Análisis literario: Confesiones de una máscara

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Hacer una novela que sea autobiográfica es complicado. Significa que el autor se convierta en su propio personaje, pero también que el lector pueda identificarse con ciertos o hechos. O, al menos, que los comprenda. Sin embargo, a veces aparecen pequeñas “perlas” que se nos antojan lejanas, personajes con un carácter complejo y peculiar que, sin embargo, nos llaman la atención. El caso de Yukio Mishima es un ejemplo claro no sólo de la “peculiaridad” que arrastra el libro, sino también de una novela tan adelantada a su tiempo como intimista en su fondo.

Confesiones de una máscara es una de las pocas novelas donde se trata abiertamente la homosexualidad y se echa hacia fuera. Más extraño resulta que ello lo hiciera con 24 años y en el Japón de los años 50. Sin embargo, donde hay crisis hay oportunidad, y lo que es cierto es que la novela impactó y se acabó convirtiendo en una novela de culto.

Usando el personaje de Koo-chan, Yukio va relatándonos poco a poco su vida y cada una de sus obsesiones. Es un niño enfermizo protegido bajo una familia estricta, pero siente que le falta algo. Y aquí es donde se produce la mayor belleza argumental: cuánto más se encuentra, más debe usar una máscara que le golpea por dentro.

La influencia de un creador está en los hechos que vive en su infancia, y Yukio hace que Koo-chan experimente poco a poco sus obsesiones. La sobreprotección de su abuela, su descubrimiento sexual, la guerra…todas esas experiencias las va introduciendo sin prisa pero con una prosa tan lírica como certera. Sin embargo, lo mejor de Confesiones de una máscara son las paradojas de su vida, su enfermizo amor por la muerte y el sadismo o su conflicto con su sexualidad.

Lo más interesante de toda la novela son las paradojas que constantemente vive Mishima y que nos transmite con una facilidad remota. Sólo hay que ver la obsesión que tenía con la muerte hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando se alivia viendo que no ocupará el campo de batalla. Todos esos conflictos internos son la fuente y la construcción perfecta de un relato que mantiene pegado al lector página a página.

En todo caso, hay que decir algo de antemano, y es que la obra de Mishima no es apta para homófobos o gente que se avergüence de detalles muy masculinos. No tiene la sordidez de obras autobiográficas como Trópico de Cáncer, pero sí que tiene partes muy chocantes y llamativas para algunos públicos. Yo ya he avisado que se pierden una joya si son así, pero hasta el dulce no es para todos los paladares.

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