Análisis Fílmico: El temible Burlón

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La primera patada es contra la historia. Gran culpa de la falsa idea que la cultura general tiene sobre la figura del pirata se la debemos a películas como el Temible Burlón. No, los piratas no eran unos tipos majos que compartían el Whisky con sus compañeros, sino que mataban por una mísera gota de alcohol. Tampoco gozaban de un código o unas leyes como se ha venido contando en muchos films, más allá de momentos muy puntuales en la historia, precisamente porque eran en su mayoría unos tipos capaces de cualquier canallada. Olonés el cruel se comía a parte de la tripulación a la que tomaba posesión, Barba azul se maquillaba y se ponía velas con tal de parecerse al diablo e infundir terror al enemigo. No, los piratas no eran unos tipos majos, por muchas películas que hayan tratado de mitificarlos. No podemos ni debemos olvidar el poder que tiene el cine en causar imágenes en los grandes colectivos de la sociedad.el-temible-burlon-333333 (1)

Y todo en gran parte por una cuestión nacionalista. Es cierto que las atrocidades del imperio español contra los pueblos indígenas de Suramérica son conocidas, pero la manipulación histórica del film es tan tremenda que ni siquiera un vago prólogo puede justificar el posicionamiento absurdo de la película. Y es que es difícil admitir que parte de tu pasado está marcado por una llaga tan profunda. Y en vez de admitir errores, ciertas naciones han tratado de maquillar cierta parte de la historia que resulta hartamente oscura. De tal manera que en la película los piratas son unos tipos casi elegantes y simpáticos, mientras que los españoles son unos monstruos opresores que tienen esclavizado  a la población y resultan personajes totalmente caricaturescos.

La segunda patada es al cine. Olvidemos ya este cine apolillado que nunca acaba de morirse. Algunos nostálgicos tratan de recuperarlo, y lo levantan de la tumba de la que nunca debería haber salido, exclamando aquellas recurrentes frases de ya no se hacen películas como antes. Pues casi resulta una bendición que no se hagan películas como “El temible Burlón”, una auténtica pieza de museo en el peor sentido del término. Si hemos de recuperar las obras maestras, que se han relegado de la mayoría de la población, no podemos presentar “El temible Burlón” como una joya de la época, porque con razón la gente va a huir de ella. Las películas generacionales son lo que son y no podemos permitir que duren en el tiempo.

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Los años pesan sobre ella como una losa. La película representa todo lo más rancio de aquel cine de los cincuenta. La absurdez rebosa durante toda la película. La justificación de que se trata para un film de niños no goza de ninguna credibilidad.

Como otras películas de Burt Lancaster, Como “El Halcón y la flecha” cae en el mismo tipo de errores. El temible burlón es una película con una profundidad igual a cero, los personajes demuestran un maniqueísmo altamente importante. Sólo hay que fijarse en el personaje de Lancaster, rubio y de una figura impresionante, mientras que los enemigos son bajitos y, feos. La acción se antepone ante cualquier lógica. No hay un discurso dramático o una historia real que contar, sino que todo el protagonismo pasa a manos de Burt Lancaster y sus piruetas. Sí, ciertamente el tipo tenía unas habilidades físicas impresionantes y era capaz de cualquier pirueta, pero cuando una película se centra exclusivamente en mostrar las triples volteretas que un tipo es capaz de hacer, uno no puede más que preguntarse qué clase de idiotez está viendo. Porqué, más allá de la dentadura brillante de Lancaster (que por cierto un pirata nunca tendría una dentadura así) no se consigue vislumbrar nada más esa pose.

La acción y la música revelan el  dantesco espectáculo que estamos viendo. La utilización de la música demuestra tal apolillamiento que es difícil no tener algún tipo de reparo al ver los usos que se le da. Intentando imitar cualquier sonido que transcurre en la película (si hay una lucha de espadas, la música trata de imitar el sonido de sables) llega a un paroxismo en que todo da igual y las escenas absurdas de acción ya ni duelen en los ojos.

Es tal el anquilosamiento, que sólo hace falta ver como se trata el tema sexual en la película. No, no es una cuestión de época, sino de actitud. Mientras que Hithcock utiliza la sutileza (o no tan sutileza, recordemos la película “Con la muerte en los talones” y la metáfora sexual que utiliza, en la que un tren atraviesa un túnel oscuro para definir el encuentro sexual entre Cary Grant y Eva Marie Sant) nos encontramos con que “El temible burlón” es incapaz de contar nada, revelando el hermetismo sexual más rancio de los años cincuenta. Entonces los nostálgicos sacan a relucir la excusa del infantil y su público. No, no confundamos infantil con infantilismo.

 

 

3/10

Kyrios

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