Stalingrado: Batalla en el infierno

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Stalingrado: Batalla en el infierno se trata de una película alemana, cuando está se encontraba dividida en dos y producida dentro de la República Federal, es decir, la parte oeste. Adaptando la novela de Fritz Wöss, Frank Wisbar, el director de la obra, recrea una película que mezcla la obra documental con la ficción y se convierte en uno de los primeros testimonios del conflicto bélico. La durísima campaña de Stalingrado había tenido ocasión sólo unas décadas antes, y la herida aún estaba muy abierta.

Wisbar, alemán de origen (aunque durante el régimen nazi, debido al matrimonio con una judía tuvo que emigrar a Estados Unidos, donde siguió su carrera cinematográfica) realiza una de las primeras películas que adopta el punto de vista alemán. Wisbar se centra especialmente en un grupo de jóvenes soldados que si bien empiezan la campaña ilusionados ante las promesas del Führer a medida que avanza la campaña rusa acabarán por abandonar cualquier esperanza. La presentación de los alemanes es pues, por primera vez, radical, ya no se presentan como unos seres despreciables (pensemos en películas maniqueas como Salvar al Soldado Ryan dirigida muchos años después de la obra de Wisbar). Los soldados alemanes se recrean en su mayoría como un sector manipulado por la ideología nazi (Wisbar retrata los irónicos discursos de Goëring y Goebbels mientras los soldados se pudren en un hospital) y que se ve traicionado por los altos estamentos del partido, que utilizan a sus hombres como simples peones en un tablero de ajedrez gigante. Los alemanes son estoicos y aceptan con resignación el duro papel que se les ha asignado.

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También hay tiempo para la crítica. Aparecen personajes cobardes y que evitan en cualquier momento enfrentarse a la guerra, para enviar a sus subordinados a morir por ellos, como es el personaje que interpreta Wolfang Preiss, un egoísta que minusvalora la vida de cualquier ser humano. Pero más allá de retratar la vida cotidiana, la película también incluye diferentes fragmentos intercalados en los que podemos ver figuras históricas de verdad, como el general Paulus, Von Seyditz e incluso Adolf Hitler, que por cierto Wisbar inteligentemente no nos enseña su cara nunca, como sugiriendo que el mal no tiene rostro.

El problema es que da la sensación de que a la película le han recortado metraje. Con sólo una hora y media de duración no se puede abarcar una campaña que duró todo un invierno y en el que durante ciertas fases de la lucha la balanza aún no estaba inclinada. Aún así Wisbar lo intenta hacer, y el único resultado que consigue la obra es simplificar mucho su contenido, y recurriendo muchas veces al formato documental para dejar de convertirse en un relato de ficción (aunque verídico) en un retrato que se queda entre dos bandos.

Efectivamente, la película añade partes documentales a la película, especialmente con la inclusión de escenas de batallas, las cuales muchas son sacadas de imágenes reales de la guerra. La voz en off es otro recurso que utiliza el director para depurar los errores de la película, intentando equlibrar los desajustes de un guión que no tiene tiempo para detenerse en construir algunas cosas básicas, y que necesita rápidez para contar toda la película.

Aún así Wisbar realiza algunas secuencias de gran interés. Especialmente cuando se vuelve universal y nos cuenta las miserias de la guerra. La visión de los enfermos apelotonándose por conseguir un puesto en el avión que les permita volver a Alemania es una visión dura (y muy real, William Craig nos lo contaría en su libro sobre la batalla), así como el hospital de infestados. Wisbar nos enseña como un moribundo que acaba de fallecer no tiene ni un minuto de respiro, porque inmediatamente se le roba la manta con la que se cubría.

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Las recreaciones del ambiente de Stalingrado son generalmente eficientes. La pelea por la ciudad queda fielmente retratada como una lucha callejera y absurda donde las ruinas se convertían en el refugio de francotiradores y donde se imponía una lucha salvaje que no tenía piedad por nadie. Wisbar recrea bien el ambiente posturbano y las escenas de acción no tienen nada que envidiar a películas como enemigo a las puertas (2001), que se centra en el mismo conflicto.

Quizá hoy en día nos pueda parecer una película menor, pero en el año de su estreno, en 1959, fue una película importante para revisionar y enseñarle al pueblo alemán que los muertos son igual de funestos sean del bando que sean.

6/10

Kyrios

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