Al Borde del peligro

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Otto Preminger es conocido en la historia del cine por su magnífica película Laura, rodada en el 1944. Sin embargo, el director de origen Alemán no se quedo estancado, y en estos últimos años su figura ha sido dignificada como merece, y es que además de rodar una obra maestra del cine negro como la ya citada, en su haber encontramos también películas como Anatomía de un Asesinato (1959) o la que nos ocupa a continuación, rodada nueve años antes, Al borde del peligro.Es cierto que la película tiene muchas relaciones con Laura, pero no debe verse al borde del peligro, como un simple apéndice de aquella película, sino que la obra mantiene una propia singularidad que la hace brillar como una de las películas más originales del cine negro, así como una de las más minusvaloradas.

Y es que tipos duros en el cine negro ha habido siempre, y forman una constante inevitable de aquel cine, pero el argumento de la película de Preminger nos propone cambios y diferencias que valen la pena remarcar. Nuestro protagonista principal es un policía, pero no uno cualquiera, sino un tipo muy personal, interpretado por Dana Andrews (al igual que en Laura, Preminger repite su pareja protagonista, con Gene Tierney y Dana Andrews). Dana Andrews nos recuerda en su interpretación a personajes que se tratarían con muchos años de posterioridad en el cine, como Harry el sucio de Don Siegel y en las sagas posteriores de dicho policía, que interpretaba de manera mítica Clint Eastwood. Y es que la justicia que propone el film es un tema controvertido, y se muestra un mundo donde muchas veces esta fracasa por la incompetencia de unos policías que deben tener cuidado con la ley, respetando de manera ciega los largos procesos que esta tiene. Dana Andrews representa precisamente un hombre que se deja llevar totalmente por su ira, y que no tiene reparos en quebrantar la ley si de esta manera es capaz de cumplir su propio precepto de justicia. Así pues, a diferencia de otros personajes principales que si es cierto que se pasan de duros (sólo tenemos que recordar los papeles de Humphrey Bogart) nos encontramos con un protagonista que directamente la incumple. De hecho, el eje motor de la película es precisamente un ocultamiento de asesinato (involuntario) que nuestro personaje comete.

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En esta ambigüedad moral es donde reside realmente todo el valor de la película. Las líneas de la maldad y de la moral quedan diluidas en una película que utiliza de manera muy inteligente sus recursos y sus personajes. El espectador no sabe exactamente qué actitud tomar ante su personaje protagonista, porque si por una parte siente compasión por él (en la parte final de la película se revela que su padre trabajó para el asesino que intenta encarcelar constantemente, con lo que finalmente llegamos a entender la manía y la obsesión que siente) y sentimos pena por un hombre que se siente sólo y en cierta medida maltratado por la vida, también nos repelen sus formas y su actitud violenta hacia los criminales.

Es más que significativo el final, que pone broche al discurso que la película ha ido generando durante todo su metraje. Dana Andrews tiene la oportunidad de cargarle el muerto a un criminal, con lo que la historia acabaría y su acto no pasaría a la luz. En ese momento la cámara casi congela su rostro y el espectador llega a ver todo lo que está pasando por su cabeza en esos precisos momentos. También el espectador sufre con él, porque no sé decide al igual que nuestro protagonista si por decir la verdad o callarse la mentira. Al igual que una de las secuencias de la célebre película del Violinista en el tejado (1971), el rostro de nuestro protagonista se queda absolutamente congelado, en espera de una respuesta.

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Por supuesto, la pareja de actores cumple de manera sobrada el papel. Sí Dana Andrews representa el papel de personaje humillado y cerrando en sí mismo por todas las heridas que le ha causado la vida, el papel de Gene Tierney representa justamente el contrario, ofreciendo una cara amable que sirve como contrapunto, no sólo ya para el sustento sentimental de Dana Andrews, sino también como contrapunto a la película.

Preminger realiza además una dirección que resulta muy eficiente. Para la memoria quedarán los contraplanos muy agresivos con los que decide rodar muchas de las conversaciones a rojo vivo entre el propio sector de la policía, así como uno de los pocos claroscuros que muestra la película, en el momento en que uno de los sospechosos es detenido y se presenta su interrogación. La cámara encuadra magistralmente a la cabeza de los dos personajes en un rango de jerarquización (la cabeza del policía por delante) mientras la oscuridad rodea parte de sus caras.

Al borde del abismo es una película muy singular. Se aleja de los estereotipos en muchos momentos para formar una película que tiene una idiosincrasia muy personal y que la aleja de otras películas del cine negro.

8/10

Kyrios

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