Dillinger (1945)

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John Dilinger es seguramente una de las figuras más emblemáticas de la cultura popular norteamericana. Uno de aquellos mitos que se configuraron en Estados Unidos en los años treinta y que tanta popularidad lograron. Junto a la pareja Bonnie and Clyde, seguramente sea uno de los atracadores de banco más famosos del mundo.

El caso es que su figura encaja perfectamente como un ser fácilmente representable en el cine. No es por casualidad que hayan sido múltiples las películas que han intentado aprovechar el tirón popular de la figura para recrear su vida y su leyenda. Incluso hoy en día, tantos años después de la muerte del atracador, podemos comprobar cómo el mito sigue generando interés, y películas como Enemigos públicos (2009), del prestigioso realizador Michael Mann siguen mitificando la figura. Pero también podemos citar otras películas como Dillinger y Capone (1995; una película en la que representa que Dillinger no ha muerto y se une al célebre mafioso Al Capone), Dillinger (1973) de John  Milius o Dillinger ha muerto (1968) del italiano Marco Ferreri .

También es cierto que cada época lo retrata de acuerdo con sus propias necesidades sociales y económicas. Enemigos públicos, al ser una película tan lejana en el tiempo con la figura, realiza una aproximación al mito mucho más intimista, llegando incluso a que el espectador simpatizará con el personaje de Dillinger, que tan bien interpretaba Johny Deep.

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Al contrario de esta visión más romántica e idealizada (que proporciona el paso del tiempo) podemos situar Dilinger (1945), una película que dirige el alemán Max Nosseck y que nos ofrece una visión bastante más dura (y también hay que decir que más plana) del criminal. Es cierto que apenas habían pasado una década del asesinato de Dilinger y sus delitos eran mucho más recientes, pero también es verdad que dentro del cine negro, muchas veces se llega a idealizar o modelar la figura del gánster, mientras que la película de Nosseck tiene esta tendencia a intentar educar al espectador, ofreciéndole una historia moralizante de lo que sucede a la mayoría de criminales que se adentran en la peligrosa vía del crimen.

Esta tendencia autoritaria también la vemos en la introducción de la película, que por otra parte es una de las pocas secuencias que resultan de más interés en la película. En ella se recrea un interesante juego metacinematográfico, en la que el espectador de la película (nosotros) observa una representación de una proyección en una sala de cine (con público) en la que se recrea un pequeño resumen de la vida criminal de Dillinger. Después aparece un actor que supuestamente interpreta al padre del propio Dillinger y que nos advierte de su figura además de introducirnos en la historia.

Y el final, obviamente, también hace referencia a un juego del cine dentro del propio Cine. Y es que a Dillinger lo acribillaron a balazos al salir de la propia sala de cine. Antes del asesinato, vemos al propio Dillinger deleitarse antes las películas que se llegaron a proyectar y que precisamente pertenecían al género del cine negro.

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La película es una obra bastante llana, y que desde luego no se encuadra como una de las mejores películas del cine negro. La estructura narrativa de la película es demasiado simple, construida únicamente como un recopilatorio de imágenes de los diversos atracos en los que participan Dillinger y su banda, sin ningún interés más. El personaje principal de Dillinger, está construido de una manera muy simple y no hay apenas una profundización intensa del personaje. Simplemente se lo representa como un simple matón sin personalidad, que simplemente se sirve de su fuerza para conseguir sus objetivos.

Poco tiene que hacer ante esta simplifación el magistral actor que interpreta a Dilinger, Lawrence Tierney, que volvería a colaborar con el director Max Nosseck, en otro papel criminal principal en la película El gángster, realizada en el 1951. La carrera de Tierney ha sido cuanto menos curiosa, con interpretaciones en películas como Reservoir Dogs (1992) o Ángeles sin paraíso (1963).

Como decepción en la película podemos hablar de la banda sonora que ofrece Dimitri Tiomkin, que pese a ser una de las figuras más importantes como compositor de música de las películas clásicas del cine dorado de Hollywood. En Dillinger ofrece una partitura más bien plana y de la que el director además no sabe aprovechar correctamente, por repetirla reiteradamente en todas las escenas de transición (que no son pocas) que ofrece la película.

5/10

Kyrios

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