La vida de Adele

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Palma de Oro en Cannes. Últimamente, el reconocimiento europeo viene de ahí, y nos olvidamos de que los productos europeos que aparecen alrededor también deberían verse más a menudo. Sin embargo, los dos últimos años han hecho acto de presencia historias que pueden quedarse entre las mejores de la década. Es el caso, por supuesto, de La Vida de Adele-Capítulos 1 y 2 del director tunecino Abdellatif Kekiche.

El director de Cuscús tomó como punto de partida la novela gráfica El azul es el color más cálido de Julie Maroh. Pero el tunecino fue muy suyo. No cogió la novela gráfica, sino que tomó su fondo y las historias más interesantes para arrastrarla al terreno donde quería pactar con el espectador. Él nos quería preguntar: ¿Recordáis a vuestro primer gran amor? ¿Recordáis aquellos momentos tan dulces?

La verdad es que el tema se nota en todo momento. La película es emocional a más no poder. Kekiche toma tres cuartas partes de la película en planos muy cerrados, atendiendo siempre a las emociones del rostro, a las emociones, al mundo de lo visceral, sensual y sexual. Para eso debía apoyarse en las interpretaciones de Léa Seydoux y Adéle Exarchopoulos, las cuales sacan la mejor interpretación de su carrera. No es para menos: Kekiche las exprimió hasta tal punto que a la buena de Adèle le salieron cayos de tanto interpretar. La prueba está en las manos de Adèle en las escenas de la escuela.

A una interpretación excelente se suma un gusto musical excelente de Kekiche (no hay ninguna canción francesa, curiosamente) y una fotografía magnífica, como sacada de muchos cuadros. Se nota que a Sofian El Fani (la directora de fotografía) y al director tunecino les fascina el arte, porque cada plano, incluso el más erótico, va acompañado de una atmosfera completamente artística. Es arte en movimiento, incluso cuando vemos el origen del mundo de Adèle varias veces.

La película, en cuanto a historia, se divide en dos mitades. En la primera vemos a Adèle perdida en un mar de identidad sexual desde que se encuentra a Emma por casualidad hasta que, tiempo después, acaba conociéndola en una discoteca para lesbianas. A partir de ahí la historia entre las dos desprende lo típico de un amor juvenil: hay mucha sexualidad, pero también mucha ternura y ganas de corresponder de lleno a la otra persona.

Lo interesante, sin embargo, se produce poco después, cuando el amor entre el dúo va disminuyendo a lo largo del relato. Ese auge y luego ese descenso paulatino, donde estalla todo en una secuencia fascinante. Ahí es cuando Kekiche saca todo su arte: si la primera parte es belleza y tensión por ese encuentro, en la segunda parte el espectador se tensa ante el miedo de una posible caída. Y es interesante, porque esa es la verdad de un primer amor: nace, crece, se mantiene y cae, y el cineasta tunecino y Adèle nos muestran todo su proceso de una forma muy lírica.

También llama mucho la atención como hace de una pareja lesbiana un universo completamente universal: cualquiera puede identificarse con esa historia y recordar esos momentos, esa identificación con las fases de los personajes. Un punto positivo, pues, es esa verosimilitud que sentimos al ver la historia. Y claro, si el guión, la historia, los intérpretes y el director rayan el excelente es imposible que la historia falle.

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3 Responses to La vida de Adele

  1. karma says:

    Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance. Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica. El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers. Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo. En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar. ¿Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada? Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo). De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes… Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino y heterosexual (qué sorpresa) que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales son y deben ser aquellas que despiertan los deseos de este público en particular. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más. Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

  2. karma says:

    Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”. Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por sí mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto. Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual. Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto. Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)… Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”. El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima.

  3. carlosmpe says:

    Uy, ¡cuánto tiempo que no escribo aquí y me encuentro esto! Sin duda, karma, me ha alegrado el día.

    Voy a serte sincero: a mí el sexo sí me sirvió como reclamo, pero creo que, un año después de verla (o más) se notan las costuras. Kekiche creo que se pasó de hiperrealismo y ofreció una parte muy sucia respecto al resto. Me resulta interesante sobre todo la primera parte: el cómo se conocen y enamoran, y esa conexión que tienen hasta el primer beso. Habría sido interesante haber hecho todas escenas de sexo en elipsis o de forma más breve. En cuanto a la novela, no la he leído y creo que lo haré un día, porque creo que el tema más allá de si es lésbica o no me atrae (si tiene toda esa atmosfera del primer amor y demás, a eso me refiero).

    Y aún así, creéme que seguiría poniéndola como la mejor de aquel año (quitando el sexo) sobre todo por lo que transmite en esa primera parte (la parte final de la segunda, con todo ese via crucis de Adele, me parece lo más flojo).

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