Las tres caras del miedo (1963)

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Año 1963, Boris Karloff presenta una película de terror con el en formato convencional de episodios. Su papel no deja de ser el mismo que el de Maila Nurmi, ser el maestro de ceremonias de lo que parece una película típica de terror. Aparece en uno de los episodios (el segundo) pero el actor que llegó a ser Frankenstein no debió de firmar gustoso la película. Al fin y al cabo había pasado mejores días en Hollywood y ahora se veía obligado a rodar películas de bajo presupuesto en un país tan lejano como Italia. Sin embargo, las tres caras del miedo, es una de las películas de terror más apreciables de Mario Bava, uno de los buques insignias del terror italiano de los años sesenta y setenta.

Basada en diversos relatos de terror, la película se divide en tres episodios. Todos los tres comparten características parecidas, pero sin duda el tercero es el que ha conseguido alzar la película como una de las más brillantes del género.

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El primer relato se titula teléfono, y la protagonista está interpretada ni más ni menos por Michèle Mercier, diva de la sensualidad por antonomasia, que traerá locos a gran parte de la audiencia masculina (y algún sector femenino). De hecho la ligereza de ropa en estas películas italianas es bastante notable y también hará acto de presencia en los capítulos posteriores de esta misma película, aunque en ningún momento las demás actrices pueden competir en erotismo contra Mercier.

La trama es bastante simple y arquetípica, y más que una obra propia del género de terror se parece más a una película policiaca (y la música así lo atestigua, que más una partitura de terror se nos presenta una melodía muy típica del género negro). Mercier interpreta a una joven que recibe múltiples llamadas de un acosador que finalmente se desvela como un presunto asesino que pretenderá acabar con la vida de nuestra joven protagonista…después de un rifi rafe y un giro de guión final bastante simplón, este primer relato termina sin dejar ni marca ni huella. Seguramente el Teléfono es el peor episodio de los que conforman la película, un pequeño aperitivo de lo que viene a continuación. Además formalmente también tiene poco que ver con los dos otros episodios, la acción transcurre siempre en el mismo escenario y Bava no tiene ni tiempo ni espacio para poder desarrollar sus juegos de artificio. Si hay algo que destacar es que quizá el episodio pudiera llegar a influir a Wes Craven cuando decidió rodar la secuencia inicial de Scream (1990) pero poco más.

El segundo episodio es Los Wurdalaks, un relato basado en un cuento de Aleksei Tolstoi. Este mismo cuento sería también adaptado por otro director italiano, Giorgio Ferroni en el año 1972, aunque en vez de acercarse al siglo XIX original de la obra, se actualizaba de manera contemporánea.

Los Wurdalaks es una historia que mezcla el vampirismo con los espíritus malditos. Un joven se adentra en una región rural donde una familia está sujeta a una maldición por la que los convierte en una especia de muertos vivientes siempre que hayan sido mordidos por un miembro maldecido. La historia en sí no es nada excepcional, y en realidad no hay nada ella que deslumbre, siendo exclusivamente un escaparate para que Bava se deleite en su propia carnicería sangrienta. De hecho, hay algunas incongruencias bastante insalvables en el relato, como el hecho del asesinato del padre de familia de la casa, que de un fotograma a otro aparece asesinado sin que sepamos muy bien que ha pasado (el espectador tiene que adivinar que ha sido su propia mujer quien lo ha matado con tal de poder ir hacia su hijo, pero esto es difícilmente creíble) o que un personaje se enamore de otro en apenas dos minutos (no es una exageración son contados). Sin embargo la película avanza la excelencia del tercer y último capítulo.

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Titulado la gota de agua. Ya en este segundo episodio habíamos podido comprobar cómo Bava utiliza los focos de luces de manera totalmente irreal para elaborar una atmósfera artificial que daba unos resultados muy satisfactorios (llegamos a ver un convento con paredes verdes). Con luces violetas y verdes contrastadas con la más negra oscuridad, el director llena la acción donde transcurre el relato de la gota de agua. En sí el tema no deja de ser un típico relato de sustos y maldiciones espiritistas, pero la puesta en escena de Bava, que emplea multitud de recursos para ampliar de manera ilusoria el espacio del que dispone para filmar la película, y la iluminación magnífica del retrato hacen de esta historia una de las mejores muestras de terror del director italiano. La gota del agua asusta, incluso aún hoy en día, porque su radical propuesta está perfectamente concebida y parece calculada al milímetro (muy al contrario que los otros dos relatos) con una historia simple pero atractiva (el guiño final hacía la próxima víctima hace la boca agua) en la que la gama cromática empleada por Bava  crea un espacio delirante que pone los pelos de gallina. Hasta la ambientación y decoración del escenario está perfectamente escogida.

Kyrios

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