Los espigadores y la espigadora

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Agnès Varda es una de las figuras más emblemáticas de la nueva manera de hacer cine que se configuró en Francia a inicios de los años sesenta, el movimiento que popularmente se conoce como Nouvelle Vague. Su obra más conocida, Cleo de 5 a 7, dirigida en el año 1961, la colocó como una de las figuras más importantes en el panorama contemporáneo de la época.

Por eso, en cierto sentido, el documental que dirige tantos años después, en el 2010, con el título de Los espigadores y la espigadora, es una manera de que el espectador vuelva a encontrarse con la directora francesa, después de tantos años sin volver a tener noticias realmente relevantes de ella (su trayectoria en los años ochenta fue más irregular que en sus brillantes inicio).

Hemos de poner la película en su contexto. No es lo mismo realizar un film como los espigadores y la espigadora en el año 2000 que trece años más tarde. Puede parecer que no es un tiempo lo suficientemente grande como para notar diferencias, pero en aquella época, Varda con su documental, realiza una denuncia que por aquellos tiempos aún no había tenido un gran impacto en la conciencia social. Porque ahora, quien más quien menos ha visto algún documental, o algún programa de denuncia como los que realiza Jordi Évole en su franja horaria, y ya nos hemos concienciado de la gran cantidad de comida y derroche que produce nuestro sistema. Simplemente por el hecho de que una patata no cumpla los requisitos estéticos para su venta (pues ha de tener unas características determinadas para que los supermercados acepten su compra) es motivo suficiente para que esta sea tirada al suelo. Así pues, miles de toneladas son abandonados sin que puedan servir de utilidad para los más necesitados. En este sentido es donde realmente el documental coge un valor importante, porque es capaz (o fue capaz) de abrir nuevas ideas y conceptos a los espectadores que contemplaron atónitos el derroche de material que se realiza en todo el mundo.

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Sin embargo, los años no le han sentado demasiado bien a la directora. Pese a que las intenciones son buenas, las formas con las que acomete la realización del documental no son precisamente las más indicadas. En muchos momentos del film, observamos tics trasnochados que nos recuerdan el pasado de la directora (con su sello pretendidamente vanguardista) pero sin que se haya adaptado a las nuevas corrientes cinematográficas. Varda parece obnubilada ante su propia figura, y anclada en una estética trasnochada y rancia, como si el cine se hubiera quedado anclado en los años sesenta y no hubiera evolucionado después de la nouvelle vague. En muchos momentos de la película, la directora opta por romper con la narración lineal del documental, para aportar momentos que no tienen nada que ver con la película y que sólo sirven como una forma egocéntrica que tiene la directora para realzar la figura. No tiene mucho sentido las divagaciones filosóficas de la directora acerca de su mano y el paso del tiempo, así como un momento concreto y ciertamente bochornoso en el que la directora nos muestra el baile que realiza el tapón de su cámara digital. Escenas y secuencias que muestran la poca adaptación de la directora a los nuevos tiempos, que se mantiene, especialmente en lo formalista, como un viejo fósil que renuncia a la máxima de renovarse o morir.

La película, realizada con una cámara no profesional (podría pasar por una videocámara de aficionado) se dedica a registrar a diferentes entrevistas y personajes por toda Francia. Como comentaba al principio de la película, ahora que ya estamos acostumbrados a programas que registran la vida cotidiana (aunque en realidad habríamos de rectificar porque más que registrar  lo que hacen estos programas es intentar lucrarse de la manera más denigrante posible a base de personas que realmente no interesan al programa) parece que el poder de la película pierde fuerza, pero se trata de una inventiva original que permite acercarnos precisamente a una realidad que en nuestro mundo intenta ocultarse o incluso, tratamos nosotros mismo de ocultarla para que no moleste nuestra apacible vida.

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La espigadora y los espigadores. El título de la película hace una referencia explícita (aparte de que el cuadro aparece en una secuencia inicial) a un cuadro de Millet, las espigadoras. Precisamente la directora intenta edificarse como un Millet contemporáneo. Recordemos que Millet era un pintor, también francés, que realmente se preocupaba por la realidad social de su época, y por este motivo en sus cuadros no encontramos a héroes ni escenas históricas (que son las que de coetáneamente triunfaban en los grandes salones de la academia) sino que los protagonistas principales de sus imágenes son campesinos y gente de baja realeza a la que el pintor retrata tratando de magnificar en todo momento. También eso es lo que busca Varda, realizar una dignificación de mucha gente que se aparta voluntariamente del sistema para poder seguir su vida al margen de esta. Como dice la propia directora, a partir de sus propias recolecciones de imágenes (ella es también pues una espigadora) construye un relato más que emocionante, interesante sobre esa gente.

5/10

Kyrios

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