Análisis Fílmico: The Collector

 

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The Collector se trata de una película que recicla elementos de muchas otras cintas de terror, pero que sorprendentemente funciona, cuando en la mayoría de casos que se da este fenómeno (que no son pocos en el género) la película acaba por no sustentarse. La película dirigida en el año 2009 por el novato Marcus Dunstan (The Collector es su ópera prima) tuvo un éxito bastante considerable y el director repitió en el 2012 con The Collection, un remake encubierto que recogía al mismo y sanguinario asesino de esta película.

El argumento y el savoir faire de Marcus Dunstan se pueden entender como una clara expresión del cine contemporáneo de terror. El director, a diferencia de las películas de antaño, reduce el argumento al mínimo (la historia es tan poco importante que se puede ver perfectamente en otro idioma que acabaría dando el mismo resultado) mientras que se dedica a registrar un tour de force cinematográfico. En pocas palabras, Dunstan conoce perfectamente al público que va a ver su película, en su mayoría jóvenes ávidos de sangre, de tal manera que no se anda con rodeos y va al grano. Evidentemente no es nuevo en el género y películas que se encargan de subir la adrenalina de esta manera, las hay montones, pero la película de Dunstan funciona, porque pese a ser un novato en la dirección, tiene bastante dominio detrás de las cámaras. El prólogo que realiza para la película podría haberlo firmado cualquiera de los antiguos maestros del terror como Craven, Carpenter, Hooper, Argento…Pero él añade el nihilismo contemporáneo típico de nuestra época.

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Por este motivo los personajes importan tan poco. No sólo en el sentido que son simples muñecos con los que el director puede jugar cual juego propio de un psicópata compulsivo (y sólo sirven para convertirse en un elemento más del torture) sino que el apego que tiene hacia los protagonistas es nulos. No hay complacencia, sólo ganas de hacer daño. Esto, unido a un final totalmente anti-Hollywoodiano en que el propio director se ríe de los finales felices que tanto imperan en la producción media de terror hace que estemos ante una película totalmente oscura, tirando a negra, más bien negrísima. Que los personajes importan tan poco es aplicable para el mismo asesino, porque aparte de la esmerada caracterización (que sirve para que el espectador tiemble de miedo) no tiene ningún otro elemento definido. De hecho acaba el film y lo que sabemos de él es absolutamente casi nada, pero está claro que las intenciones del film no son contarnos la vida y milagros del psicópata.

En realidad, y esto es un aviso para susceptibles, la película puede entrar perfectamente en el subgénero de gore, así que sólo queda recomendada ante el público que sepa a lo que se encuentra y este más que curtido a ver vísceras. La película recoge las influencias de la también ópera prima de James Wan, la fallida Saw (2004), en el sistema de juego y tortura ante sus protagonistas, así como algunas trampas que el Coleccionista se encarga de colocar por la casa. Así pues, es cierto que la película coquetea con el género. Pero si consigue triunfar es precisamente porque no se dedica exclusivamente a recrearse en operaciones quirúrgicas  de mal gusto, sino que todo obedece a un trasfondo, justificado en su mayoría (entre algodones, cierto, pero justificado).

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A diferencia de la reina del género, Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro (1992) en la película de Dunstan todo, absolutamente todo resultan elementos serios. No hay ápice para el sentido del humor, porque el director evidentemente sabe que irrumpir la película con gotas de humor sería cargarse el propio tour de force que está diseñando para la película. La montaña rusa de la adrenalina, que es el motor único y principal de la película.

Pero curiosamente, la dirección funciona de manera bastante correcta. El director no recurre a trucos ochenteros sino que su estilo está sacado del mundo más cercano al Videoclip. Los propios títulos de crédito nos lo confirman. Durante toda la película hay una ensalada de planos que tratan de demostrarnos el empeño que Dunstan ha realizado en la película (una característica muy de novato, la de tratar de alardear mediante las formas en las óperas primas). Desde planos aéreos, totalmente cenitales, que nos señalan dos habitaciones y como los personajes se persiguen, hasta realentizaciones para ver caer a algún que otro incauto a unos pocos cepos puestos a modo de trampa.

Y la fotografía es lo que más resalta en el aspecto técnico. El director se encarga de cada dos por tres hayan cambios repentinos en el campo de color, de tal manera que el espectador que está viendo la película quede totalmente sorprendido, un recurso totalmente artificial (y pese a que muchas veces esta palabra es aplicada como un aspecto negativo, en esta ocasión funciona positivamente). Si en su mayoría el director se sirve de una fotografía totalmente oscura, en muchos momentos del film el color cambia radicalmente para crear un campo totalmente amarillo o rojo.

5/10

Kyrios

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