Frankenstein y el monstruo del infierno (1974)

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Frankenstein y el monstruo del infierno es la última película que dirigió el director británico Terence Fisher, así como una de las últimas obras producidas en la etapa clásica por la compañía Hammer, especializada en el mundo del terror.

El nombre tan estrambótico de la película, ya nos habla de la importancia tan carismática de la que ha gozado el relato de Mary Shelley en el cine. Y es que la figura del Prometeo moderno, ya fue explorada por el primer cine, y clásicas son las exploraciones que realizó la  productora norteamericana Universal  (aunque anteriormente,en el 1910 ya encontramos una primera adaptación, realizada por J. Searle Dawley) sobre el monstruo de Frankenstein, con Boris Karloff como principal responsable de la mayoría de interpretaciones. Esta fama y éxito de la que gozó el monstruo se desarrolló también en multitud de secuelas, que explotaban la figura del monstruo sin que el argumento fuera realmente de importancia, sino como un simple escaparate de maldad. Tenemos películas casi bizarras como la zíngara y los monstruos (donde se juntan más de una figura del horror en un más que particular cóctel) del año 1944 o de un año antes, Frankenstein y el hombre lobo (no hace falta especificar el argumento de la película). Esta vorágine de títulos también siguió durante los años cincuenta, y en especial por Terence Fisher, el director que magnificó de mejor manera el mito de Frankenstein. Y al igual que había sucedido con la película original (la primera película de Fisher sobre la obra creada por Shelley la tenemos en el 1957, un año antes de que el director recuperara otra figura clásica como la de Drácula) el propio Fisher explotó el mito en más de una ocasión. Así podemos encontrar obras como: La venganza de Frankenstein (1958), Frankeinsten de Creo a la mujer (1967), el cerebro de Frankenstein (1969), y la película que nos ocupa, Frankenstein y el monstruo del infierno (1974).

El argumento de su última película pues, debía estar más que trillado, por el simple hecho de que pocas ideas había ya que el director pudiera explotar. Así la película nos presenta un argumento cuanto menos especial, en el que el doctor Frankenstein finge su propia muerte en un manicomio, de donde realmente es el organizador de este, y donde viene a parar un ambicioso joven, que reactivará la creatividad del doctor.

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La película tiene una singularidad  notable, y es que estamos ante una película de Frankenstein en la que el propio monstruo no aparece como tal, o si aceptamos que aparece, convendremos en que lo hace en su forma más corriente o habitual. Olvidemos pues la imagen tradicional de costuras y tornillos, porque el único ser creado que aparece en la película es un diseño terrorífico que poco tiene que ver con aquel monstruo que nos entregaba la película de James Whale.

Lo que muestra la última película de Fisher es que los años de gloria habían pasado hace ya tiempo. La película está realizada en unos ya avanzados setenta, y el director parece no sentirse totalmente confortable en este ambiente nuevo. Trata de adaptarse, pero lo hace de una manera bastante simplona y perdiendo bastante de su propia esencia. En este sentido la violencia alcanza límites insospechados para un director como Fisher (que siempre se había dedicado a sugerir antes que a mostrar), y estamos ante una de las películas más sangrientas de la Hammer. Pero el propio director no sabe muy bien cómo colocar estas escenas de violencia explícita en el metraje. En algunos momentos del film (en sus escenas de cirugía) la película parece tiene momentos totalmente impostados, y que simplemente se recrean en la tortura y en el mal gusto porque así lo dictan las órdenes. Sí, es cierto que Fisher nos consigue incomodarnos en el asiento, haciendo que el espectador trate de no ver ciertas secuencias, o convulsionándole en su butaca, pero a costa de un precio bastante alto, y es la propia alma de la película.

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Por otra parte, el guión de la película sólo consigue triunfar en los momentos en los que la pareja interpretativa masculina realiza sus disertaciones acerca del monstruo que están creando, y que a la postre nos hablan de la ética que se desarrolla detrás del mito. Fisher conoce el alma del monstruo, y no lo utiliza como monstruo de feria, no como muchos otros directores que únicamente trataban de asustar al espectador mediante la deformación monstruosa del personaje, sino que nos muestra el desarrollo moral de esta creación en algunos aspectos. Pese a todo, a Fisher le cuesta desarrollar este mensaje mediante el uso de un lenguaje visual, y por ello debe recurrir a multitud de cháchara literaria que se queda un tanto hueca. Aún todo, la película tiene algún diseño visual muy interesante, como la primera secuencia en la que el personaje interpretado por Shane Brian entra en el manicomio, y Fisher nos introduce una galería de insanos que tiene muchas semejanzas con el cine de Tod Browning y su galería de Freaks.

Trío interpretativo de lujo, con unos magníficos Peter Cushing, Shane Brian y Madeline Smith, que consiguen crear un casting de lujo para una película irregular pero siempre recomendable al tratarse de obra de Terence Fisher.

5/10

Kyrios

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