Ciclo Paul Thomas Anderson: Pozos de ambición

Pozos_de_ambicion

El petróleo fue, a principios del siglo XX, un enorme pozo que devoraba a sus víctimas. Todas ellas, en un momento u otro, fueron consumidas por la avaricia. Una avaricia negra que trajo nada más que desgracia a sus víctimas. Y mientras estas se hundían, poco a poco, en el cenagal de la riqueza, su ambición desmedida fue creando una historia tan cruel como la humana, en la cual la supervivencia del yo imperaba sobre la de los demás. Esa riqueza, sin embargo, no era nada más que un vacío imposible de llenar.

Algo completamente contrario a esta película, Pozos de ambición, es la sensación que se produce al acabar de experimentarla. La obra de Paul Thomas Anderson, una de las mejores de su carrera, retrata con crueldad todo ese mundo, haciéndolo con un ritmo lento pero poderoso. Una cadencia constante que no pierde el rumbo excepto en muy pocas contadas ocasiones y cuyo producto satisface para aquellos que quieren una historia bien construida y seria. Y lo hace enfrentando el capitalismo cruel de aquella época con el fanatismo religioso, retratando a la perfección la podredumbre de lo que por aquel entonces era “el sueño americano”.

La cinta es todo un prodigio, dejándonos ya al descubierto la situación en la primera secuencia. En los 30 primeros minutos, pero sobretodo al inicio de este largometraje, se nos muestra el carácter y el futuro que tiene Daniel Plainview. Un hombre rudo y experimentado, hecho a la usanza del Oeste americano, que encuentra la oportunidad de su vida mediante el petróleo. No obstante, él es humano, adoptando al hijo de uno de sus compañeros en el trabajo.

Los primeros 19 minutos son lentos, para posicionarnos en ese terreno e introducirnos a la historia y al ambiente en el que vive la familia Plainview poco a poco. Pero luego empieza la posición del conflicto y la introducción de este mediante la aparición de Paul Sunday. En una conversación llena de tensión, en la que los planos y los detalles rodean al chico, se produce el comienzo de lo que será el núcleo de la cinta: el conflicto entre Daniel Plainview y la figura del hermano de Paul Sunday, Eli, que quiere su terreno para construir una iglesia.

Esta es la segunda parte de la historia. Aquí ya no existen más que dos personajes, como en The Master, los cuales están enfrentados con un motivo de trasfondo: su ambición. El pozo del señor Plainview es de significado literal, mientras que Eli vive del petróleo para construir el pozo de su iglesia. Todo eso va aumentando poco a poco para sumergirnos en un sistema constante de presión entre el negocio petrolífero de Plainview y la Iglesia de la Tercera Revelación. Tanto, que con cada conflicto los protagonistas se recrudecen más y más, cegados por la ambición y por los deseos de vencer al otro contrincante.

Luego está el otro conflicto, el que se produce entre padre e hijo, el cual empieza desde un incidente en el que cambia para siempre la vida del chico. Este acaba siendo abandonado a medias por su padre, quien ya ha de sufrir sus desmedidas ambiciones y la de su rival, y se nos muestra como un chico mudo que no puede escuchar nada. De hecho, tanto una parte como la otra tienen un punto en común, y es que toda esa tensión tanto del guión como en los planos van acumulando rabia hasta llegar a la parte final.

En esos últimos 30 minutos se produce el desenlace. Dos secuencias magníficas en las que apenas hay movimiento ni transiciones. Las frases más tensas y más chocantes, como en todo el relato, se producen con planos muy quietos y contraplanos. El movimiento se produce después, justo cuando se produce el arrebato de violencia de algún personaje. Y en este caso, las secuencias no pueden estar más acertadas: si la primera secuencia estalla un conflicto, en el otro estalla la película entera, como una voladura bien puesta en los cimientos. De hecho, Anderson estaba esperando ese momento, en el que la tensión y las ambiciones han corrompido tanto que ya no hay marcha atrás.

El fruto de toda esta obra radica en un guión lento que sitúa primero siempre y luego crea situaciones de una tensión enorme. Daniel Day Lewis no es una excepción, encarnando a las mil maravillas a Daniel Plainview, añadiendo a eso un enorme cast de actores secundarios. La música aquí quizás es el punto menos importante, pero no disuena ni crea esos momentos de dramatismo extremo que se producen para crear sensiblerías. Y a esos factores están los mandos de un excelente Paul Thomas Anderson, quien le da carácter a la cinta con planos de movimientos muy sutiles y de encuadres tremendos, muestra de un excelente equipo fotográfico para la película.

En conclusión, Pozos de ambición es para Paul Thomas Anderson lo mismo que fue Ciudadano Kane para Orson Welles: una llamada bien sonada a las puertas del éxito. En el caso de Welles fue de la leyenda, mientras que en el de Anderson fue el del estrellato de Hollywood. Eso sí, si algo se puede decir de Pozos de ambición es que su desarrollo es como el de las arenas movedizas. Uno se deja caer en ellas, y poco a poco va hundiéndose y agitándose por dentro hasta un final que sirve de una extraña liberación.

Si alguien está interesado, siempre puede ver este tráiler. Es una secuencia algo avanzada, pero explica muy bien el “feeling” que tiene la película y es una secuencia que funciona mucho mejor que un tráiler convencional.

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