Vampyr, la mujer vampiro

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El terror debe estarle agradecido a los años 20 y 30. No sólo se pusieron las primeras piedras de su creación, sino que además establecieron parámetros artísticos que quedaron hasta hoy. En Estados Unidos se puede dar fe de ello con Freaks (La parada de los monstruos en España), mientras que en Europa el expresionismo alemán (con El gabinete del doctor Caligari) era el patrón de prueba. Sin embargo, Dreyer no fue menos, creando una obra maestra como es Vampyr, la mujer vampiro.

Dreyer tuvo la enorme suerte de contar con el patrocinio del barón Nicolás de Gunzburg. Tan sólo le pedía entrar en la película y, a cambio, Dreyer tenía libertad absoluta. El director ni se lo pensó: cogió los relatos vampíricos (especialmente los de Sheridan le Fanu), la campiña francesa y tomó la cámara en brazo. El resultado es una cinta altamente infravalorada hasta hace unos pocos años.

Esta película (o más bien mediometraje, porque dura 73 minutos), lejos de ser el patrón típico del terror, juega con el mundo más onírico y con los patrones del ya mencionado expresionismo alemán. Dreyer coge las sombras y juega con ellas de forma literal o bien con claroscuros. La sensación que nos deja es de estar mirando a una pesadilla de forma objetiva, como si Dreyer nos colocara como observadores de la escena y de Allan Gray, su protagonista.

A eso hay que sumar un montaje de arte y ensayo notable. El espectador se pierde en una historia donde hay lagunas, partes sin retratar, aspectos que pasan más inadvertidos que otros y preguntas sin contestar. Aquellos que hayan tragado con historias clásicas seguramente se perderán. Sin embargo, esa es la intención de la cinta: quiere que el espectador se pierda, se desconcierte, se sumerja en una historia que no tiene sentido. Ese desconcierto nos somete al poder de las imágenes y de una historia en la que, poco a poco, vamos uniendo los interrogantes vitales.

La fotografía también es magnífica, con planos muy bien logrados y con constantes referencias a la muerte en formas muy sutiles pero claras. Desde el momento en que vemos la guadaña, el libro, el veneno, la escena del bosque…todo respira el hedor de la Parca más que el de Dracula, el personaje del cual se trata la película. Y jugar con esos campos, además del onírico y del surrealismo, le da una riqueza y una profundidad en la historia tan usual en las cintas de éxito de arte y ensayo.

Esta cinta, más que una mirada al vampirismo, constituye un ejercicio de Dreyer. No quita que sea una gran película, por supuesto, pero ese es quizás su “pero”: comparándola con los grandes clásicos de terror, Vampyr es un experimento bien logrado pero no crea el terror que sí logra Nosferatu de Murnau. Desconcierta, sí, y agobia, también, pero no provoca terror o desasosiego en el espectador. Y es una pena, porque contiene todos los elementos para dar miedo. A pesar de ello, no hay que quitar que es una película muy bien trabajada y que, hasta la parte final, consigue mantener al espectador en vilo.

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