Ciclo Arthur Penn: La Jauría Humana

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Arthur Penn es uno de los directores de cine contemporáneos más importantes del cine nortamericano. Su explosión creativa se produce en el 1967 con su mítica película “Bonnie And Clyde” una película que supuso en gran medida la entrada de los nuevos conceptos que la cinematografía internacional se estaban cultivando en Europa, especialmente en Francia, y que ahora se adentraban  en Estados Unidos. No es de extrañar que ni los espectadores ni la crítica entendieran la película, como tampoco entendieron la película del año anterior del director, “La Jauría Humana”, que también sufrió un descalabro de crítica y público.

Arthur Penn era un hombre solitario y crítico. No encajaba con la manera de dirigir de otros tantos directores norteamericanas y no compartía la visión de bonanza que muchos otros compañeros de profesión compartían. Después de la Jauría humana y especialmente de Bonnie and Clyde los productores tacharon al director y las productoras tuvieron muy en cuenta de no ofrecer a Penn grandes posibilidades. Sí se hubiera confiado en él seguramente la historia del cine habría sido diferente.

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Ya en La Jauría humana podemos ver muchos elementos iconográficos que el director analizaría con más precisión en un futuro. Y es normal que la película no gustara, porque se trata de una auténtica patada al Establishment norteamericano.

El director nos presenta un pueblo que en los primeros fotogramas parece apetecible y donde sus habitantes parecen vivir en paz, pero eso no es más que un falso espejismo, porque en cuanto se rasca la superficie (y a fe que Penn lo hace) se observan todos los entresijos de una sociedad que está más que podrida.

La chispa detonante de todo es la fuga de un preso, interpretado por Robert Redford, que huirá de la cárcel. El primer punch es un golpe directo, cuando a medida que la película avanza nos damos cuenta que la situación de Bob (el recluso) es quizá un cúmulo de circunstancias llenas de mala suerte. Seguramente haya calaña en el pueblo que sea mucho peor que él, pero ahí andan, al aire suelto.

Y es que la corrupción se extiende como unos tentáculos gigantes que tienen al pueblo totalmente dominado. El señor Rogers es el gran cacique del pueblo y tiene a todos sus habitantes comiendo de la mano.

La violencia, que será una de las constantes en la película es un elemento básico del director. De hecho ya en el debut del director, con la película de “El Zurdo” (una biografía particular sobre Billy el niño) esas características salían a la luz. En La Jauría humana sucede lo mismo, aunque es cierto que forma y fondo no simpatizan tan bien como lo haría el director en su siguiente película. En todo caso, el pueblo denota una violencia latente en todo momento. Escenas como al fiesta demuestran el interés por el pueblo por las armas (cada habitante tiene un arma y todos están dispuestos a utilizar la violencia como método represivo para conseguir sus objetivos), así como una sociedad decadente que se aburre y necesita recurrir a los más extraños sueños para aliviar sus necesidades. Los habitantes del pueblo llegan incluso a sobrepasarse con el propio sheriff, interpretado por Marlon Brando y tomándose la justicia por su mano, en una escena que seguramente en 1966 resultaría hartamente poderosa. En gran medida la película retrata la histeria colectiva de un pueblo al que no se le ha puesto freno.

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También Penn se hace eco del racismo imperante en la sociedad rural media norteamericana. Los constantes abusos hacia el personaje negro (que por cierto, es de los pocos individuos que salen bien parados de la película) son una clara demostración. La población blanca de la zona aún se cree superior a los habitantes negros y los tratan como

Los personajes jóvenes de la película son de hecho los únicos que están bien tratados por el director. Robert Redford, Angie Dickinson y Marlon Brando representan una generación que se siente reprimida y cohibida por sus mayores. En sus películas Penn mayoritariamente acostumbra a utilizar a sus personajes jóvenes como los únicos resquicios de esperanza, pese a que acostumbran a ser pisoteados por las generaciones superiores representadas.

De hecho el guionista de la película había colocado una interesante metáfora, de manera que la película puede leerse como una lectura del asesinato del presidente Kennedy, en manos de los conservadores. Lillian Hellman nos hace un paralelismo en la secuencia final (auténticamente brutal) en la que la generación conservadora en una locura demente trata de eliminar al sector liberal, representado por los personajes más jóvenes.

81/0

Kyrios

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