La mojigatería de Cannes 2013

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Cannes es de esos festivales que desprende naftalina pura. La crítica y el sector más cinéfilo hace tiempo que ya posan sus ojos en este festival, que suele ser una mina de talentos que explotan a ojos del mundo. Ojos que permanecen ciegos, pero que para los más entendidos es una consagración. En todo caso, la prensa tan sólo se dedican a emitir sus noticias durante unos segundos en pantalla, como si fueran unos premios residuales a los Oscar.

En todo caso, no es extraño decir que cada vez más la tendencia es a observarlo de cerca para todo el mundo experto en cine desde principios de la década. Y cada vez es más importante, puesto que los Oscars se están nutriendo últimamente de estos éxitos. Ejemplos claros son The Artist o bien Amour, películas que triunfaron en Europa y que luego ampliaron fronteras.

Este año parecía que habían bastantes promesas de un año innovador. Sin embargo, la mayor noticia fue la aparición de Steven Spielberg como miembro del jurado. Y eso, en el mayor festival de cine europeo, ponía los pelos muy de punta. Más aún cuando la tendencia ha sido, extrañamente, de una mayor improvisación estética y visual en los directores americanos antes que en el resto.

Muchos críticos coinciden en que esta edición ha sido la más conservadora en cuanto a creatividad estética y no, no hablamos de maquillaje o efectos especiales. Este año no se ha podido disfrutar de grandes descubrimientos o de películas polémicas. Véase, por ejemplo, cintas como Holy Motors o la misma ganadora Tree of Life en otras ediciones. No hay una intención de romper tendencia o de crear una nueva. Sí, ha sido la edición más sólida en tiempo, pero es posible que también haya sido la menos rompedora. Y eso, en un festival de cine, es mala señal, puesto que es ahí donde se debería poner toda la carne en el asador.

Para películas comerciales ya tenemos las pantallas enormes, las sesiones palomiteras, el 3D y los bonos de descuento y promociones. Sin embargo, para el cine de festivales, el que requiere más improvisación y más creatividad en sus obras, ha habido decepción. Más o menos, y relacionándolo con una metáfora sexual, es como aquellas personas que pueden hacer de todo pero que tienen miedo a que por realizar algo inusual en la cama acaban haciendo lo de siempre.

Para empezar, y ya que hablamos de camas, está la ganadora de la Palma de Oro de este año. La vie d’Adele puede ser un referente del cine lésbico tanto como en el caso de Fucking Amal. La diferencia está en que tiene todos esos factores del cine erótico y, a su vez, de otra película rompedora en los años 70 con Marlon Brando: El último tango en París. Una película por la cual España emigró a Francia tan sólo para verla, y donde ambas guardan un parecido en común: una historia de amor con secuencias de amor y de sexo muy realistas. Y La vie d’Adele es una mezcla casi perfecta de los mejores elementos de ambas películas. Eso sí, a pesar de una historia muy nueva no hay nada más que indique una mejora estética o una improvisación audiovisual. Sólo una pieza rodada de forma clásica que, eso sí, se merecía lo mejor en Cannes.

Si La vie d’Adele, pese a la gran unión de la crítica sobre su calidad, no ha conseguido impactar visualmente a los espectadores, qué decir del cine asiático, quien parece que ha perdido fuelle esta edición. El cine japonés especialmente ha sido quien ha decepcionado en esta edición. Sus cintas cada vez en estructuras tienen menos de oriental y más de hollywoodiense, No se puede decir lo mismo de Jim Jarmusch, quien ha decidido tomar la vía de historias como True Blood pero con puntos de parodia intermedia. El nivel no se acerca a la mejor película de Cannes pero sí muestra algo que se hace patente: el riesgo cinematográfico. Aquí hay materia prima para innovar, pero es pobre. Y Jarmusch es bueno, pero no es alguien que rompa mucho los canones (y menos siendo un veterano).

Por el resto, poco que decir. Casi todo tiene ese aire de mojigatería, de poca creatividad, de ver lo mismo en cada director. En general puede haber nivel, pero no hay riesgo ni experimento. Ojo, el nivel de Cannes es bueno, quizás el más accesible para el gran público en la última década. Pero cada vez más se tiene la sensación de que lo innovador de verdad está en otras secciones menores. Si queréis algo diferente, mirad fuera de la competencia y podréis encontraros obras de todo tipo.

Ejemplos de riesgo o innovación están en lo nuevo de Lanzmann (famoso por Shoah y ahora con su nuevo The last of the Unjust-aunque sea el mismo tema), Norte: The End of the Story u otras obras en la sección de Un Certain Regard. Sino, siempre os puede quedar ver lo norteamericano, esperable pero siempre en su medida como la Nebraska de Payne o The immigrant de James Gray. El nivel en sí es bueno, tanto como el de otras ediciones, pero esta edición tiene un problema: no hay riesgo. Y cuando un festival cuenta casi siempre lo mismo, es síntoma de que el cine como lenguaje y forma de expresión no evoluciona.

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