Ciclo Peter Weir: El visitante

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The Plumber, o conocida en español como el visitante, es una película más que interesante realizada por el director australiano Peter Weir, el hombre que posteriormente llegaría a Hollywood para realizar películas como Master and Commander (2003) o la célebre Show de Truman (1998).

Pero aún Weir estaba en el panorama australiano cuando dirigió esta película en el 1979. De hecho acababa de rodar la última ola (1977) una película que deja un profundo sello en el visitante. En realidad el visitante se puede relacionar también perfectamente con la película de Haneke Funny games (1997). Las dos comparten un argumento bastante parecido, una familia de clase alta (si bien en el visitante el director no añade hijo a la familia, por temas básicamente argumentales) recibirá la intrusión de un elemento perturbador, que desequilibrará por completo el sistema de vida de la familia. Aunque si en Funny Games la película tomaba unos derroteros (con además una clara autoconsciencia) que la llevaban a elaborar un juego metacinematográfico, dejando la crítica social en un segundo plano (pero ahí estaba, no lo olvidemos), el visitante se guía más por instinto y por una vía de thriller más convencional, aunque con unos resultados sorprendentes (el final revela que no estamos ante un thriller  de sobremesa más ni mucho menos) que demuestran el ímpetu del entonces joven director Peter Weir.

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Y es que Weir se encarga de recrearse en una de las pesadillas favoritas del burgués de clase alta. Imaginad una obra (de construcción) inacabable en una de aquellas casas situadas en complejos de alto standing. Ni más ni menos es lo que pretende el argumento, cuando un misterioso fontanero se introduce en la apacible vida de la protagonista principal, con tal de una realizar una revisión que aparentemente resulta rutinaria. Evidentemente no será así, y todo acabará en una vorágine que en principio parece absurdo (si lo pensamos fríamente sólo es un fontanero tratando de arreglar el lavabo de un piso) pero de la que se sirve el director australiano para elaborar unas interesantes metáforas. Esta casa era una ruina pero versión australiana.

Aparentemente, sino nos fijásemos en los detalles, veríamos que Weir realiza un thriller más. El sospechoso fontanero parece ser un personaje oscuro y maligno que realiza todas las obras con tal de fastidiar (y malograr) a su propietaria. El director no releva nunca las intenciones de su personaje misterioso, y eso hace que el público se sienta perdido, porque no sabe exactamente cuáles son los objetivos del personaje. ¿El robo? No parece el caso. Sólo un absurdo deseo de perturbado podría ser el justificante que nos explicara las motivaciones del personaje de Ivor Kants, es decir, que fuera un maníaco o un psicópata más, porque ¿Qué saca de provecho el personaje de Kants con todo aquel lío que se monta en la casa?

Todo está calculado. No elige Weir por casualidad nada en la película. El fontanero, magníficamente interpretado Ivor Kants se antepone en todos los ámbitos a su némesis femenina, interpretada por Judy Morris. El director se sirve de los dos personajes principales para elaborar una insólita historia en la que los intereses sociales estarán muy presentes. Ivor Kants representa la clase más baja. De hecho para la civilización occidental el trabajo de fontanero está considerado como uno de los más bajos (repito que para la mentalidad de la sociedad occidental, no para la de un servidor). Además el director utiliza los diálogos y el pasado de Kants para elaborar un personaje que se contrapone socialmente a todo lo contrario que simboliza Judy Morris . Representativa es la secuencia en la que Kants se equivoca gramáticamente al elaborar una frase y el personaje femenino la corrige. En diversas ocasiones Kants ya había revelado que es un personaje que no ha podido estudiar y que no se enorgullece de esto.

Todo lo contrario que el personaje de Judy Morris. Al igual que su marido está especializada en el mundo de la investigación. Más en concreto de los aborígenes de Nueva Guinea (aquí vemos la relación cinematográfica con la que la que establece esta película con la anterior de Weir, La última ola, además de otros guiños bastante evidentes). Pero pese a que el personaje de Judy Morris sea la víctima en la película vemos que hay algunas piezas que no encajan. Evidentemente tiene que sufrir las constantes vejaciones del personaje de Ivor Kants, pero entre los dos no se establece un papel de víctima y agresor, sino unas relaciones más profundas.

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El final es necesario. Sin él la película carecería de sentido. No me malinterpretéis, no significa que la película utilice una vuelta de tuerca final, no (la película es de finales de los setenta y esos recursos aún no se estilaban tanto como ahora) ni mucho menos. Pero el final es lo que hace que la película pase de ser un thriller cualquiera a convertirse en una película con una fuerza tremenda. Resuelve los problemas temáticos planteados a lo largo de la obra y da a la vuelta con lo que hasta ahora el espectador había considerado como lógico en unas pautas predecibles. El lobo con piel de cordero queda al descubierto  y todo el discurso social que se había vertido a lo largo del metraje cambia ostensiblemente, parece que los malos ya no son tan malos ni los buenos tan buenos. Weir lo había querido plasmar durante toda la película  pero es con el magnífico plano final con el que el director consigue desvelar sus intenciones.

7/10

Kyrios

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