Omnívoros

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Crudísima película la que nos entrega Óscar Rojo en este 2013, con Omnívoros, un título no apto para estómagos sensibles (nunca mejor dicho) y que tiene alguna de las secuencias más despiadadas que se hayan visto en una película.

En realidad, la propuesta tiene algunos puntos en común con la obra de Pasolini, rodada en 1975, titulada Saló, o los 120 días de Sodoma. En la película del italiano (que adaptaba una novela del marqués de Sade) encontrábamos una tremenda crítica hacia las grandes élites de la sociedad, que mediante el mecanismo del poder, realizaban las más bajas actuaciones contra una serie de personas corrientes. Un exhaustivo relato de terror de una realidad que aterrorizaba a cualquiera. El uso de la violencia no ya sólo como defensa, sino como simple instrumento para conseguir placer, o incluso para no caer en el tedio. En Omnívoros sucede una cosa parecida, ¿Hasta dónde seríamos capaces si la ley no estuviera ahí?  La moral está muerta en la película, o mejor dicho, sólo funciona para el pueblo llano, porque hay gente que está por encima de ella.

No mentiríamos por tanto, si aseguramos que Omnívoros tiene una denuncia social detrás de un argumento que combina el gore con el mal gusto llevado al extremo. Es cierto que quizá el objetivo principal del film no es ese (porque tiene esencia de Thriler), pero la crítica va de manera indisoluble al desarrollo de la trama. Todo nos indica a pensar en ello, fijémonos sino en el sistema de restricción que tienen las diferentes reuniones de comida clandestina, en la que sólo unos elegidos pueden optar a semejante invitación, como formando una élite de selectos. Pero sobre todo, en donde más hincapié hace esta postura es en la figura del personaje interpretado por Fernando Albizu. Sin duda, simbolizando el gran poder que es capaz de hacer lo que quiera (como cocinar a personas por simple deleite) sólo por el hecho de poder hacerlo. Es en él donde encontramos la auténtica frialdad del asesino, y no en el torturador físico, el personaje que interpreta Paco Manzanedo y que tan sólo es un títere (en realidad la película parece indicarnos que tiene un severo trastorno mental) en las manos del terror. En este sentido, es desvelador que a mitad de la película se nos revela la identidad del niño que aparece en la secuencia inicial (que necesita recurrir al canibalismo para sobrevivir) después de haber estado jugando a una ambigüedad que tenía al espectador en vilo, pues no sabía que personaje era ahora el niño, si el de Fernando Albizu o el de Paco Manzanedo.

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No es una película que muestre unas secuencias de gore exageradas. Falso. De hecho muchas películas que incluso combinan el humor con el gore están por delante de Omnívoros en contenidos explícitos. Sólo hace falta pensar en Evil Dead 2 de Sam Raimi o incluso rebajando el listón en alguna que otra secuencia de Zombies Party. Sin embargo, el grado de ansiedad por el que pueda pasar el espectador después de ver algunas secuencias del film es indescriptible. Nunca uno se había sentido tan compenetrado con las víctimas (¿será porque podríamos ser nosotros perfectamente?). Nunca se habían mostrado unas torturas de una manera tan brutal. El nivel de sugerencia de la película es tan alto que uno tiene que apartar los ojos de la pantalla en más de una ocasión. Ahí reside en gran parte el mérito del director, Óscar Rojo, que mediante una planificación cuidada de secuencias ha conseguido lo que otros directores no consiguen utilizando litros de hemoglobina. Se dice que los torturadores antes de empezar la tortura mostraban a sus futuras víctimas los instrumentos que iban a utilizar para que no tener ni que empezar a torturar. La simple visión bastaba para que muchos cantaran antes de empezar, y esto es el mismo método que emplea Rojo en su película. Nunca vemos el momento gore o culminante de la vejación, más que en un par de ocasiones, pero primero el director empieza a acompañar las secuencias con una música y una parsimonia de movimientos tan calculada que el efecto es devastador. La violencia no aparece quizá siempre físicamente, pero está siempre en la puesta en escena. Una de las secuencias más terroríficas es precisamente el momento en que los personajes compran en subasta el kilogramo de carne.

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Es cierto que el guión tiene algunos agujeros bastante grandes (de un momento a otro nuestro protagonista se encuentra con la invitación, o el final eficaz pero simplón de la película), algunas interpretaciones que no convencen e incluso algunos errores de director novel, aún a pesar de la madurez de Óscar Rojo, (el abuso de la música o el cierre final abusa de la reiteración y del subrayado, podría haber sido mucho más elegante y sugeridor) pero a Óscar Rojo se le ven grandes maneras. Un diamante al que hay que pulir con un mayor presupuesto en sus futuras obras.

7/10

Kyrios

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