Ciclo Tod Browning: Maldad encubierta

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No todas las películas de Tod Browning se refieren exclusivamente al mundo del Freak. En muchas ocasiones la historiografía tiende a generalizar clasificando la mayoría de películas del director como pertenecientes al género de terror, pero esto sería caer en un craso error. No sólo es que el director haya dirigido películas que poco tengan que ver con el terror, como Perdone señorita (1939) ,el palacio de las maravillas (1927) o el cazador de tigres (1929), sino que hay un subgénero con un peso bastante importante dentro de la cinematografía del director que normalmente se ha subestimado. Me refiero claro está, al mundo del crimen. En este subgénero podemos añadir películas como el fuera de la ley (1920), el trío fantástico (1925) o el que caso que nos ocupa, Maldad encubierta rodada en el 1926 y ambientada en un decrépito Londres suburbano.

Para ser sinceros, maldad encubierta no es la mejor película de Browning. Tiene grandes particularidades de su cine, como el hombre tullido y deforme que forma parte del relato protagonista (The bishop, interpretado por Lon Chaney) las ansías de venganza que ocupan gran parte de la trama, o el desfile de personajes carnavalescos que son totalmente antiglamour (prostitutas, borrachos, gente de clase social muy baja) pero todo queda lastrado por un guión muy decepcionante que convierte la película en un melodrama folletinesco que hace perder a la película cualquiera de las posibilidades que tiene en potencia.

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De hecho el guión, elaborado por Waldemar Young es la adaptación de una historia escrita por Tod Browning (algunos dicen que en realidad la historia la escribió un “negro”) y nos muestra principalmente como dos hombres, los dos ladrones profesionales, lucharán por el amor de una pícara mujer que trabaja en el mundo del espectáculo. Las premisas son muy interesantes y se llega a perfilar en algunos momentos la idea del doble (doppelgänger; en el momento final en que The Bishop no abandona la muleta ni bajo una venida inminente de la policía se llega a intuir que el personaje le ha podido finalmente), presentándonos una doble personalidad o un desdoblamiento en el personaje que interpreta a Lon Chaney. De día y cuando tiene que establecer relaciones sociales y con tal de no despertar la atención se convierte en Bishop, el obispo amable y tullido que tiene una buen reputación entre sus compañeros, mientras que de noche se convierte en Blackbird, un canalla de primer nivel, que no tiene compasión por ningún ser viviente. Sin embargo las posibilidades de la película quedan cortadas por dos hechos. En primer lugar el excesivo protagonismo que se le da a la acción transcurrida en el teatro donde los protagonistas mostrarán su amor hacía la artista teatral, y por otra parte el trío amoroso cae en el más absoluto ridículo al convertirse en una historia nimia y vulgar, totalmente impropia de una personalidad tan singular como la de Tod Browning.

La historia de amor es desde luego totalmente inservible. Browning, un director que llegaría a mostrarnos historias en este sentido tan ricas como la que encontramos en la parada de los monstruos (Freaks, 1932) se mantiene aquí en un relato burdo y rutinario que exagera totalmente los rasgos melodramáticos. Los personajes de la película, pese a sus absolutas singularidades y excentricidades se dedican a repetir frases impropias (parecen más bien galanes) de su registro, convirtiéndose en clichés andantes. Por otra parte el guión de la película parece no avanzar nunca en cierto momento del metraje, quedándose encallada en un bucle que parece no tener fin nunca. Que la puesta en escena de Browning sea tan tibia (como viene siendo habitual en su filmografía, Browning no destaca en ninguna de sus secuencias, dedicándose siempre a encuadrar a sus personajes con los mismos recursos) tampoco ayuda.

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Aún así, hay algunos detalles que merecen atención. Si bien la galería de Freaks es bastante reducida en la película (aún así podemos ver a nuestra habitual mujer circense, que trabaja en un pequeño Music-hall donde transcurre gran parte de la película) sí que encontramos una secuencia de personajes que difícilmente podrían tener cabida en otras películas del momento,  como prostitutas, borrachos y gente de igual calaña que pasa su tiempo libre en un pequeño teatrillo. Por otra parte, el tullido Lon Chaney avanza en su automutilación transformándose en Bishop, un personaje que tiene pierna y brazo totalmente insensibilizado y que no deja de ser un personaje arquetípico en el cine del director. En este sentido la película va un paso más allá del trío fantástico, rodada un año antes (1925) y donde Lon Chaney “sólo” se caricaturizaba como una entrañable anciana. Por otra parte el final traumático de la película consigue alzar el vuelo dejándose Browning de moralismos y ofreciéndonos una cruda resolución que consigue imponerse ante el melodrama.

5/10

 

Kyrios

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