¡Quiero Vivir!

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Aún hoy en día se discute la culpabilidad o no de Barbara Graham, en un asesinato por el cual la mujer fue condenada a la pena máxima, que llegó a cumplir, en el 1955. El caso es que el director norteamericano Robert Wise se sirvió de tan popular caso, que tuvo una repercusión mediática enorme (la morbosidad del periodismo también aparece atacada en la película), para trasladar la historia a la gran pantalla, sólo tres años más tarde de la ejecución. Desgraciadamente a Wise le tiembla el pulso, y pese a que elabora una interesante película, la obra se centra más en su panfletaria visión contraria a la pena de muerte antes que desarrollar su vena dramática, pese a que en los momentos que lo hace, la película brilla con personalidad.

De hecho el propio Wise ya inicia la película afirmando mediante un rótulo que  la historia es totalmente real, y también  cierra de esta misma manera la película. Aunque cierto del todo no es, porque aún a día de hoy el caso no ha sido esclarecido. Digamos que Wise realiza ficción para seguir manteniendo las prioridades su objetivo principal. De hecho, el tono principal de cine negro, poco tiene que ver con el que domina mayoritariamente la película. En los primeros compases de la obra, el jazz más sensual y descarado hace su presencia, al igual que la magnífica actriz Susan Hayward (no en vano ganó al Oscar por su interpretación en esta película) con un claro paralelismo que realiza Wise entre la música licenciosa del Jazz y el de la protagonista. Pero, pese a las calidades totalmente amorales que demuestra nuestra protagonista, ¿Sería capaz de realizar un asesinato? Esta pregunta es la que el film trata de desarrollar a lo largo de la película. Wise descuida bastante la primera mitad del metraje, y no es extraño encontrar errores de montaje en el que los personajes aparecen y desaparecen cual vodevil teatral.

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En cuanto la protagonista principal es capturada, el cine negro desaparece totalmente para que aparezca a función el drama carcelario, donde la amplitud de la película queda patente cuando se conoce la pena a muerte por la que es condenada la protagonista. El problema es que Wise se pierde ante su discurso que pese a lo elogiable que resulta (avanzado para su tiempo), deja a la película un tanto coja. Lo que se impone sobre todo no son las argucias con las que intentan derribar judicialmente a la protagonista, sino la personalidad y su voluntad de vivir, que son las que dan cuerpo  y alma a la película. Susan Hayward es capaz de elaborar una gran riqueza de contrastes, controlando un personaje que se mueve entre la amabilidad, el desenfreno total, el mal humor pero que ante todo, y cómo acabará exclamando finalmente, lo que quiere es simplemente vivir. Merecidísimo el oscar que consiguió Hayward por su interpretación. Pese a que la actriz murió relativamente joven, para siempre nos quedarán sus gestos de desesperación con los que fue captar los horribles pensamientos que suceden en la mente de un condenado a muete. Ni Daniel Brühl (en Salvador 2006), ni Sean Penn (en pena de muerte 1995) han llegado a un nivel tan estremecedor con el que nos ofrece la protagonista de ¡Quiero Vivir!.de Robert Wise.

Sin duda, aparte de la magistral interpretación de Hayward, una de las mejores bazas de la película es el ataque frontal que realiza Wise sobre el sistema judicial podrido de los Estados Unidos. Es cierto que millares de películas ya nos han hablado sobre la justicia norteamericana, pero pocas tocan el tema de la manera como lo aborda Wise en la película, dejando al descubierto muchas de sus fracturas. Y es que no es sólo que ningún abogado quiera defender a la acusada (por miedo a que se la relacione con un caso que parece perdido de antemano) sino que incluso la policía llega a inmiscuirse directamente en el proceso, mediante la colocación de una trampa que demuestra la poca ética de la supuesta justicia.

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A destacar la magnífica secuencia final, con la que Wise cierra su ataque a las consciencias que aún abogan por la condena capital. Todo, mediante el silencio más sepulcral y la unión de la cotidianeidad con la que se opera la muerte. Mientras la muchacha avanza despavorida, con los ojos vendados por no querer ver la prensa que la ha condenado, el director nos muestra la profesionalidad con la que algunos trabajan con la muerte (como un negocio más, Wise se centra en los elementos técnicos y mecánicos que no hacen más que aumentar la desesperación). Delante de tan dantesco espectáculo, una multitud llena de fantasmas que no es capaz de moverse por tratar de salvarla. Después de este silencio, el director nos muestra como la gente abandona el proceso mortal, mientras de nuevo volvemos a escuchar la ornamentación musical. Como si no hubiera pasado absolutamente nada.

6/10

Kyrios

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