Stalingrado (1993)

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Stalingrado fue una fosa común donde centenares de miles de personas encontraron su tumba. Un conflicto poco tratado entre la producción norteamericana porque obviamente no interesa retratar un momento histórico, que aunque crucial para la guerra (Stalingrado marca el principio del fin para la Wermacht)  tiene como bandos a la Unión soviética y al régimen nazi. Así que han sido mayoritariamente los alemanes los que han rescatado mediante el cine este enfrentamiento, con películas como El médico de Stalingrado 1958, Stalingrado: Batalla en el infierno1959 (estas dos realizadas cuando aún existía la división política de las dos Alemania) y el caso que nos ocupa, Stalingrado 1993, una película dirigida por Joseph Vilsmaier.

La película de Vilsmaier tiene sin embargo un hecho radical entre sus predecesoras, y es que cuenta con un presupuesto elevadísimo. Esto condiciona en realidad gran parte de la película, incluyendo la parcela artística. Vilsmaier, un director poco conocido hasta el momento y que afrontaba con Stalingrado su tercer film, se ve atado de pies y manos con tal de realizar un proyecto de grandes proporciones que sea capaz de atraer al público en taquilla. En consecuencia, la película de Vilsmaier tiene más esencia de gran estreno norteamericano que de película europea. Esto se nota especialmente en el montaje de la película.

La versión estrenada en cine dura poco más de dos horas. Sin embargo, se trata de un metraje totalmente insuficiente. La historia de la película pretende abarcar tantos hechos del conflicto bélico que en apenas dos horas es imposible. Seguramente Vilsmaier había rodado una película de mucha más duración y se vio obligado ante la productora a recortar metraje con tal de hacer posible el estreno de la película ante las salas comerciales. Esto se nota muchísimo porque la película tiene secuencias en las que se ha recortado tanto metraje que a veces se pierde una coherencia lógica. De un momento a otro vemos a nuestros protagonistas en guerra, o nos encontramos con que son condenados a un pelotón de castigo para salir de este en apenas cinco minutos. La gran cantidad de elementos que intenta recoger el film de la guerra acaban por resultar bastante inconexos, seguramente porque la película pretende abarcar una óptica total que resulta imposible. Así pues, los soldados alemanes protagonistas de la película pasan por: Estancia en Italia, lucha directa en Stalingrado, Castigo y envío a trabajos de castigo, misión suicida con tal de romper el cerco, intento de huída y fracaso posterior, llegada de nuevo ante el antiguo pelotón..

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Dicho esto, Stalingrado cuenta con grandes bazas a su favor. La inyección de presupuesto se nota para bien y los especialistas de la película recrearon con sumo detalle el infierno que representaba Stalingrado. En películas como Stalingrado: Batalla en el infierno de Frank Wisbar las ruinas de la ciudad adquirían una visión casi expresionistas, debido en gran parte a la fotografía en blanco y negro y a los recursos escasos con los que disponía Wisbar para conformar la película. Mientras que la ambientación de Stalingrado no sólo llega a detalles como el vestuario sino también en la recreación de las ruinas de la ciudad, que aparecen bien representadas como el infierno que supusieron realmente. Técnicamente la película es casi perfecta. Las secuencias de acción están realizadas con gran gancho y resultan muy verosímiles. Vilsmaier utiliza todo tipo de planos para dirigir la guerra, desde encuadres distorsionados que apuntan a sus intérpretes a ras de suelo o planos a dos metros  donde observamos el apelotonamiento de los soldados alemanes ante los estallidos de las bombas soviéticas. La poética sucia de la guerra se impone como lo más destacable de la película, por encima de interpretaciones o el desarrollo de la guerra. Secuencias como la final o la visita al hospital de heridos definen bastante bien la esencia de la guerra, como un auténtico desastre que simplemente sirve para sesgar vidas.

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La película no tiene ningún reparo en mostrar la crudeza de la guerra, y en este aspecto gana por bastantes millas de distancia a las producciones bélicas habituales de Hollywood. En Stalingrado, tal y como fue la batalla real, no hay tiempo para héroes (aquí es donde se nota más su esencia crítica). De hecho tampoco hay un personaje principal claro, porque lo interesante es componer un retrato coral que represente a los soldados alemanes involucrados en la guerra. La película dignifica a los soldados rasos creando una historia donde cualquier atisbo de humanidad se pierde en pos de los instintos de supervivencia más primarios. El soldado alemán queda retratado como un personaje que simplemente afronta su destino y que en muchas ocasiones se opone a las órdenes impuestas por los superiores del régimen nazi. Torpemente en este sentido podemos incluir la inclusión del personaje del capitán nazi, que representa los tópicos del nazi afín al partido. Sin duda un contrapeso político con el que contrarrestar el destino del soldado alemán contra la realidad nazi.

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