La casa de los 1000 Cadáveres

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Las películas de Rob Zombie siempre son singulares. Como no iban a serlo, cuando su personalidad es tan absorbente como polémica. Músico profesional, cineasta e incluso pintor, Rob Zombie se hecho un hueco dentro del mundo del cine por ser el heredero del cine de Browning y de la tradición teatral del Grand Guignol parisiense. Precisamente la casa de los mil cadáveres, obra realizada en el 2003, resulta su opera primera, que a la vez sentó las bases de lo que nos íbamos a encontrar en su cine posterior: Un gore personal y creativo. Valga como ejemplo para subrayar sus tendencias frenopáticas, que el director no recurre nunca al fundido en negro, cuando pretende cambiar de secuenciA la película utiliza fragmentos que parecen sacados de testimonios reales de violaciones, ejecuciones, así como otros momentos en que la película parece adoptar tonos lisérgicos. Incluso en algunos momentos el director nos muestra personajes de la propia películas grabados con un formato semipforesional, intentando demostrar al espectador que lo que está viendo es posible y real.

Y es que dentro de este teatro del Guignol, abierto en Francia el 1897, se realizaban todo tipo de obras dramatúrgicas donde el argumento era una simple excusa para que el espectador de la época, liberado de la antigua fe, pudiera contemplar mutilaciones, efectos de sangre, hemorragias e historias siniestras en la que absolutamente cualquier delirio mental era posible. Y el cine de Rob Zombie en gran medida no deja de ser  un teatro donde todos los sucesos más sangrientos y brutales pueden hacer su acto de aparición. Unas películas que por otra parte nos recuerdan al cine de Tod Browning, porque dentro de la película se suceden una gran galería de Freaks que resultan totalmente ajenos al espectador. La diferencia es que Browning los realizaba de una manera quizá más amable, porque lo que les diferenciaba de la sociedad eran sus traumas físicos, mientras que para Zombie son criminales atormentados donde el canibalismo y la tortura más salvaje es el pan de cada día.

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Después de un prologo brillante que hubiera firmado un Tarantino, nos volvemos a encontrar con la esencia teatral de la obra, en la que se nos presenta una serie de personajes y situaciones arquetípicas a las que el director recurre para poder catalogar sus propias turbaciones más profundas. Cuatro adolescentes que deciden fisgonear sus narices donde nadie les llama y que acabarán pagando por sus intromisiones. Desde luego el argumento no es para nada singular, sino que la originalidad de la película (que desde luego es algo que tanto detractores como partidarios no podrán dejar de reconocer, y es que Rob Zombie tiene un sello incofundible) reside en el tratamiento que el director demuestra hacia la película.

Noche de Halloween, Una familia sádica que parece sacada de la mente del asesino Ed Gein, y que recurre satíricamente a los tópicos de los pueblos rurales de los estados del Sur de los estados Unidos. Parece como si Zombie intentará establecer un catálogo de amputaciones, violencia explícita y cualquiera otra imagen tortuosa que venga a la cabeza, como un Sade moderno que en vez de pluma tenga una cámara para registrar dichas sensaciones.

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Y a Zombie no se le escapa nada ni nadie.  Mediante una dirección totalmente paroxística, por la cual trata de impresionar al espectador y cebarle de todo tipo de imágenes con tal de que este no sea ni capaz de pensar se realiza una película en la que no hay ni un momento ni pausa ni reflexión. Fragmentos que se introducen sin tener nada que ver con la película, secuencias oníricas, escenas que se repiten pero realizadas de una manera diferente, y que ponen de relieve como a Zombie le encanta jugar con una gama cromática llena de colores chillones, donde el rojo, el violeta y otros colores fuertemente acentuados que llegan a comerse por entero la pantalla, subrayando el carácter de teatro de marionetas que tiene la película, pantallas divididas, un maquillaje y caracterización tremendamente exagerado y grotesco (sólo hay que fijarse en la familia terrorífica, o en secuencias como la final, donde se gesta una de las ambientaciones más macabras que se recuerden).

Desgraciadamente a Zombie le importan entre poco y nada los personajes (pese a que él mismo ha admitido en entrevistas que prefiere cuidar a sus personajes antes que anteponer escenas de Gore) y llega un momento en que el tono es tan exagerado que el miedo abandona al espectador que ya este acostumbrado a semejantes trucos. Con lo que queda la sensación que detrás de toda esta galería de perversiones (que repito, está magníficamente catalogada) queda un hueco que Zombie no puede llenar ni con litros de hemoglobina. El bizarrismo supera el alma de la película y a Zombie la fantasía surrealista se le va tanto de las manos que perjudica la propia película. Y es que las secuencias finales tienen poco que ver con las del principio del film, en las que el payaso interpretado magistralmente por Sid Haig realiza un auténtico recital sobre como aunar el terror y el mal gusto con el potencial artístico.

 

5/10

 

Kyrios

5/10

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