Ciclo Brian de Palma: El fantasma del paraíso

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El fantasma del paraíso es seguramente la película más extraña dentro de la trayectoria de Brian de Palma, y eso que el director de orígenes italianos no es precisamente lo que se puede conocer como un director convencional. Si hubiéramos de definirla con pocas palabras diríamos que se trata de un remake lisérgico y encubierto del mito clásico del fantasma de la ópera (escrito por el francés Gaston Leroux en el 1910), tamizado con grandes dosis de surrealismo y mucho toque Naiv. También se podría decir que El fantasma del paraíso es la bizarrada  musical que The Rocky Horror picture Show no llegó culminar.

Pero el fantasma del paraíso supuso también que el nombre de Brian de Palma se diera a conocer de manera internacional, porque hasta la fecha el director no había conseguido ningún logro precisamente destacable, sino que había mantenido una trayectoria irregular. Pero, ¿Qué es el fantasma del paraíso? Una película bastante inclasificable, eso desde luego. Digamos que Brian de Palma reinterpreta el mito del fantasma de la ópera (siempre que pensamos en su versión cinematográfica asociamos directamente el nombre de Lon Chaney) mediante la inclusión de elementos propios del mundo Pop (no confundirse con la selección musical, que varía desde la música más melodiosa hasta el rock más duro de aquellos años) e incluso una relectura del mito de Fausto, si como lo oyen, la vieja leyenda que ya aparecía en el gran escritor británico Marlowe y que Goethe alzó al firmamento de la inmortalidad.

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Y es que el protagonista de la película, William  Finley interpreta a nuestro particular fantasma de la ópera. Ya desde el inicio Brian de Palma se encarga de definir la psicología de tan curioso personaje. William Finley interpreta a una persona singular que tiene unas grandes dotes artísticas (es un virtuoso del piano), pero que no tiene una imagen que pueda vender. No es comercial (su aspecto físico no entona con las caras bonitas que se presuponen básicas en el mundo de la música), más bien Finley interpreta un joven Nerd al que nadie hace caso. En eso que Swan, interpretado por Paul Williams, un inmortal productor con una fama imperecedera que consigue su música sin contar con el permiso de Williams, lo que llevará a nuestro protagonista a iniciar su particular venganza, pese a que posteriormente se unirán. Mención especial merece Paul Williams, que es el compositor de todas las canciones que suenan en la película, y que arrastran un espectro bastante amplio.

Y es en este momento donde aparece el elemento fáustico en escena, cuando el joven Finley firma con su propia sangre, vendiendo la alma al demonio con tal de conseguir sus objetivos. Pero de Palma no se contenta con una simple relectura, sino que realiza una revisión muy acorde con aquellos años setenta en que se desarrolla la historia. Básicamente, lo que trata de hacer de Palma es conseguir llevar el mito de Fausto a su época, adaptándolo con un genial planteamiento, en que el humor y la parodia están totalmente a la orden del día. Nos ofrece una visión retro y totalmente nostálgica, aunque no exenta de mala baba. Porque es imposible no esbozar una sonrisa (ni que sea de absoluta incredulidad) cuando uno ve la manera como Paul Williams acaba transformándose en el esperado fantasma (siendo aplastado por unas imprentas de música) o los más que evidentes guiños del contrato y su relación con el diablo. De hecho el humor es uno de los pilares del film, y es que la película nunca se toma en serio a sí mismo. Esto no quiere decir que estemos exactamente viendo una parodia, sino que De Palma trata de mostrarnos sus hechos como verídicos, pero en el fondo sabe perfectamente que el violento cóctel que arroja a la cara del espectador tiene mucho de guasa.

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También hay que decir que los homenajes y guiños, son una constante en la película. No ya sólo los citados ejemplos de la obra del fantasma de la ópera, o de la leyenda de Fausto, sino que también encontramos referentes a la literatura, como ese final calcado al retrato de Dorian Grey del magistral Oscar Wilde, sino también al propio mundo del cine, como esa secuencia musical en la que se cuelga un fondo pintado totalmente distorsionado que recuerda a los acompañamientos pictóricos del Gabinete del Doctor Cagliari. Incluso en el ámbito musical, en el que se parodia con bastante gracia el grupo norteamericano de los Beach Boys. También vemos como Brian de Palma (famoso por su relación con el maestro Hitchock) parodia la mítica escena de la ducha, que uno encuentra en Psicosis (1960).

Para cumplir con todo esto, el director se acerca bastante al barroquismo visual, inundando la pantalla de todo tipo de recursos que fácilmente pueden saturar al espectador que no esté de recibo para la película. Las técnicas son muy abundantes, desde múltiples discursos de los personajes a cámara (tratando de establecer una conexión íntima con el espectador), cámaras rápidas que parodian la locura a la que llega Finley, o espectáculos bizarros de música en que la ópera rock es el objetivo que De Palma tiene como punto de mira, cuando trata de banalizar el  fenómeno fan y sus consecuencias (en la secuencia en que una estrella del rock es asesinada delante de sus fans, estos no parecen asustados, sino que aún chillan más de éxtasis, como si estuvieran totalmente a favor del espectáculo, sin duda un guiño de humor negro que nos ofrece el director).

7/10

Kyrios

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