Holy Motors

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Léos Carax bien se tomó su tiempo para dinamitar el cine de nuevo. Y es que el director francés, después de rodar su última cinta, bien se tomó su tiempo para volver a hacer algo con lo que estar conforme. De hecho, Carax no ha rodado nada en solitario desde el año 1999. Mucho ha llovido desde entonces, sí, pero el cineasta francés ha vuelto. Y de qué manera, sorprendiendo a todos el año pasado.

Hablar de la historia sin descubrir spoilers es muy, pero muy difícil. Sin embargo, es interesante que Carax tome un asunto tan extraño de hablar como el mundo de la interpretación. Y lo toma al mando de su estrella número 1, Denis Lavant, quien hace una actuación impecable y tan surrealista como el guión en sí mismo.

En Holy Motors todo parece completamente separado. Los personajes no tienen nada que ver entre sí, las historias tampoco e incluso a veces ni los géneros. Sin embargo, hay un hilo conductor: ese taxi que conduce su asistente Elise y que es el imaginario que sirve de salida a un mundo y de entrada a otro.

Méritos aparte de Lavant están los de Carax. La fotografía de Yves Cape es brutal, con planos tan extraños como oníricos. Si a eso le unimos el uso de géneros como el del musical, el thriller, el cine negro, el humor negro o el drama tenemos una historia perfecta. Ese quizás es el mérito del director francés, considerado heredero de la “Nouvelle Vague”: lo mezcla todo en historias cortas, y, aún así, al final conseguimos integrarnos en cada una de ellas.

Sin embargo, hay que hacer una recomendación antes de empezar. Holy Motors es al 2012 lo que Inland Empire de David Lynch en 2007. De hecho, es una abstracción pura y dura, pero consciente: poco a poco, y con una estructura narrativa inexistente (y eso no impide una gran historia), Carax nos introduce en el mundo de Messieur Oscar, un personaje del cual, justo cuando creemos saberlo todo, nos descoloca de nuevo. Son las preguntas que nos hacemos sobre él y su mundo las que mueven al espectador en el transcurso de la película.

Los únicos fallos que tiene la película es su irregularidad en las historias. Hay partes que enganchan mucho, y otras que son más flojas. De hecho, Lavant sostiene muy bien la película hasta la mitad, que es donde el guión va mejorando hasta un final que, a mí, me dejó descolocado e incluso algo decepcionado. Pero es así Carax: o lo tomas o lo dejas, es su mundo y el espectador se fastidia si no le gusta.

La película, en definitiva, es una sorpresa en el séptimo arte. La magia que desprende es inusual en el cine de hoy en día. Por eso, como dijo una vez Vertov, y como dice uno de los personajes de Holy Motors: “la belleza está en el ojo de quien mira”. Pero Oscar es quien nos responde, y nos pregunta qué ocurre cuando no hay nadie que mire. Señoras, señores, esto es (de) lo que el director habla: arte por sí mismo.

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