Ciclo Paul Thomas Anderson: The Master

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Está claro que la cienciología es una de tantas nuevas sectas que han proliferado durante el siglo XX, sólo que en este caso esta ha sabido lograrse un hueco, por el éxito internacional del movimiento, llegando a abrir iglesias fuera de los Estados unidos, y revistiéndose  de falso glamour, por la inclusión entre otros, de grandes estrellas del panorama cinematográfico, como Tom Cruise o John Travolta. Pese a todo, la película nunca hace una mención directa a los personajes reales, sino que simplemente cambia los nombres. Aún así las semejanzas son más que evidentes.

Pero ahí está Paul Thomas Anderson, uno de los directores más relevantes del siglo XXI para desmitificar la mitología de tan agresiva secta. La película se adentra en los tejemanejes de los fundadores de la religión, poniendo de relieves todos los entresijos más oscuros de la organización.

Aunque realmente, The Master es una película difícil de clasificar. Ya su inicio tan cargado de fuerza como enigmático, con los soldados norteamericanos en sus descansos durante la segunda guerra mundial en Japón, donde se une lo más primitivo del hombre (esas escenas cargadas de la sexualidad más instintiva) y donde queda claro las secuelas que tendrán en nuestros protagonistas. De hecho, nuestro protagonista principal, interpretado por Joaquin Phoenix, mostrará durante toda la película las consecuencias no sólo físicas, sino sobre todo mentales de la guerra. Porque aunque casi el noventa y nueve por ciento de metraje transcurra en la época de postguerra (sobre los años cincuenta es cuando se acabo de formular la cienciología) la guerra como telón de fondo está bastante presente. Es la fuerza primigenia que ha aniquilado la voluntad de los hombres. La secta es un pretexto más para expiar pecados y limpiar consciencias.images  Fotograma donde vemos a Joaquin Phoenix en la parte inicial de la película.

Los recursos de Thomas Anderson son casi inagotables. Es un titan que domina todos los elementos más grandilocuentes del cine. Hay muchas escenas que relevan su poder detrás de las cámaras. Casi al comienzo de la película, donde vemos al personaje de Phoenix trabajando como fotógrafo, ya el director nos enseña una técnica muy elaborada, realizando un diseño visual clavado a las fotografías y poses de los cincuenta. Poco antes hemos pasado de estos tonos ocres y amarillos a una explosión visual del color durante las islas Japonesas. Y también el azul del mar, que tiene un efecto hipnótico en el espectador, y que se irá repitiendo en diversas ocasiones. También podemos citar las majestuosas tomas que realiza Anderson elevándose en el aire, o recortando a sus figuras durante la primera entrevista entre Phoenix y Hoffman, en la que el fondo deja de existir para convertirse en auténtico ritual hablado.

La palabra hipnótica no aparece por casualidad. Pues será una de las constantes de la película. De hecho las terapias son un mantra que sirve como revulsivo para remover la consciencia. El acto de repetición, que ya funciona en casi cualquier comunidad religiosa y que se trata de un acto intrínseco a estas (por temas que se relacionan con el funcionamiento del cerebro) se muestra profundamente en la película. En este caso se ataca totalmente a la secta y no hay un menor atisbo de perdón hacia ella. Hoffman, pese a la inteligencia de su personaje, se trata de un embustero que utiliza sus dotes de convicción para engañar a toda la gente que acude a sus reuniones. Los dos personajes protagonistas, demuestran unos perfiles psicológicos totalmente definidos. De hecho es una de las máximas que la película ha conseguido.

the-master-pic07La fotografía de la película es totalmente camaleónica. Una auténtica delicia para el espectador

Una escena magnífica en la que Anderson nos demuestra la singularidad de su cine es en la que los familiares de Hoffman tratan de expiar al personaje de Phoenix, instigándole a que realice todos los rituales posibles. Normalmente en este tipo de escenas, el cine tradicional sigue siempre el mismo esquema, colocando un tema musical de fondo, mientras se siguen unas imágenes montadas rápidamente que nos demuestran el cambio de nuestro personaje. Pero en este caso Anderson juega con estos formalismos. Ya coloca una música que se sale de lo previsto, una música que al igual que toda la utilizada para la película, casa perfectamente con el tono de la obra. No se trata de unos temas musicales que tengan una línea melódica clara, sino que juegan muchas veces a romper con la harmonía y lo que encontramos más accesible en la música. Así muchas veces vemos temas musicales que o bien resultan difíciles para el espectador o bien nos repelen de primeras. También la figura del loop musical aparece, repetición musical que por otra parte va a la par con la repetición mística de la secta. Como iba diciendo de la escena, en este caso no se resuelve de la manera tan fácil como sucede en tantas otras películas, sino que parece que hay un estancamiento en el proceso de conversión del personaje de Phoenix, que no parece avanzar en la terapia. Todo esto mientras las imágenes  y la música siguen su ritmo, lo que da una sensación de confusión total al espectador.

Y de Hoffman y Phoenix mejor no hablar. Porque eso daría para muchas líneas más. Sencillamente brillantes. A destacar las escena de tensión entre los dos, cuando realizan la terapia.

8/10

Kyrios

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