Ciclo Tobe Hooper: Lifeforce, Fuerza Vital

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Después de dirigir la fascinante Poltergeist en el 1982, el director apadrinado por Steven Spileberg, Tobe Hooper, siguió en el 1985 con el género de terror, pero con una propuesta mucho más atrevida y a la vez fallida. Lifeforce es un producto típico de los años ochenta, con todas las características de carácter despectivo que se le pueden otorgar a la manida etiqueta. De hecho de un momento a otro uno teme que de repente pueda empezar a sonar la mítica canción de Ray Parker, para la película de los Cazafantasmas.

Pero no es el caso. La película contiene un argumento que trata de combinar diverso material de terror en una única película, como si de un cóctel explosivo se tratara, pero la mezcla ha quedado demasiado pasada. No es la primera ni tampoco será la última película que intenta mezclar diversos géneros en un mismo film, pero el resultado final no es que el Hooper debió esperar cuando vio la novela de Colin Wilson The Space Vampires (1976). Y eso que para la reescritura del guión contó con ni más ni menos que con David O’Bannon, uno de los hombres que forjó el mito de Alien, realizada unos pocos años antes, en el 1979.

La película trata de superar un tema bastante complicado, y es que se propone ni más ni menos que reelaborar de manera casi completa el mito del vampiro. La tarea resulta harto complicada y para resolver la cuestión Hooper recurre ni más ni menos que a una supuesta mitología científica en la que los vampiros son ni más ni menos que alienígenas. El caso es que el cuento no acaba de cuajar e iconográficamente no funciona más que en unos momentos muy contados y es cuando el director rueda la misteriosa relación sexual entre la vampira principal y sus víctimas que caen rendidas a sus pies sin poder hacer nada. Mathilda May (la interprete que realiza el papel de vampiresa) se convierte en una femme fatale, pero esta vez no del cine negro sino de la ciencia ficción. Erotismo y maldad van unidos de la mano, una interesante aportación dentro del contenido argumental.

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Sin duda estos elementos han condicionado otras películas del género, pero el resto de la trama resulta un auténtico caos. Y es que no es sólo que el prólogo resulte un tanto absurdo, sino que además en lo referente a vampiros el tema es escaso. Hooper más que cualquier otra cosa plantea una película de intriga en su desarrollo, pero que acaba finalizando con un tramo final en el que más que vampiros el director recurre a muertos vivientes o zombies para cerrar la trama. Desde luego no funciona en ningún momento y mucho menos en este último tramo final, en el que pese a que se presenta una ciudad de Londres consumida por el caos y los zombies, más que otra cosa sorprende que las escenas sean tan reiterativas y la imaginación final tan escasa. De hecho los títulos de créditos hasta parecen estar metidos con prisa para terminar cuanto antes posible la película (¿cómo se supone que el ejército no va acabar bombardeando la ciudad?). Hooper no puede abarcar con todo. La película y su prepotente argumento se le quedan demasiado grande. Él ya demostró que cuando mejor rendía era cuando se centraba en el mundo terrenal, como con La matanza de Texas (1974).

 

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Pero desde luego no es la trama la culpable de que la película sea un desastre, que también, sino que es el abuso reiterado de unos efectos especiales que no convencen en ningún momento de la película. Y esta no es la típica frase de crítico que sirve para sentenciar, no. No hay ningún momento del metraje en que los efectos especiales no canten y la lista que podríamos elaborar es ilimitada: Desde la creación del planeta tierra visto desde el espacio, el movimiento de los astronautas en sus paseos espaciales, la manera como succionan la energía los vampiros, el rayo de luz final donde van a parar las almas de los seres de Londres…Sólo se salvaría el maquillaje, el único elemento que consigue poner algo de lógica en la película. Esto se podría permitir si el género no habría demostrado con anterioridad que se pueden hacer películas con unos Fx mucho más creíbles de lo que nos ofrece Lifeforce. Las comparaciones son odiosas: El genio de Kubrick dirgió en 1968, 2001: Odisea en el espacio, una película que sigue impresionando por su calidad técnica. 17 años más tarde se presenta la película de Hooper, que no sólo rehúye de mostrar una técnica muy limitada, sino que parece intentar recrearse en ella, cual cerdo bañándose en un lodazal.

La música compuesta por el gran Henry Mancini (creador entre otros del mítico tema de la pantera rosa) cumple sobradamente con su papel, añadiendo algo de sustento dentro de un vació sepulcral.

3/10

Kyrios

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