay demasiados personajes y que hay que darles su tiempo para que se desarrollen en la trama. Y eso es lo bueno, que todo ese aire que ha dado explota mediante va avanzando la trama.

La segunda mitad es frenética, casi alocada, de lo que puede ser lo mejor del libro. Golding no tiene piedad de describir la condición humana. La azota, la atropella y la tortura. La separación del tremendo bloque en dos grupos muestra poco a poco la crueldad de los chicos, ya liberados de las ataduras del mundo adulto. Algunos se convierten en salvajes, mientras que los demás se aferran a lo que pueden. El libro los irá enfrentando hasta el final, donde todo vuelve a una normalidad aterradora excepto para el protagonista, quien ha experimentado la esencia del ser humano en carne propia.

Otra virtud del libro es que, pese a ese desequilibrio entre primera y segunda mitad, hay un estilo muy ameno. No es ni muy corto, pecado de los modernos escritores, ni muy largo, como los escritores densos del siglo XX. Tiene subordinadas, pero también frases cortas, y combina los fragmentos muy bien para darles el ritmo adecuado para el lector menos ávido. No obstante, al principio parece que no acabe de arrancar, como he dicho antes, quizás porque se necesita mucho en un libro corto para ponerlos en contexto.

En general, la novela es un clásico recomendable para los iniciados en literatura. El Premio Nobel se quedó sin su merecido por esta obra, con tan sólo 50.000 ejemplares vendidos. Hay que ver lo maltratados que son algunos en su época, y más aún cuando son tus contemporáneos. No obstante, casos hay así. La suerte y los académicos, no obstante, supieron ver la grandeza de los tres niveles de la novela

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