Las Brujas de Zugarramurdi

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Álex de La Iglesia vuelve por sus fueros, y nunca mejor dicho, con Las brujas de Zugarramurdi, una película que nos retorna a los orígenes del director, y a sus primeras películas que al fin y al cabo son las que le dieron la gloria, como El día de la bestia (1995) o la Comunidad (2000). Y es que el desparpajo y el gamberrismo vuelven de la mano en esta nueva entrega. El director abandona la senda de la vía social que había cogido su última película (La chispa de la vida) después de haber tenido una recepción irregular. Es cierto que los toques sociales se siguen manteniendo en la película, después de todo, nuestros personajes principales inician su robo debido a la coyuntura socioeconómica del país (vamos, que están en el paro), pero al igual que el argumento, la película se irá alejando de esta temática realista (si es que los primeros compases de la película pueden definirse como realista) para adentrarse en lo que mejor domina el director: El ámbito fantástico.

Esta vez el presupuesto acompaña al director, que puede completar los detalles con los que en antaño resolvía con la artesanía disponible (recordemos los efectos especiales de Acción mutante 1993). Esto lo hace una obra de contrastes. Hay escenas que demuestran un gran nivel poco antes visto en el ámbito fantástico español, pero también hay momentos en que la película se pierde por culpa de quererse demasiado en este aspecto. Precisamente cuando mejor funciona la película es cuando consigue transfigurar el valor de las escenas costumbristas que se desarrollan en el pueblo de Zugarramurdi. Cuando el tono de comedia se consigue imponer a los momentos de acción y al subrayado brujeril es cuando la película rueda sola, como si estuviéramos volviendo a ver un nuevo día de la bestia.

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Las escenas del aquelarre, el hostal del pueblo e incluso los momentos de la dupla policial, en todas estas secuencias es donde despunta el film. De la Iglesia se empapa del costumbrismo español, tan típico de nuestro arte, con Berlanga a la cabeza, para subvertir de manera muy inteligente sus anécdotas, y añadiéndole el elemento fantástico. Como ejemplo tenemos la aparición estelar de Santiago Segura y Carlos Areces, que acrecientan esta sensación. De la Iglesia sabe añadir una iconografía tradicional a una más contemporánea.

En este sentido, es muy sintomática la introducción con los títulos de crédito, donde después de una presentación de rostros femeninos en el que se asocia la brujería con algunas de las mujeres más celebres de la historia, como la Princesa de Éboli, para luego incluir de manera socarrona la figura de la cancillera alemana, Ángela Merkel. Sin duda el humor de Álex no tiene fronteras.

También el guión mezcla elementos diversos. Para la película se recrea el ambiente del pueblo de Zugarramurdi, uno de los pocos pueblos españoles donde se produjo un proceso de brujas (uno de los pocos casos de toda la península ibérica) pero lo que nos muestra la película no son exactamente brujas. Las brujas evidentemente no existieron más que como una ficción de ciertas mentes perturbadas, pero lo que retrata la película es precisamente una mezcla de la idea tradicional de la bruja cristiana, con los cultos paganos, y por esto en este sentido en la secuencia de sacrificio no aparece invocado el diablo, que habría seguido lo lógico si la película hubiera seguido la imagen de la bruja cristiana, sino que se recrea el culto a una Venus prehistórica monstruosa, que en realidad se refiere a tradiciones precristianas que en algunos pueblos consiguieron subsistir durante gran tiempo a la influencia cristiana, pero que ni mucho menos eran clanes tan grotescos como se les representa en la película. Se hace este cambio iconográfico porque en parte permite hacer un discurso (más que manido) entre hombres y mujeres, que aporta diálogos humorísticos que añaden personalidad a la película.

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Si las escenas iniciales en el pueblo (más allá del cómico paréntesis con el que se abre la película) consiguen crear un ambiente único, el argumento se diluye a medida que el aquelarre se va haciendo más grande. El humor se substituye por una dichosa sensación de dejávu a película norteamericana. La singularidad de nuestras brujas desaparece en un final muy resultón y sonoro que no ayuda al tono minimalista de las mejores secuencias, como la cena de brujas o las escenas en el cochambroso hostal.

Los actores cumplen en un reparto lleno de caras Famosas. Hugo Silva y Mario Casas son las caras bonitas de la película, y por imposible que parezca consiguen una correcta interpretación. Es cierto que no forman un especial contrapunto (el mejor papel de  la película recae en verdad a Jaime Ordoñez, que cumple de manera excepcional) pero el director les da unas pautas que siguen de manera correcta. Pepón Nieto y Secún de la Rosa también tienen sus escenas en las que consiguen destacar (Secún de la Rosa aporta seguramente uno de los mejores momentos cómicos de la película).

Una vuelta a los orígenes, pero de manera renovada. Veremos con que nos sorprende el director con sus próximos proyectos en Norteamérica.

 

6/10

 

Kyrios

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