El Asesinato de Trotsky

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El asesinato de Trotsky es una obra difícil de clasificar. La película, como indica su nombre, es un relato de los últimos días de la figura política, cuando el dirigente comunista pasó la última estancia de su vida exiliado en México, antes de ser asesinado por el espía catalán, Ramon Mercader, enviado por el servicio secreto ruso.

La película es una obra fallida. Duele decirlo, porque detrás de las cámaras se encuentra uno de los directores británicos más interesantes del cine de los años sesenta, Joseph Losey, cuya película más célebre, el Sirviente, realizada en 1963 junto a otras grandes obras le ha dado el mérito suficiente para meterse de lleno en la historia del cine.

Sin embargo, El asesinato de Trotsky es una obra irregular en la que se nota que el director británico no se siente a gusto con las implicaciones con las que está tratando el tema. En muchas ocasiones el director parece tener unas ideas muy poco claras y concisas sobre el tema que está realizando, lo que hace que la película tenga una personalidad muy dispersa. Seguramente sea porque Losey es un director de origen británico cuya mirada aún estaba muy lejos de ser totalmente objetiva o capaz de contarnos algo que ofrezca una visión nueva, y además en el film se producen cambios sustanciales respecto a la historia real. El espía Ramón Mercarder por ejemplo no aparece nunca en la película, y su personalidad es substituida por la de un personaje ficticio interpretado por la famosa estrella de la época, el francés Alain Delon. Evidentemente, también se han cambiado las motivaciones del personaje para cometer su asesinato, para que tenga un papel mucho más cinematográfico y menos acorde con la cruda realidad. En este sentido es curioso cuanto menos ver a nuestros protagonistas utilizar un inglés más que fluido.

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Así pues, Losey propone un debate elemental en la película. Por una parte, se dedica a registrar la vida del dirigente soviético en el exilio. El personaje de Trotsky es interpretado por Richard Burton que consigue una caracterización perfecta del personaje. Por otra parte, la visión que el director británico ofrece sobre el personaje soviético es interesante, pero cae en la construcción de una personalidad tópica, que aparte de repetir clichés no muestra una profundidad digna de interés. Al igual que Marat (Recordemos el magnífico cuadro del neoclásico Jacques Louis David) la personalidad de la víctima está recreada como si fuera un mártir. Vemos al personaje confesar parte de su ideología política, así como su disensión con la Rusia real, pero el guión sólo se queda en la epidermis del personaje, ofreciendo escenas pintorescas, que si tienen cierta gracia, pero que carecen de profundidad alguna. En este sentido son bastante redundantes las escenas en las que se nos muestra a nuestro protagonista de manera reiterada en su pequeño jardín, y cuidando a sus animales. Un burdo recurso que no parece digno de Losey, y del que se sirve el director para enseñarnos la gran calidad humana del personaje. También son habituales las escenas en las que nuestro personaje comparte comida y discursos con diferentes compatriotas o incluso universitarios,  en las que las discusiones políticas están a la orden del día, pero tampoco son estas unas grandes recreaciones digna de mención.

Por otra parte, se enlaza la historia del personaje de Alain Delon, el antagonista de la película. Losey abandona la posibilidad de elaborar un film con tintes de            Thriller o de espías, que tan de boga estaban por los años setenta, y se recrea en la personalidad de sus personajes. No hay grandes conspiraciones ni gente arrimada a una mesa mientras el humo llena toda la habitación y se susurra la palabra magnicidio. Nada de eso. A Losey, lo que le interesa es mostrarnos la carga sentimental que le corresponde al asesino, con todas las implicaciones de consciencia, elaborando así una especie de criminal que sufre y se concome de remordimientos por los actos a los que se evocado a cometer. En este sentido el director nos ofrece algunas escenas que intentan demostrarnos el trance al que se ve sometido Alain Delon.

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En realidad, esta estructura se encuentra totalmente rota y el director nunca sabe cómo hacer que los diversos fragmentos que componen la película tengan un sentido unitario. No lo consigue más que en ocasiones contadas (como en el momento del asesinato, una de las mejores escenas de la película, en que vemos la supuesta arma del Piolet con la que Mercader asesinó al dirigente) y por eso la película adolece de una arritmia narrativa que hace que el espectador se sienta perdido ante lo que está viendo.

Si la película se salva de la quema es por la elaboración de algunas escenas que contienen diversos elementos artísticos de gran nivel. La secuencia con la que se abre la película por ejemplo, demuestra el saber hacer del director británico. La obra se inicia con un gran desfile en México de diversos grupos sociales, en los que paulatinamente se nos enseña las diferencias entre las ideologías comunistas, en una alusión metafórica de la historia principal y de nuestro personaje, Trotsky. Por otra parte también son dignas de mención ciertas escenas en las que el director trata de romper con el equilibrio clásico, mediante la utilización de una música estridente y unos planos fijos que crean una atmósfera agobiante y que dota a la obra de una singularidad muy especial.

4/10

Kyrios

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