El Testamento de Orfeo

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El testamento de Orfeo es la última película del cineasta Jean Cocteau. Aunque digo cineasta, seguramente el preferiría el término poeta (además fue un célebre dramaturgo y cultivó la pintura, de hecho en el film podemos ver de pasada una pintura suya), y sin duda su testamento cinematográfico es una obra que respira poesía en todos sus aspectos. De hecho, sólo como relato poético puede degustarse con todos los sentidos, pues la película rehúye a cualquier convencionalismo narrativo y temporal (hay un momento del film en que un personaje pregunta qué hora es y el otro le contesta que no hay hora).

La película es un discurso emocional que involucra toda la obra y conocimientos del artista de su universo más recóndito hacia fuera, es decir, hacia el receptor o espectador de la obra. Hemos de recordar que la figura mítica de Orfeo fue tratada en más  ocasiones por Cocteau, llegando a  elaborar una trilogía, puesto a que a esta película se le unen La sangre de un poeta (1930) y Orfeo (1952). En el propio final de la película, oímos la voz del propio director hablando sobre algunos de los motivos que le impulsaron a cerrar el mito órfico.

Y digo testamento (lo digo yo y el propio artista en el título de la película) porque la obra está concebida como un repaso a la trayectoria del director francés, en la que se sirve de diferentes alusiones tanto a sus propias obras como a ideología suya o referencias artísticas de diversa procedencia. La película es un sueño y un viaje onírico y surrealista  (con un tono muy diferente al que otros  directores como Buñuel han plasmado sus visiones en el cine). Se ordena en diversos fragmentos en los que Cocteau mismo aparece interpretándose él mismo.

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Como sueño, muchos de los fragmentos no tienen conexión entre ellos, mientras que en otros si podemos ver un hilo, aunque sea ocasiones en los que sea tan vago y lejano como las conexiones que aparecen en los sueños de cualquiera de nosotros. Se pueden destacar sin duda varios momentos del film. Uno de ellos es el tribunal, un momento clave en la película  y que resume muy bien la esencia de la película. En ella, nuestro personaje es interrogado por un peculiar tribunal acerca de la relación entre el artista y la humanidad. Cocteau elabora unos preciosos diálogos en los que se recoge su ideología. Cocteau refleja parte de la ideología romántica, poniendo de relieve la figura del artista como un ente capaz de bailar entre dos mundos, aunque el director también afirma que esta posibilidad se vuelve en su contra, moviéndose siempre entre las sombras y la realidad, fijándose en el aspecto creativo más romántico posible. También se destaca la importancia de la obra creada (en la película aparece un personaje que forma parte de una película anterior de Cocteau) que llega a cobrar una dimensión propia en la que el artista ya no puede conseguir ejercer un control absoluto.

Además cuando en este tribunal aparece un profesor de ciencias que había aparecido en la primera parte de la película, se manifiesta la dicotomía entre los dos mundos que parecen irreconciliables. El artista creador y humanista por una parte, y el hombre lógico por otra. Evidentemente la balanza se inclina a favor del poeta, básicamente porque este sí es capaz de ver otras cosas que los demás no pueden.

La película centra su iconografía principal en dos aspectos: El ya citado de las propias autorreferencial del artista por una parte, y por la otra una revisión actualizada de diversos mitos clásicos. ¿Podría ser de hecho, que todo lo que le sucede al protagonista está relacionado con el episodio más mítico de Orfeo, el célebre personaje griego, que desciende a los infiernos en busca de su amada Eurídice? Sin captar muchas de las inclusiones que Cocteau hace a la mitología clásica, no ya los guiños que hace en múltiples ocasiones, como es final en el que aparece Edipo y la Esfinge mencionadas, sino gran parte de la trama principal, la película no se disfruta a un alto nivel. En este sentido, el testamento de Orfeo no es una película digerible para todos, y puede quedarse estancada en muchos estómagos.

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Por otra parte, también resultan destacables diversas escenas en las que simplemente se recrea una estética que cautiva por su intrigante atmósfera. El hombre vestido de caballo (que se interpreta a su vez como un símbolo de mal augurio y que así lo reconoce nuestro personaje principal) o las diferentes escenas que suceden en el trayecto final del viaje revelan un trabajo de composición muy planificado (cada personaje tiene un sentido y no hay una posición aleatoria de personajes dentro del espacio en el que actúan).

Por otra parte, personajes ilustres como Picasso, Roger Vadim, Yul Brynner, Charles Aznavour forma parte del reparto, y están escogidos por ser precisamente amigos del director, para poder formar así parte del testamento final de Cocteau.

8/10

Kyrios

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