El Vagón de la muerte

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Poco se podía esperar de semejante título, el vagón de la muerte, pero la película realizada por el director japonés Ryuhei Kitamura en el 2008, eso sí con producción estadounidense (como muchos otros directores japoneses que después de realizar alguna que otra película de terror en su país natal, encontraron un hueco en los Estados Unidos), resulta aún más decepcionante de lo esperado, ofreciendo una película de terror que combina el miedo con el gore más chusco.

Ya el guión puede resultarnos totalmente inverosímil, y a la película poco le importa el tratamiento  de este aspecto. Pero a cualquier espectador normal y corriente no se le escapa que la película tiene un desarrollo totalmente absurdo. ¿Cómo puede ser que en el metro de una ciudad importante un asesino descuartice a sus víctimas sin que nadie se dé cuenta?¿ a cuántos desaparecidos se han cargado en tanto tiempo? La película tratará de defender semejante tesis con argumentos totalmente absurdos, incluyendo una conspiparanoia que no se puede aguantar bajo ningún argumento racional. Y es una pena, porque con un guión mucho menos pretencioso (que no tendría porque alejarse del ambiente suburbano del metro, pero sí de semejante argumento) y con semejantes dupla protagonista (Bradley Cooper y Vinnie Jones), se podría haber realizado una película de mucho más calado.

Película plana, que además se sirve de una estética fría (dominan las gamas cromáticas de grises y azules) que parece imperar en estas películas de producciones menores del género de terror. Es cierto que seguramente el metro sea un lugar al que los directores puedan ambientar como una ubicación fría y desangelada, pero otra muy diferente es la indiferencia a la que se llega en gran parte del metraje.

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Dicho el defecto principal de la película (la absurdez bajo la que se presenta todo el argumento de la película) la película sigue adoleciendo de errores que parecen cometidos por un director principiante. A Kitamura le puede el morbo, y en muchas de sus escenas nos ofrece una composición que adolecen absolutamente de coherencia. Para tratar de asustar al espectador y que se integre en la tensión de la película, el director realiza algunas chapuzas que lejos de crear miedo lo único que hacen es bajar enteros el nivel de la película.

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Los efectos tridimensionales con los que crea las secuencias del metro (las visiones oníricas que padece el personaje de Cooper) parecen hechos con un presupuesto paupérrimo y lo único que consiguen es demostrar las costuras de la producción. Cuando a nuestro personaje psicótico le da por asesinar a sus infelices víctimas en el vagón de metro, Kitamura opta por desviarse  de filmar las secuencias de acción de una manera tradicional, y en su pos de innovación, logra cometer algunas escenas que podríamos calificar de pecados cinematográficos. Los planos subjetivos que parecen sacados de un videojuego (se le añaden efectos especiales) no ayudan al film, como tampoco lo hacen las secuencias que parecen abusar de un efecto de tres dimensiones (con escenas arquetípicas de órganos vitales de las víctimas que salpican de manera reiterada la pantalla). No se sabe muy bien si las intenciones de Kitamura eran el humor o incluso un juego ambivalente entre el gore, el terror y la comedia (es cierto que el comentario de uno de los personajes que alude al aspecto Forrestgumpiano de Vinnie Jones es realmente jocoso) pero si se sabe que el resultado final es un cóctel bastante indigesto en el que a veces la indiferencia se apodera del espectador, y pese a las agresivas imágenes de tortura que aparecen en la pantalla, en muchas ocasiones ni crean pavor ni tan siquiera asco, simplemente uno las observa con el mismo tono frío e indiferente con el que acompaña muchas veces el tono de la película.

Cooper y Vinnie Jones forman la dupla protagonista, y hay que decir que representan los más claros señuelos de la película. Vinnie Jones, ex futbolista, atraído en el mundo el cine por el director Guy Ritchie, ofrece su visión más tópica en la película, la visión que a la postre le ha otorgado su éxito en el cine, como un matón frío e impasible que parece sacado del mismísimo infierno. Jones cumple evidentemente, en parte porque su personaje era el más suculento del reparto, y en parte porque está claro que su personaje le viene como anillo al dedo. Cooper tampoco tiene un gran papel de lucimiento, pero consigue mostrarnos un buen nivel, si exceptuamos las secuencias dramáticas en las que debe desenvolverse con su pareja, interpretada por Leslie Ribb.

3/10

Kyrios

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