El joven Tolstói

diarios-lev-tolstoi-1847-1895Para cualquiera que se acerque a las novelas de Tolstói con ánimo de distraerse a la manera posmoderna: con superficialidades, risas y llantos fáciles, seguramente dejarán a Tolstói rápidamente y sin haber aprehendido nada de su lectura.

La reciente adaptación de Anna Karénina, a pesar de haber recibido múltiples críticas, abre la reflexión ineludible por nuestra capacidad de encerrar en un relato sustancialmente más corto obras tan pesadas y preguntas tan complejas acerca de la condición humana como las que se presentan en su obra. Pero la lectura de hoy no es sobre sus artificios, sino precisamente acerca del único espacio en que Tolstói se permite una falta absoluta de los mismos: su diario.

Como es natural, cabe hacer una reflexión general acerca de qué es un diario, cómo leer un diario o para qué se escribe un diario, como es obvio, nos hará falta sin duda una capacidad inicial de empatía, cómo le hace falta a un arqueólogo reconocer poco a poco dónde y cuándo se ubica un objeto recién desenterrado. Para simplificarlo mucho: se dice que hay dos tipos de diarios: aquellos que pretenden un interlocutor divino, una especie de visitante abierto a las palabras que ayuda a aquél que escribe a ser mejor en todo aquello que preocupa al escritor de dichas páginas, y un diario sin tapujos, dónde el escritor constata todos y cada unos de los pormenores de su vida sin que importe que sean o no leídos. A partir de estos dos modelos y en la medida en que el escritor del diario desee hacerlo, se configura un porcentaje de uno o del otro en cada manifestación diaria (o casi) de la propia vida.

En el caso de Tolstói, ambos modos de escribir están tan unidos que son prácticamente indisociables. El elemento divino está constantemente presente, hay días incluso en que termina el diario casi con una plegaria, hay días que son en sí mismos una plegaria, pero eso no lo detiene como testigo abierto de si mismo: las pasiones, las preocupaciones y, sobretodo, sus propios defectos, sus debilidades, dan forma a un texto que pretende ser un vehículo de mejora constante de su propia conducta sin perder jamás de vista lo que para él son sus grandes monstruos personales: la lujuria y el juego.

Pero yo quería hablar del joven Lev Nikoláievich Tolstói. Seguramente la lectura de un diario no es solo un trabajo arqueológico, no descubres algo ocurrido, simplemente, la clave para una buena lectura de este tipo de textos es ser consciente de que debes aprehender algo de ello, pensar en qué medida esa lectura (porque a fin de cuentas, no tenemos las vivencias de Tolstói, sino las palabras que dejó atrás) nos enseña algo que podamos llamar nuestro. He estado leyendo una edición completísima de Acantilado de sus diarios y no soy quién para guiar a nadie en una lectura concreta, pero lo que sí puedo hacer es explicaros quién parece ser el joven Tolstói.

De buenas a primeras, obtenemos un montón de información acerca de las cosas que hace, reflexiones vitales de una profundidad pasmosa y dos tipos de remordimiento muy concretos: por un lado, como ya he dicho, el recordatorio constante de que debe dejar el juego y de su debilidad por las mujeres, y en segundo lugar, un tipo de remordimiento mucho más difícil de comprender en cuanto caemos en la cuenta de que nos está hablando un Tolstói de entre veintitrés y veinticinco años: se siente inútil. Cuenta con una cantidad pasmosa de conocimiento acerca de lo que para nosotros es el eje de su vida y lo que le dará la fama, lee hambriento de literatura, es crítico consigo mismo y con todos los autores a los que lee, cuenta con conocimientos para la escritura más allá de los que muchos amantes de la literatura sueñan haber adquirido al final de su vida y sin embargo, se siente insuficiente.

Además, el joven Tolstói no es tan joven, está el común denominador de la enfermedad, las preocupaciones monetarias derivadas del juego y, cómo no, la búsqueda del amor. También se siente viejo, veinticinco años es para él una edad demasiado elevada para estar en la posición en la que se encuentra, ¿cuál es entonces la medida en que consideramos a alguien joven? Las reflexiones morales de Tolstói, su voluntad insaciable de mejorar, sus conocimientos, no parecen para él suficientes, y sin embargo, nos deja una cantidad de perlas de conocimiento impensables para cualquier persona de veintipocos años de hoy en día. Sí, diréis que Tolstói pertenecía a un sector privilegiado de su sociedad, diréis que se trata ahora de una mente que vista con perspectiva, destaca en toda la tradición literaria, pero estaba enfermo, tenía deudas indecibles y seguía leyendo a Goethe y a muchos otros con el alma hambrienta de palabras. tolstoy1854

Si voy a esperar las circunstancias en las que me sea fácil ser virtuoso y afortunado voy a esperar eternamente: estoy seguro de eso…” Lev Tolstói, 23 de junio de 1853

María Gandía

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