Patrimonio Nacional (1981)

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Patrimonio nacional es una obra que debe ser vista no como una película única, sino como un tríptico que Berlanga, uno de los mejores directores del cine español, rodó siguiendo la estela de la familia ficticia de los Leguineche. La primera entrega de dicha saga es La escopeta nacional (1978), mientras que Patrimonio nacional, la película que nos ocupa, está rodada en el 1981 y la última de la citada saga se trata de Nacional III del 1982. A pesar de esto, las películas no forman un paréntesis en la trayectoria del director, sino que comparten muchísimos rasgos en común con el resto de la filmografía del director alicantino. Con sólo los cinco primeros minutos de la película sirve para que esta sea identificada, y es que el cine de Berlanga sin duda es uno de los más característicos y singulares que se pueden encontrar en la historia del cine español. Entonces, ¿Por qué una trilogía?

La respuesta está en la cronología. Y es que los años de rodaje de las películas nos lo dejan bien claro. Las diversas obras de la saga están dirigidas justo después de la muerte del dictador Franco y se hacen eco de una manera Berlangiana de la manida transición española, y de cómo muchos de los integrantes de la vieja España se adentraron en los cimientos de las nuevas maneras políticas. El argumento ya lo deja bastante claro, unos cortesanos exiliados durante el régimen franquista, vuelven a Madrid para obtener los favores de la nueva aristocracia que se erige con la designación del rey Juan Carlos como monarca. En realidad, la película es un pretexto perfecto para que Berlanga haga lo que mejor sabe hacer, una bufa cómica a modo de sainete u opereta en la que las costumbres de la alta alcurnia salgan ridiculizadas mediante la parodia y la ironía.

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Más de una vez se ha relacionado el cine de Berlganga con los ya citados géneros menores teatrales, tan típicos españoles y que tanto furor causaron durante tanto tiempo. Ciertamente la comparación está bien buscada y Berlanga se postula como el director perfecto que recoge este tipo de tradiciones teatrales para adaptarlas a nuestro tiempo. Los personajes parodiados, y estirados, como si no fueran nada más que una caricatura de la que se sirve el director para exhibir su chanza cruel con ellos. De igual manera sucede con el argumento, que se aleja de pretenciosas historias trágicas (que tanto éxito han tenido en otras partes del continente europeo) para centrarse en aspectos mucho más cotidianos, tan cercanos al público que este se siente identificado de una manera muy profunda. La impronta de Berlanga en este sentido, como uno de los codificadores de la tradición teatral y bufa en el cine es tan grande, que no son pocos los que hoy en día intentan seguir su estilo. De todas maneras maestro como Berlanga sólo hay uno, y las obras de hoy en día están bastante alejadas de las maneras de hacer que tenía el alicantino.

En Patrimonio nacional, pues, encontramos todas estas características del cine de Berlanga.
Algunos críticos han considerado que con el paso de los años el director fue perdiendo la cabeza y dejarse ir por toques de humor elaborados con una sal mucho más gruesa o exhibir unos tintes mucho más eróticos en sus películas. Más allá de esta apolillada visión del cine de Berlanga, uno ha de entender la máxima de Renovarse o morir, y eso es lo que hizo el director, adaptándose a los nuevos tiempos que requerían un uso mucho más explicito de contenidos (ya no estaba la censura de por medio, de tal manera que los directores críticos con el sistema, ya no habían de recurrir a sutiles metáforas con las que encubrir su mensaje). De todas maneras, Patrimonio nacional está bastante lejos de ser la película más inaccesible del director, y la misma Escopeta nacional (la primera de la saga) es una película bastante más extraña a los ojos de un espectador que no esté familiarizado con la iconografía de Berlanga que esta.

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Si la película falla no es porque se contenga momentos ácidos que se pasan de rosca o de un humor exagerado, sino por otros motivos. La película empieza bien y la presentación de los personajes es más que correcta, pero en cuanto el director tiene que poner toda la carne en el asador, la película empieza a fallar y a perder consistencia. Los momentos cómicos sin que tengan un fondo detrás no sirven como única base para la película y llega un punto en el que la fuerza cómica empieza a perderse. La puesta en escena, construida únicamente a base de planos secuencia (herramienta básica de Berlanga, que podemos encontrar como una de sus señas de identidad más reconocibles) no ayuda a crear una narrativa consistente, y a eso, si le añadimos un guión bastante disperso, hace que el espectador pueda perderse y desconectarse de la película con facilidad. El destino de la película no está claro y pese a que se trata de añadir personajes con tal de soliviantar la situación, no hay ningún momento que se pueda decir que la película está cuajando, porque cuando uno encuentra buenas escenas y momentos (que los hay) se acaban perdiendo como agua entre las manos.

Pero aún así, la película contiene escenas de gran interés. Entre ellas se puede destacar la
tronchante escena del falso duelo o la llegada de los cortesanos nuevos a Madrid. El humor más ácido de Berlanga (el de digamos, la segunda etapa) esta en bastantes dosis en Patrimonio Nacional.

6/10

Kyrios

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