Ciclo Charles Chaplin: Un rey en Nueva York

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Un rey en Nueva York se trata de una de las películas más infravaloradas del insigne Charles Chaplin. Rodada en el Reino Unido y estrenada el 1957, la película ha pasado medio olvidada cuando en realidad contiene grandes momentos en la filmografía del director. Me intuyo a pensar que el ataque político que realiza Chaplin mediante la película es el causante de este olvido forzado.

Es curioso porque Un rey En nueva York trata un argumento similar a la obra de Sacha Baron Cohen, el dictador (2012). En ambas películas nuestros personajes son líderes nacionales de países extravagantes y ficticios que se ven venidos a menos y se ven obligados a exiliarse al supuesto país de la libertad, Estados Unidos. Sin embargo, en ambas películas los directores utilizan este margen creativo para criticar despiadadamente al hipócrita sistema norteamericano. Y las dos utilizan uno de los vehículos más potentes que conoce el ser humano: La risa.

El contexto es importantísimo para entender la película de Chaplin,  y es que la caza de brujas había hecho estragos en su figura. Como bien es sabido,  en los años cincuenta el senador McCarthy había empezado una persecución tremenda hacía todo lo que para él y su comité de actividades norteamericanas fuera considerado anti norteamericano. El mundo del cine también se vio afectado y personajes tan influyentes como Elia Kazan o Edward Dmytryk se vieron obligados a delatar compañeros de partido con tal de poder seguir en la industria del cine. Chaplin también fue acusado de comunista, justo cuando acababa de estrenar  Candilejas (1952) en Europa, y se le prohibió el acceso al país. De hecho Candilejas no fue estrenada en los Estados Unidos hasta veinte años más tarde. Por este motivo Chaplin decide rodar una película como Un rey en Nueva York, una película que no deja títere sin cabeza y que ataca de manera deliberada contra el absurdo comité que creó McCarthy. Como viene siendo habitual en el cine de Chaplin, el fondo de la película se vuelva a comer las formas.

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En realidad la película es un absoluto Crescendo en este sentido, y Chaplin utiliza el humor para atacar todo lo que él considera hipócrita. La visión inocente que ofrece nuestro monarca es óbice para mostrarnos una gran serie de secuencias donde todo se pone patas abajo, incluido el mundo del cine. Sí, en una gran parodia en la que asiste el monarca ante una sala de cine, podemos observar la sátira con la que Chaplin afrenta las últimas novedades de la cartelera en Hollywood, con películas con argumentos absurdos y secuencias de acción ambientadas en el universo del western que parecen no acabar nunca.

Y es que este mundo tan hipócrita como es el de Hollywood, que el actor llegó a conocer tan bien cuando era joven, es también uno de sus objetivos a atacar en la película. Como ejemplo tenemos una de las secuencias memorables de la película, en la que el actor acepta introducirse un par de retoques físicos mediante la cirugía estética. Chaplin no es tan salvaje como lo fue John Carpenter  en 2013: Rescate en L.A (1996) donde también la película realizaba una acertada crítica sobre las relaciones que hay entre los actores de Hollywood y su obsesión por la cirugía estética, pero sin duda Chaplin sabía contra quien se mofaba.

Hay también un hueco especial para hacer una crítica a la publicidad, que a la postre no deja de ser el pilar básico del capitalismo norteamericano. El personaje de Chaplin no deja de alucinar cuando observa personajes hacer exageradas pantomimas hacia una cámara que no existe, vendiendo un  producto determinado como si de un anuncio de teletienda se tratará.

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Pero no se puede dejar de obviar el gran ataque que la película realiza sobre McCarthy y sus delirios políticos. Para ello la trama introduce un joven personaje, que está interpretado ni más ni menos que por el hijo de Chaplin, Michael Chaplin. La película pues, no deja de ser una metáfora de la propia vida de nuestro director, porque en el desarrollo del film vemos como el padre del niño interpretado por Michael Chaplin (que nunca vemos en pantalla), es acusado de comunista. Es decir, a la postre Charles Chaplin es acusado de comunista. En una magistral secuencia final, el director acabará utilizando la comicidad para dejar literalmente pasados bajo agua al absurdo tribunal (mojados por una manguera que se le había quedado atascada, en un acto cómico inigualable).

Al fin y al cabo, en cierto sentido el personaje del monarca no deja de ser un Alter ego del propio Chaplin. No es casualidad que el destino de ambos sea compartido en el desarrollo final de Un Rey en Nueva York.

Un magistral broche para una película realmente (nunca mejor dicho) infravalorada.

 

7/10

 

Kyrios

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