El Limpiabotas de Vittorio de Sica

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El debate en torno a la película de  El Limpiabotas (1946) siempre acostumbra a ir en la misma dirección. ¿Puede hablarse ya de un neorrealismo? O aún la película, pese a sus novedades, sigue encuadrándose en una fase previa a esta? Un año antes, Roberto Rossellini había abierto la caja de Pandora con Roma, Ciudad Abierta. La que si es puramente neorrealista es el ladrón de bicicletas, película que dirigiría Vittorio de Sica dos año después del Limpiabotas. Evidentemente, no habría existido el ladrón de bicicletas si antes Vittorio no hubiera dirigido una película tan notable como el Limpiabotas.

La película se centra en una historia humana, intimista  y pequeña, alejada de las recreaciones históricas de las grandes superproducciones norteamericanas y de personas que nada tienen que ver con la realidad. Al director, así como a los guionistas de la película, entre los que se incluye Cesare Zavattini, uno de los hombres más importantes del movimiento neorrealista, y con el que de Sica colaboraría en diversas películas con posterioridad, lo que les interesa es el momento del aquí y del ahora (una característica fundamental del neorrealismo, que a diferencia de otras películas que se estilaban en la producción fascista, como por ejemplo las películas del director Alessandro Blasseti que se ambientaban en épocas históricas que no tenían relación con la Italia de la época) y por eso la película está ubicada precisamente en la posguerra, en unas fechas muy cercanas a las de la producción de la película (Roma, la ciudad donde se desarrolla la acción está plagada de soldados norteamericanos) .

La historia es simplemente conmovedora. El director se centra en la historia de dos niños que han tenido que aprender a sobrevivir en un tiempo de desesperación absoluta. Es cierto que cometen un hurto, pero de Sica nos compara muy bien el desequilibrio compensatorio que tienen los dos jóvenes por el robo que han cometido. A decir verdad, con la cantidad de injusticia que muestra la película, el acto de los dos jóvenes se diluye de manera tan rápida que el espectador no puede dejar de sentir empatía por los dos muchachos.

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Vittorio de Sica y Zavattini construyen una historia sentimental (que no sentimentalista) donde si bien no se realiza un análisis del odio, si queda reflejado en todo su esplendor, en la medida que los dos personajes protagonistas, los dos niños, empiezan a odiarse entre sí, no por iniciativa propia, sino por las condiciones que les impone una sociedad que se demuestra como totalmente antihumanitaria. La represión de un sistema anticuado e inútil, que obliga a los niños en convertirse en máquinas es la inquina principal del guión, que muestra con valentía la podredumbre mental de, especialmente, la gente adulta de la película. Sólo los niños se salvan. Son los únicos que muestran signos de empatía y algo de buenas voluntades, porque en la resta de personajes no encontramos ni un atisbo de humanidad. Seguramente, porque después de haber pasado un proceso similar al de los niños, acaban por convertirse en máquinas sin corazón. Prestemos atención a por ejemplo, no sólo ya la figura del director de la institución penal (que tiene a la tortura como una compañera más) sino al proceso judicial, en el que de manera muy brillante, de Sica nos muestra la absurdez de la justicia. Si puedes pagarte un abogado puede que tengas suerte, pero si te toca uno público puedes ir abandonando toda esperanza.

Es cierto que en muchos momentos la puesta en escena nos demuestra unas formas que aún se alejan del neorrealismo, o mejor dicho, a las que aún les falta el soplo de libertad que en apenas dos años de Sica conseguiría imprimir. En el Limpiabotas aún vemos una narración ajustada a los cánones precedentes, en la que el sentido del desarrollo del film se orienta siempre de manera direccional, sin rodeos o escenas que podamos definir como detallistas, sino que todos los elementos van encadenados al trágico desenlace. Por otra parte, en la utilización de la música el director aún intenta acompañar la película de una manera extradiegética, con un acompañamiento musical que por otra parte intenta subrayar de maneras dramáticas algunas escenas, que aún denota que faltaba pulir en este aspecto.

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La puesta en escena de hecho sigue los pasos de una cámara que en algunos momentos (como cuando se eleva dentro de la cárcel) sigue recordando al narrador omnisciente que nos encontramos en la literatura. De todas maneras, y exceptuando estos pequeños momentos (como un travelling inicial o la escena magnificente que pone el broche a la película), la estética de la película se acerca bastante a la desnudez formal que nos encontraríamos como seña de identidad en las películas neorrealistas posteriores.

El humor y el tono trágico se funden de una manera maravillosa. La ironía la utiliza la película para conseguir sacar la sonrisa al espectador, para luego cambiar de tercio de un momento a otro. Pocas películas consiguen como lo hace el limpiabotas hacer sentir al espectador tantas sensaciones encontradas.

8/10

Kyrios

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