Análisis fílmico: El mensajero

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Por surrealista que parezca, a veces la mona no se queda cuando se viste de seda. Un ejemplo de esto es Dwayne Johnson. Le precedía su figura de luchador de la WWE, aquellos brazos fornidos salidos de un gimnasio con esteroides y muchas peleas encima de un ring. Luego tampoco cambió mucho la cosa, protagonizando películas bajo el papel del hombre duro de pelar. Pero, en este caso, hay que decir que su papel de padre coraje en El mensajero podría calificarse de grata sorpresa.

La historia de El mensajero es simple. El hijo adolescente del protagonista cae en una redada policial. Lo que en principio iban a ser “unas probaditas” se convierte en la ruina para Jason, quien ha de aceptar una condena en la cárcel o bien una rebaja de su castigo por delatar a otros en su situación. El chico decide no chivarse, pero su padre, dispuesto a todo, decide tomar cartas en el asunto.

Pero ojo. Tampoco es sólo el envoltorio. Al inusual buen papel de Dwayne Johnson (en el cual hasta nos creemos que es un padre coraje y todo), hay que añadirle más sorpresas escondidas. El fondo también funciona. La película engaña a las apariencias de un thriller con acción burda y sin sentido que queríamos esperar y se desenvuelve muy bien en el terreno del thriller durante mucho tiempo. Todo bien hilado, poco a poco, dosificando una trama sencilla pero con más carisma del que parece. Quizás aquí reside su mayor virtud: no trata de precipitarse y busca presentarlo todo con lentitud. Para algunos será demasiada; otros, en cambio, lo agradecerán.

La tensión se toca por lo general muy bien (pese a algunas incoherencias propias del físico de “The Rock”), y los secundarios funcionan a un nivel incluso mejor. Todos y cada uno de ellos defienden sus propios intereses y la película gira en torno a ellos muy bien, dándole coherencia a la película. Así pues, junto con todos los elementos anteriores, lo normal es que acabemos sumergiéndonos en el entretenimiento que esta cinta nos ofrece.

Pero como siempre, y en todos los casos, no es oro todo lo que reluce. Después de dos terceras partes muy buenas, todo acaba acelerándose. Parece que se quedaban sin recursos o que temían pasarse de tiempo, pero todo lo bien hecho al principio se precipita en algunas partes al final. Si bien un tramo del desenlace funciona de maravilla y acaba atándose, el otro acaba pareciendo, por desgracia, más a un Arma Letal que no a un thriller sólido. Quizás eso o quizás el modelo de películas como las de Denzel Washington acabaron pesando. El caso es que el final, cargado con todo tipo de arsenal efectista, acaba haciendo perder todo un relato notable y lo convierte en un largometraje solvente.

 

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