Piel de asno

BarbebleueDicen las malas lenguas, que Piel de Asno es un cuento infantil. Corrijo, dicen las malas lenguas, que los cuentos infantiles son para niños. Charles Perrault, iniciador de este híbrido entre folclore y sofisticación poética: los cuentos de hadas, escribió entre tantos, este cuento tan conocido en tierras francófonas.Hoy en día, una versión cinematográfica que se tomara Piel de asno al pie de la letra sería objeto de una crítica mordaz por parte de aquellos sectores de la opinión pública que impulsan un tipo de educación a la que el término medio llamaría “sobreprotectora”.

Piel de asno incluye, como en muchos cuentos de los que conocemos de primera mano un elemento incómodo, o más de uno. Al inicio del cuento, como en el inicio de tantos otros cuentos, la madre de la princesa muere irremediablemente, el padre le promete en su lecho de muerte no casare jamás con nadie que no la iguale o la supere en belleza. Pero me estoy adelantando a los hechos, digamos que la riqueza, toda la riqueza de este rey, proviene de un asno que defeca oro, el centro de toda la corte es ese asno- nada que ver con el Rey Sol, ¿verdad? – y digamos que en el reino no había nadie más hermoso que la reina que la propia princesa, que en su intento de escaquearse de un matrimonio con su propio padre pide infinidad de vestidos imposibles, hasta que el rey sucumbe en colocarle la piel del asno mágico en su desesperación. Ahí está la discordia.

Al margen de cómo termine el cuento, desarrollo que pienso dejar al propio Perrault y a la curiosidad de cada lector aquí, como en una cantidad importante de cuentos y mitos se adivina un incesto. Una voluntad incestuosa que no es más que una violencia como cualquier otra. Y hablando de violencia, Barbazul también es un cuento que se atribuye al señor Perrault y seguramente no hay un ejemplo más vasto de horror en un cuento infantil. A no ser que consideremos a Stephen King y a Tarantino escritores de literatura para niños, a pocas mentes se les pasa por la mente escribir un cuento que incluya una sala entera forrada de mujeres desangradas en el sótano de un castillo.

Entonces bien, ¿cuál es el objetivo de colocar en un cuento de hadas un hombre que quiere en matrimonio a su propia hija, o un hombre-monstruo que mata a sus mujeres una tras otra como castigo incesante a su curiosidad? ¿Cuál es el límite del género infantil? Pero es que sin violencia, no hay conflicto. Además, la aportación que un cuento pueda hacer a un niño, no es jamás la misma que la de las expectativas de un adulto, el adulto carece de una cierta capacidad de sorpresa, pero también ha perdido, un tanto de imaginación. Todas las teorías psicoanalíticas que se puedan hacer de un cuento, explicarán que ve un adulto en la narración, qué teoremas ocultos se pueden construir a través de los símbolos, las normas y las violencias de la misma. Pero nunca sabemos qué es exactamente lo que ocurre en la mente de un niño cuando se le presenta el dilema de Piel de asno escapando de su propio padre, aterrada por el incesto.

Vladimir Propp y muchos otros teóricos han querido poner nombre y apellidos, una familia genealógica a los cuentos populares en busca de un lugar común para todas las culturas, o para todas las pequeñas piezas de las que se sirven los cuentos para funcionar como narraciones completas, para tener éxito. La cuestión es entonces ¿porqué no son mitos? ¿Porqué seguimos viendo a Caperucita roja como un cuento infantil, cuando sabemos de sobra que hay versiones que incluyen canibalismo y una sensualidad manifiesta? Me atrevería a decir que tengo una teoría al respecto.

Los niños, claramente, no son adultos, como te dirá cualquier activista a favor de eliminar la muerte, la sordidez y la violencia del mundo de la imaginación. Lo que se hace al crear un mundo imaginario, el mundo en que en sus propias normas permite una violencia sobre el sistema que lo constituye, lo subvierte y lo vuelve maravillosamente terrible, es introducir la posibilidad de que al mundo real le ocurra algo parecido sin que en un espacio próximo al lector se den necesariamente estas condiciones. En definitiva, el mundo de lo imaginario es el mundo de lo desconocido: el mundo del adulto. Si les damos el poder suficiente a los cuentos de hadas, a los clásicos a aquellos que tienen algo de incomprensible, no a aquellos en que todo es siempre del mismo color rosa pastel, el mensaje que enviamos a los que mañana serán adultos es: sí, el mundo es incomprensible, crecer es incomprensible, el mundo tiene una parte de horror, les obliga a comprender la presencia de esa parcela de la muerte o de la vida sin conocerla. ¿No les hace eso mucho más fuertes?

María Gandía

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