Análisis fílmico: Pulp Fiction

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Dejad que me lave la boca para hablar, probablemente, de la mejor película de los 90 y del Big Bang del postmodernismo por excelencia. O, al menos, una de las mejores de dicha década.

Hablar de Pulp Fiction significa también del género que construye su nombre. Y es que el género del pulp construyó un mundo nuevo. Más largo, más extenso, más libre, el pulp era como ver películas de categoría X en papel, en las cuales el sexo y la violencia, como en las series actuales, eran explícitos e incluso muy visuales sin llegar a extremos excesivos. En este caso, pero, Tarantino extrajo el subgénero del gangster pulp, donde el bondage y los elementos eróticos destacan. Sin embargo, Quentin no es Quentin sin su sello personal, y lo que hizo el director fue sencillo: deconstruir el género, separarlo en pequeños fragmentos y construirlos a su manera mediante una película cinematográfica.

Sin embargo, y si nos quedamos en el pastiche que Tarantino hace de dicho género, quizás rayaríamos un nivel muy pobre en su crítica. De hecho, Pulp Fiction es una obra que trasciende a Tarantino. Tanto, que muchas de sus frases perduran y que algunas de sus secuencias siguen impregnadas en la memoria de los que la ven. Eso habla a favor, a primera vista, de la película,

Para Tarantino no debía ser fácil saltar desde las salas de cine de California al estrellato mediante Reservoir Dogs. Tardó pues, tres años y una estancia en Amsterdam para crear una de sus obras maestras (algunos dirán que es su mejor cinta, otros pondrán a Reservoir Dogs por encima). El hecho de estar en Europa influyó positivamente al director estadounidense, y no lo digo yo, lo dice la obra analizada. Hollywood esperaba el regreso del niño malo de su industria y no decepcionó.

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Lo hizo quizás con lo más bizarro, y aquello por lo que le recuerdan más los cinéfilos y críticos de cine: su montaje y su estructura en el guión. De hecho, ambas van atadas: no hay un orden, o eso parece. Tarantino lo que hace es un montaje cuasi vanguardista en el cual coge las piezas y parece desmontarlas por puro placer. El espectador se pregunta: ¿Cómo encaja todo esto? La respuesta es sencilla: Va encajando y las piezas se van componiendo durante y después del procesado del celuloide.

El montaje de Pulp Fiction podría bien compararse a la lectura de Rayuela de Cortázar. Parece (y está) desordenado, pero acaba adquiriendo una cronología y un sentido. Su montaje, quizás el gran mérito de la película, ayuda muchísimo a encajar piezas y a que el espectador las reúna inconscientemente, dándole una sensación de adicción al relato que ve. Además, dicho montaje parece que se esté viendo desde una perspectiva real. Parece vivo porque Tarantino consigue lo mejor: que vivamos el caos que viven los protagonistas, la sensación de que cualquier cosa puede pasar. Y eso es mérito sobretodo del montaje.

Otro auténtico punto es el mismo guión. Hay que destacar que no se muestra una violencia demasiado explícita, sino que su violencia y el trato que se hace de ella es implícita e indirecta. Prueba de ello lo encontramos en una de las escenas míticas en las que Vega y su compañero visitan a tres personas que han intentado timar a su jefe. Los planos detalle, los primeros planos y la combinación con planos generales y de grupo, combinadas con las frases demoledoras de Samuel L. Jackson crean la violencia verbal que existe siempre en Pulp Fiction. Sólo hay diez segundos de violencia explícita en esa película, pero se sienten como si fueran mil.

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Pero ese no es el único punto que enriquece la película. Tarantino le añade la dosis perfecta de humor a la película. Destaca sobretodo el humor negro, hecho que contrasta con los momentos de tensión y de violencia. Incluso en los momentos más violentos Tarantino sabe desplegar ese humor, y prueba de ello lo vemos en la secuencia del trastero o en la del asesinato en el coche. Para más inri, ese humor negro y ese aire tan peculiar se traslada a sus personajes, donde cada uno de ellos tiene una frase más personal que la anterior. Casi todos tienen su momento en los personajes principales y todos viven el eje en el que Tarantino les somete y les sacude sin piedad.

El erotismo y misterio de Mia Wallace, la brutalidad del personaje de Bruce Willis, el cachondeo de los dos sicarios o la ira contenida de Marsellus Wallace dan riqueza a la historia y un carácter muy personal, algo que por ejemplo recogen (en su peculiaridad) directores como David Lynch o los hermanos Coen. Sin embargo, he de reconocer que el mejor personaje es el Señor Lobo, quizás una mezcla entre gentleman y mafioso de primera que tiene entre sí los mejores diálogos de la historia (con Tarantino haciendo un cameo en medio). Pulp Fiction es, con sus bizarradas, un mundo diferente en la gran Norteamérica.

Pero esos no son sus únicos puntos. Cabe añadir también una banda sonora que no es del gusto de todos pero que encaja muy bien y ayuda a romper y a crear desconcierto en el espectador. Además, algunos temas son tan importantes que quedan en la posteridad como el Girl, You’ll Be A Woman Soon o la canción de introducción a la película.

Pulp Fiction es, en definitiva, una película que, si bien no tiene sentido ni direccionalidad ninguna, sí que funciona como obra de arte, como referente y como una pieza de cine comercial. Algunos querrán un mensaje detrás, pero Tarantino no lo necesita y su película tampoco. Sólo hay que ver lo que deja tras de sí y lo poco que le ha castigado el paso del tiempo.

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