La colina de los Diablos de Acero

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Sí la guerra del Vietnam y la segunda guerra mundial han sido contiendas altamente tratadas en el cine norteamericano, no se puede decir lo mismo de la guerra de Corea, un conflicto que duró tres años (1950-1953) y del que aún percibimos sus consecuencias. Seguramente la trascendencia social del conflicto no fuera tan amplia como la de las dos otras contiendas como para que el cine se involucrara en mayor medida.

Una de estas películas que se acerca al conflicto es La colina de los diablos de Acero, un título poético el que cogió la traducción al español, pues realmente se habría de traducir como Hombres en guerra (Men in War, es su título original). La película fue realizada sólo cuatro años después del acabamiento de la contienda, en el 1957, y hay que decir que es una de las mejores aproximaciones que existen sobre este triste episodio. El hombre encargado de dirigir la película es ni más ni menos que Anthony Mann, que pese a que la historiografía lo conoce casi específicamente por sus Westerns, tuvo alguna que otra incursión en el cine bélico, como esta película, así como al cine de Péplum e histórico, con una película sobre la figura mítica del Cid Campeador (El cid, 1961) y sobre el mundo romano (La caída del imperio Romano 1964).

Como ya nos anuncia un pequeño rótulo antes de que empiece la película (Cuéntame la historia de un simple soldado y os contaré la historia de todas las guerras) no nos encontramos ante la presentación de grandes batallas donde intervienen miles de extras, sino que al igual que su antecesora, Objetivo Birmania de Raoul Walsh (dirigida en el año 1945) la película se centra en la historia de un pequeño escuadrón, que se encuentra rodeado en territorio enemigo. Diversas frases y diálogos de la película hacen referencia a esta concepción de la guerra, en la que es el hombre de a Pie el que carga con todo el peso de la guerra. Es significativa una secuencia en la que una vez demostrada la brutalidad del personaje interpretado por Aldo Ryan, el teniente que encarna Robert Ryan pronuncia una frase sintomática sobre el discurso de la guerra- Si son estos los hombres que tienen que ganar la guerra…

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La historia, pese a que está basada en una novela (seguramente con intenciones comerciales) es la historia de todas las guerras. Podríamos cambiar el paisaje así como sus enemigos, que la película seguiría funcionando igual. Se presenta el conflicto bélico como un enfrentamiento absurdo entre seres humanos, en que siempre tiende a vencer el menos civilizado, pues la guerra construye hombres a su medida, que luchan de manera salvaje por la supervivencia (para ello el guión se sirve del personaje de Aldo Ryan, un hombre que antes de morir mata primero con tal de sobrevivir).

Es cierto que la película no es una crítica abierta hacia el gobierno norteamericano y sus decisiones políticas, pero hemos de tener en cuenta que aún era demasiado pronto como para que empezará a surgir películas así, además de que si encontramos ciertos aspectos que la diferencian mucho de otros filmes propagandísticos que se realizaban por la época y que siguen con vigencia hoy en día. Más que un apoyo a los soldados, se trata de un homenaje hacia la gran cantidad de cadáveres que dejo la guerra, haciendo hincapié obviamente en los muertos norteamericanos, pero con alguna reflexión sobre las víctimas coreanas. Más que una radiografía sobre la contienda o un análisis patriótico, la película se centra en demostrar las relaciones humanas, así como prestar una atención especial al agotamiento mental y físico que supone la guerra. En este sentido es muy eficaz la degradación del coronel interpretado por Robert Ryan, que acaba en un pesimismo tremendo pese a que siempre se ha mantenido firme ante sus hombres.

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Pero no es el guión el que hace que la película marque las diferencias (en este sentido no se aleja mucho de un ir pasando pruebas cada vez más arriesgadas), sino que lo hace el director de la película, Anthony Mann. Sólo hay que observar la primera escena de la película, donde se nos muestra un batallón tumbado ante el sol, mientras la cámara se va deslizando y mostrándonos a los integrantes del grupo. De fondo escuchamos al operador de telecomunicaciones intentando establecer conexión con la operación de rescate, y mediante el juego de luces el espectador puede entrever la densa temperatura de la colina. En estos primeros compases se demuestra además una gran utilización de un montaje muy inteligente que dinamiza las acciones cuando es necesario (hay una secuencia en que en apenas dos segundos se cambia rápidamente de planos para mostrarnos como se disponen los soldados en el terreno de batalla) y la huella del director se podrá comprobar en diversas ocasiones a lo largo del metraje. Quizá el final es demasiado excesivo, con un juego pirotécnico que le pasa cierta factura a la película por ir a contracorriente las acciones individuales y de tensión mostradas hasta el momento.

7/10

Kyrios

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