La inmortalidad del cangrejo: Tres hombres, un cangrejo y aquel 2001

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Hoy en día, sorprende mucho ver cómo se cataloga la literatura, como si tuviera que asumir algunas categorías de las series y de las películas. Algunas de esas “etiquetas”, como son los géneros, son favorables para indicar por dónde irán los tiros. Sin embargo, pesan otras que se amoldan a los prejuicios de la población. Hablo, en este caso, de la literatura “queer”. ¿Qué pasa cuando hay un libro tan bueno que sobrepasa ese género?

Fernando J. López debe estar en las nubes.  Con “La edad de la ira” se hizo un nombre y en los últimos años su popularidad está aumentando. Este 2013 fue su explosión con libros de todo tipo como el cuento de “El reino de las tres lunas”, la obra teatral “Cuando fuimos dos” o la novela “Las vidas que inventamos”. Quizás es por toda esa trayectoria por la que la editorial Baile del Sol se haya arriesgado con “La inmortalidad del cangrejo”, novela que escribió el autor barcelonés en su juventud y que refleja no sólo un reflejo generacional, sino también resulta ser su novela más dura.

La historia de esta novela tiene como protagonista a Alberto, un joven de 23 años que tiene un trabajo basura, un amante en Berlín, una familia que no le entiende y un grupo de amigos que malviven haciendo pequeños papeles teatrales. Todo esto cambia de golpe el 11 de septiembre del 2001. Unido al atentado de las torres gemelas, Alberto pierde a Eduardo, uno de sus mejores amigos, y no se le vuelve a ver durante mucho tiempo. Es entonces cuando el protagonista busca a su amigo y acaba en una búsqueda de sí mismo.

“La inmortalidad del cangrejo” es en sí una lenta y profunda caída de Alberto por los abismos de la posesión, la incertidumbre, una vida incierta y llena de shocks y un ambiente decadente como fue el de la década de los 2000. Si a todo ello le unimos el trabajo basura del protagonista y un ambiente que no lo entiende, el camino es obvio. Para muchos lo predecible implica torpedad o falta de nivel, pero en este caso que veamos claramente donde va a ir el protagonista nos da morbo. Como dijo David Lynch en una entrevista, “nos encanta ver el drama ajeno”.

Sorprende sobretodo el estilo rotundo y duro. Cuánto más avanza Alberto, más duro el camino y más tortuosa es la travesía. Tanto como el número 23, uno de esos símbolos de la novela, esa edad en la que se empiezan a saber cosas pero apenas se abasta todo…y es que Fernando J. López, sin duda, nos mete en esa incertidumbre sin prisa pero sin pausa.

Lo mejor de la historia nos viene al final, con toda la tensión explotando por los cuatro costados y con un final muy digno para cerrar la historia. De hecho, es ese último capítulo el que deja con mejor sabor de boca, puesto que cierra la historia atando cabos y con la horrible conclusión de que el protagonista ha acabado, como la sociedad que le rodea, dando pasos de cangrejo.

Si el que quiere leer esta historia viene con prejuicios, tiene dos opciones: o se aventura a leer esta historia sin tapujos, o huye de ella. Yo le recomiendo que no se cierre.

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