La momia (1959)

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La productora Hammer también realizó sus propios pinitos en el terreno de la Egiptomanía. La momia, del gran Terence Fisher (director de cine, al que la figura de la productora, la Hammer, acostumbra a sobreponerse por encima de la suya) rodada en el 1959 es una de las mejores muestras que nos dio el terror británico de aquellas décadas (50-60).

Pese a que el lenguaje jeroglífico se había descubierto hacía dos siglos (con la empresa del erudito francés Champollion en el 1822), nunca se había visto un auge tan entusiasmado en todos los estratos de la sociedad por la egiptología como el que hubo en los inicios del siglo XX. Como anécdota, el fanatismo por el tema llegó a tales extremos que muchos nobles y duques del momento realizaban lo que se conocía como veladas de momia. Era sencillo, primero se disfrutaba del banquete que ofrecía el comensal para que luego, después del postre, se reunieran todos los invitados para quitar las vendas, poco a poco, de alguna momia fresca conseguida en alguna exploración arqueológica. Hoy en día puede sonar macabro, pero en la época causaba auténtico furor. Y si no, que se lo pregunten al décimo duque de Hamilton, que fue embalsamado como una momia más, y depositado en un sarcófago inspirado en formas del antiguo Egipto.

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El punto culminante, seguramente fue el descubrimiento de la momia de Tutankamón por parte de Howard Carter, en el año 1922. La prensa sensacionalista del momento, aprovechó alguna que otra muerte para crear un leyenda oscura sobre una maldición, que se encargaba de aniquilar uno por a uno a todos los que había cometido el sacrilegio de haber profanado el descanso eterno del faraón. La maldición no debió de ser muy efectiva, porque Howard Carter, el hombre que más se había implicado en el proyecto, murió en el año 1939, pero a los periodistas de la época poco les importó (pues también relacionaron la muerte de Carter con la maldición), ya saben aquella máxima que se estila en el periodismo de no dejar nunca que la verdad estropee una buen titular.

El caso es que el tema estaba muy candente y el cine, como buena herramienta que documenta el movimiento cultural del momento, fue utilizado para transmitir los nuevos miedos que prometía tan jugoso tema. Ya, antes del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, el prestigioso director alemán, Ernst Lubitsch, había realizado una más que curiosa película que trataba el tema de las maldiciones, en el 1918, en Alemania, antes de que el director tuviera que exiliarse por temas políticos.

Pero la película que marco un antes y un después en el tema del Antiguo Egipto fue una película producida por la Universal, titulada elocuentemente como La momia y rodada en el 1932. Otra vez era un alemán el que estaba detrás de la película, y se trataba de Karl Freund, director de fotografía de la película Metrópolis y que marcho a Estados Unidos después de haberse labrado un gran respeto profesional. La universal, productora que se especializaría en los años treinta por prestar apoyo al género de terror con grandes resultados tanto artísticos como comerciales, apoyaba así una película que marcaría un antes y un después en el mundo de las momias vivientes. La película sigue gustando hoy en día y cuenta con una gran interpretación de Boris Karloff, uno de los actores más famosos del género de terror, más por el papel mítico que realizó en Frankenstein de James Whale, que por el de la momia.

El caso es que la productora británica Hammer también se embarcó en los proyectos ultra terrenales del antiguo Egipto. La obra se titula también La Momia y fue dirigida por Terence Fisher, uno de los maestros del terror que destacó en aquellos momentos. La momia de Fisher recoge de manera diluidla la maldición de Carter para elaborar una película que sentó las bases del mitología popular. De hecho, podemos ver más de una coincidencia argumental entre la película de Fisher y la que seguramente el espectador más joven asocie cuando hablemos de momias y películas, la cinta de Stephen Sommers, titulada también como La momia (parece que los productores se bastan con el nombre para el reclamo) del año 1999.

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En todo caso la película de Fisher sigue en la estela de su magnífica Drácula. El director, a diferencia de otros films abigarrados del género, prefiere optar por reducir personajes (a duras penas podemos destacar secundarios y los principales no pasan de cinco) y  por un desarrollo del guión que casi podríamos calificar como minimalista, en que nuestra momia llega incluso al cuerpo a cuerpo con el protagonista de la película, interpretado por el excelente actor Peter Cushing. La película sabe explotar todos sus recursos, y de un grano de arena es capaz de realizar un montón. Literalmente hablando, fijémonos sino en la primera secuencia de la película, que nos ambienta el film en el desierto y que pese a que consigue dar el pego perfectamente (a menos que uno se fije detenidamente) está realizada en interiores montados.

Película seria, con algunos toques de licencia (muy pocos ciertamente). La sobriedad formal de Fisher hace que la película vaya en aumento paulatinamente y nunca pegando acelerones bruscos. Para hacer más empática la historia al espectador, el director nos muestra un flashback ubicado en el antiguo Egipto, con el que Fisher se permite llenar a los espectadores de fantasía e imaginación. Es cierto que visto con  ojos de hoy día el desfile de personajes del antiguo Egipto, pueda parecer falso e incluso de cartón piedra, pero por culpa de esta misma visión, Terence Fisher, un director más que interesante, ha quedado en el ostracismo. Que la película no cause miedo hoy en día es normal y no es legítimo atacar la película por este motivo. De todas maneras es una secuencia que realiza Fisher para romper con el formalismo de la época victoriana en la que ambienta el eje principal de la película.

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Christopher Lee no puede repetir la magistral interpretación que realiza con el mismo director en la película de Drácula. No por incapacidad propia, sino por el absurdo hecho de que la Momia va totalmente vendada y pese a que en los títulos de crédito vemos el nombre de Lee como actor, el papel requiere tan poca cosa que podría haberlo hecho cualquier otra persona del mundo. El actor sólo aparece en algún que otro flashback ya comentado, pero no es un papel de lucimiento. La sorpresa en el sentido interpretativo, la da George Pastell, en el papel de egipcio conocedor de los secretos arcanos, y  dominador del monstruo mediante el uso de la magia. Precisamente una de las mejores secuencias de la película la protagonizan él y Peter Cushing, en un debate acalorado en la que incluso se mencionan debates tan interesantes como el expolio británico de obras de arte, que realizó el British Museum en su época (coetánea a la de la película).

La momia como ser, es un personaje que cumple aunque le falta un toque mágico. Que se comporte como un pelele en manos de George Pastell en gran parte del metraje decepciona bastante, y tampoco el guión ofrece una gran descripción psicológica del personaje (directamente no hay), sino que simplemente intenta asustar al público por su estética y sus violentas acciones.

6/10

Kyrios

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