Análisis Fílmico: Alejandro Magno (1956)

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La figura mítica de Alejandro Magno siempre ha sido un tema de atención para los motivos artísticos (recordemos el mítico mosaico romano, o el cuadro del pintor Altdorfer que representa la batalla de Isos),  y el cine no podía ser menos. Quizá las nuevas generaciones tengan en mente la película de Oliver Stone, sobre el legendario héroe macedonio, pero ya el cine ya hizo caso anteriormente a esta figura. La película se encuadra dentro del mítico género del Péplum, que por aquella época estaba muy en boga. Así se puede comparar la película con otras como “Los diez Mandamientos” “Espartaco” o “Ben-hur” aunque sin llegar a la excelencia de las citadas.

Y Robert Rossen tuvo entre ceja y ceja el proyecto de configurar una película acerca del mito. El mismo dirige, escribe y produce en el año 1956 un interesante acercamiento tanto a la parte histórica de la figura como de la leyenda. Hemos de recordar que Rossen no es un cineasta menor, pues dirigió “Cuerpo y Alma” y años después de Alejandro Magno rodaría la magistral “El Buscavidas”, un fenomenal retrato acerca de la soledad y el dolor en los bajos fondos.

Pero al igual que otros grandes directores como Elia kazan, Edward Dymytrik o Charles Chaplin, también Robert Rossen fue investigado por el comité de actividades norteamericanas, en ese ambiente conocido como la segunda caza de brujas norteamericanas. Por este motivo, después de rodar “Mambo” (una película que ha pasado sin pena ni gloria en la historiografía), Rossen se aposenta definitivamente en Europa para realizar Alejandro Magno. De hecho no es sólo que el elenco de actores forma una plantilla que demuestra una heterogeneidad de actores de diferentes países europeos, sino que además gran parte de la película fue rodad en España.

Sin embargo no se trata ni mucho menos de la obra definitiva de Rossen. La película no se centra en la exploración más lógica, es decir, en los hechos que hicieron pasar a la gloria al gran líder macedonio, al derrotar al rey del mundo, Darío y llegar hasta las fronteras de la India, sino que la película se convierte en una reiterativo esquema de tejemanejes de conspiraciones y enfrentamientos entre padre e hijo, que atan a la película totalmente. Una relación por otra parte que podríamos definir casi con seguridad como Edípica, y por eso la sibilina madre de Alejandro juega un papel importante también en el film.

images (6) En el centro del plano, Richard Burton interpretando a Alejandro Magno

El problema es que la película, tiene tantos temas por centrarse (al ser Alejandro Magno una figura tan y tan compleja) que al intentar tocar todos los polos, la película se queda en nada. Sus repetidas escenas de batalla no  nos demuestran una evolución en las conquistas de Alejandro, sino que dan sensación de continuación. El tono teatral de la obra tampoco ayuda a que la película muestre cierta vitalidad, sino que todo al contrario, la obra se muestra como una película encarcelada en su propia estética. Este tono de dramaturgia no sólo se comprueba en la puesta en escena (que sigue al pie de la letra las vías que otras películas ya habían explorado mucho antes y con mayor éxito), sino especialmente en el personaje de Alejandro magno, que se revela como un personaje altamente indescifrable. Sus discursos en voz alta y su mirada perdida confunden al espectador, y no precisamente por cuestión de misterio o enigma, sino por la indecisión de Rossen de dotarle un alma real al personaje, que se abandona a los discursos petulantes sin concretar nada. Sólo hace falta ver la peluca que le pusieron al pobre Richard Burton para que uno se quede a cuadros.

Por romper una lanza a favor de Rossen hemos de decir que la productor metió bastante mano en el proyecto y el montaje se quedó en una idea bastante diferente a la pensada por Rossen. De hecho, pese a que en un principio intuimos que la película puede mostrarnos ciertos debates acerca de la comparación entre modelos de estado, como lo era la democracia ateniense y la monarquía férrea macedonia, el debate se acaba arruinando en el mar de la superficialidad y esplendor de la guerra.

Sin embargo la película tiene sus virtudes. Que ya no se hacen películas como estas es un dicho que se acerca perfectamente a la realidad, precisamente porque la película no recurre a unas técnicas digitales (que evidentemente aún no existían), sino que al igual que otros péplums se construye y se crea exclusivamente para la película un mundo propio. Así podemos observar gran cantidad de escenarios, objetos y sobre todo soldados con sus propias decoraciones, que elevaron altamente el presupuesto de la película. El vestuario no es que sea precisamente el más realista de la historia del cine, pero consigue evadir al espectador de que lo que está viendo es una ficción y por momentos consigue meterle en la piel de la época.

5/10

Kyrios

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