El rapto de Bunny Lake

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Grata sorpresa la que nos entregó en año 1965 Otto Preminger con su película El rapto de Bunny Lake, una película que sigue la estela de los Thrillers psicológicos por los que Alfred Hitchcock se había labrado un hueco en la década de los cincuenta. Freud y sus teorías psicoanalíticas aparecen en escena, y de hecho la película tiene bastantes semejanzas con la mítica película Psicosis, estrenada sólo cinco años antes que la película de Preminger.

Bunny Lake, una niña de cuatro años, desaparece misteriosamente el primer día que llega a su nueva escuela. La familia de la niña está compuesta por su tío y su madre, y por temas económicos se han trasladado de los Estados Unidos hasta Londres. En cuanto la madre se da cuenta de la desaparición de su hija, empieza la búsqueda con tal de dar con ella. Aquí podríamos pensar que la película coge la vía rápida del thriller convencional, con un secuestro rápido o una serie de pistas que nos enseñe poco a poco donde se encuentra la niña, pero la película abandona las convencionalidades para adentrarse en una historia de lo más singular.

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Para empezar, la película cuestiona la existencia de la propia hija, con lo que nos encontramos ante un tema bastante moderno como es la paranoia mental, tan recurrente en las películas actuales. ¿Será verdad que existe una niña o la madre se ha inventado realmente la existencia de su hija? Ahí está sin duda la cuestión básica de la película (por lo menos en la primera parte de la película, que además se trata de la mejor) y con la que el director juega a confundir al espectador. La tensión con la que Preminger elabora la película es magnífica y sin duda consigue crear una atmósfera opresiva que mete de lleno al espectador en tan insólita historia.

Básicamente lo hace con detalles magníficos. Por ejemplo, antes de que la madre empiece a sospechar que su hija ha sido secuestrada, la manera en cómo se nos muestra su vida es precisamente de una manera naturalizada y normal. Preminger nos la muestra en situaciones cotidianas como haciendo la compra, arreglando su nueva casa…Incluso la música que acompaña estas secuencias se trata de melodías simples y habituales que encontramos en la mayoría de películas convencionales del género, que no hacen sospechar para nada lo que viene a continuación. Porque una vez se destapa el embrollo principal, la película da un cambio de tercio tremendamente enorme y hasta la música que hemos comentado se vuelve mucho más intermitente y disonante…Mucho más terrorífica. Entonces el propio director de la película recurre a encuadres poco corrientes, con ángulos distorsionados y una gran utilización de la fotografía en blanco y negro, que sin duda ayudan a dar la sensación de estar ante un relato histriónico y neurótico. La recreación de las últimas secuencias demuestra un gusto casi macabro, mostrándonos la locura de una manera genial.

En esta primera mitad de la película es donde observamos las grandes luces de la película. La película mezcla situaciones y personajes atípicos que dotan a la película de una gran riqueza. Como es el caso del inspector de policía, interpretado ni más ni menos que por Laurence Olivier, el personaje de Noël Coward o la pitonisa que interpreta Martita Hunt. Ambos son personajes de contrastes y que se complementan perfectamente entre ellos. Por una parte tenemos al policía escéptico, que adopta una postura totalmente científica al ocuparse del caso, y siempre con la misma actitud de control y autoridad. Noél Coward es el personaje desenfrenado, y sin duda el guión lo incluye en parte para que el espectador crea que es uno de los sospechosos. Pero más allá de ser un señuelo también es una figura enigmática (cuenta con un cinturón que según él pertenecía ni más ni menos que al marqués de Sade) que además de estar perfectamente interpretada nos ofrece una visión inquietante a la par que estimulante. Como también sucede con la abuela especial que habita en el piso superior de la escuela, Martita Hunt, una mujer casi siniestra (en algunos puntos la película tiene contactos con el cine de terror) que guarda las pesadillas de diversos niños en cintas grabadas.

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El problema es que el guión tiene algunos agujeros importantes. Básicamente se esconde un hecho básico en la película, como es la cuestión de ocultar al espectador (con tal de crear más confusión y así tener un giro dramático inesperado) la identidad secreta del hermano de la protagonista interpretada por Carol Lynley, que sufre una doble personalidad. Pero no es sólo el hecho de que sea absurdo que el personaje de Lynley no sospeche en ningún momento de su hermano, sino el tratamiento que da Preminger a la enfermedad, y es que en ningún caso una persona con doble personalidad actuaría como lo hace personaje de Keir Dullea (que sin embargo realiza una magnífica interpretación). Una cosa es exagerar y otra cosa mentir descaradamente a conveniencia, como hace el guión de la película.

Dos anécdotas finales: El grupo The Zombies aparece anunciado en diversos carteles promocionales de la película y los vemos actuar en diversos momentos de la película, a través de las pantallas de televisión, y el diseño de los títulos de créditos por Saul Bass, un diseñador gráfico que también compuso los de otra película de Preminger, en Anatomía de un asesinato (1959).

6/10

Kyrios

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