Corea y el telón de acero del cine

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Cada generación brillante de directores de cine de una década ha de pasar una prueba. Siempre ocurre. Da igual cuántos kilómetros deba hacer, o cuál es el recorrido que les toque, que al final siempre les aparecerá la misma piedra de toque. La misma piedra que desafío el carácter de Edison, la misma que hundió a un genio como Orson Welles y que puso a prueba a Burton, Tarantino o Sofia Coppola en estas dos últimas décadas. La misma con sus nueva letras en unas montañas de los Angeles, Hollywood, es la que da juicio a cada uno de los directores que destacan en todo el mundo.

Fritz Lang fue el primero de todos los que cruzaron el charco en busca de reconocimiento en la meca del cine. Ahora, más de 80 años después, le toca a la cumbre innovadora del cine moderno: Corea del Sur. No hay duda que desde la irrupción de Oldboy Hierro 3 ha habido un interés mayor por este arte. Además, al interesarse por la filmografía se han unido otras conocidas como el cine chino o el japonés. Oriente es una cultura muy diferente desde siempre y en el cine aún más. La piedra de toque, sin embargo, es Hollywood. Pero no es el éxito, ni tampoco es la crítica furibunda. No. El enemigo es peor. Es el conservadurismo que fue imponiéndose a ese aire de rebeldía. Es que esa meca es un enorme bloque de hormigón llamado “la gran industria del cine”. Es ese elemento peligroso en el cual un director de cine puede perder toda su personalidad y su estilo creativo en función del éxito de sus películas ante las grandes masas.

Este año se pondrán a prueba los tres. O mejor bien dicho, se ponen, porque algunos ya han pasado por el aro de Hollywood mostrando sus trabajos. Es el caso de Park Chan-Wook, el más famoso de la trinidad surcoreana, quien ha pasado de su controvertida Oldboy (donde violencia visual y originalidad de puesta en escena van de la mano) a Stoker, un thriller donde tres personajes comparten un vínculo muy oscuro entre sí.

La crítica la ha recibido bien, pero quien le haya echado un ojo encima habrá observado el tremendo “telón de acero” de Hollywood en él. La personalidad de Park Chan-wook en Stoker existe, pero se ha difuminado mucho en el conservadurismo. Y todo, seguramente, en pos de agradar a las masas.

La culpa la tuvo mucho Wenworth Miller, actor de la serie Prison Break, en hacer un guión con una buena base pero que no es ni de lejos tan cautivador como las obras cumbre del director coreano. En la película hay erotismo implícito y tensión a partes iguales, pero han rebajado todo eso para hacerlo “más agradable”. Quizás Stoker lo merecía en esta ocasión dándole un toque más propio del cine nórdico (frío, distanciamiento, opresión en la cámara, personajes con mucho misterio, tensión en la trama a raudales, etcétera), pero el miedo siempre está ahí, y más cuando Hollywood tiene presencia.

De momento, Park Chan-wook ha tenido suerte, porque Kim Ji-Woon, director de Dos hermanas I found the devil, no puede decir lo mismo. El último desafío tenía más alicientes fuera que no dentro de la pantalla. Kyrios lo dejaba claro en su crítica: el largometraje no presenta nada nuevo. Y en este caso era más llamativo. Hablamos de el director de El bueno, el malo y el raro, un crack en películas híbridas de western, acción y con toques de comedia muy acertados. Aquí se ve la comedia muy bien, haciendo la acción divertida, pero más allá de secuencias originales y frases hilarantes, la esencia de su cine, basada en montajes y rodajes en planos más libres, está también muy difuminada.

Queda por ver el tercero de la trinidad, si es que aparece pronto. Aquí tenemos una sorpresa, puesto que Bong Joon-Ho, el más “adaptable” al cine estadounidense (comprueben Mother Memories of Murder), ha entrado con la propuesta más inverosímil de las tres. Snow Piercer aterrizará como una película de ciencia-ficción (típica este año) que proviene de la adaptación literaria de “Le Trasperceneige”. El tráiler da esperanzas para los que querían apuestas arriesgadas y, aunque ensalzar no es una buena idea, pinta a ser del mismo nivel que Stoker.

Por suerte, no todo se queda en esa Trinidad, y aún hay directores que parece que no pierden mucho su genio por el camino. Hong Sang-Hoo y su cine siguen con su misma estética y nivel en In Another Country, mientras que el resto trata de adaptarse como puede. Veremos qué hace la trinchadora de Hollywood con todos estos talentos, pero pronto no tardará en ser digerida la siguiente: El gran golpe, un Ocean’s Eleven con muchísimo humor y muy poca sangre, algo poco habitual de los directores surcoreanos.

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