Ciclo Berlanga: Calabuch (1956)

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Calabuch no existe. La película de título homónimo se rodó en la actual Peñíscola, aunque la actual Peñíscola no tenga nada que ver con las imágenes que se desprenden de la película. La obra de Berlanga realizada en el 1956 se anticipa a las remodelaciones arquitéctonicas que sufriría la ciudad años y décadas en adelante con la impulsión del turismo y también porque no decirlo, de la invasión y recalificación de costas. Con tan sólo 900 habitantes, la pequeña población de Calabuch también representa un modo de vida muy diferente al del resto de la península. Calabuch es casi un proyecto Hippie antes de la eclosión de estos en los sesenta. Calabuch es un reducto de paz, un lugar ciertamente un poco incivilizado (se puede hablar perfectamente de subdesarrollo), pero en el que la alegría de su gente se transmite en cada casa del pueblo, quizá un poco menos en la del viejo Tomás, que siempre va de morros (normal siendo guardia civil).

No estamos ante la mejor película de Berlanga, ni desde la dirección ni desde el planteamiento o desarrollo de intenciones, pero Calabuch es una película que tiene claramente su sello. La película nos presenta un argumento singular: Un anciano científico que ha trabajado toda su vida en el diseño de bombas atómicas desaparece del mundo sin dejar ni rastro. Acabará recalando en Calabuch, pueblo del que se enamorará de su estilo de vida automáticamente.

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Berlanga se opone de manera clara a la guerra y realiza una película con planteamientos antibelicistas sin que la censura franquista tuviera grandes sospechas de que así fuera (o por lo menos toleró el proyecto, también es verdad que al fin y al cabo la película tuvo resonancia internacional). En todo momento el espectador se siente al lado de nuestro entrañable científico, interpretado por Edmund Gwenn, que siguiendo los preceptos epicúreos ha abandonado su anterior modo de vida para retirarse a una situación más calmada y provechosa. La caracterización de Gwenn y la manera como este se hace con el personaje es de lo más destacable y el espectador no puede dejar de sentir empatía con el amargo final de la película. Amargo pero revelador e inevitable. Puede que Calabuch no exista realmente y sólo sea un estado de ánimo.

Como en muchas otras películas de Berlanga, Bienvenido Mister Marshall (1953), Plácido (1961), La escopeta Nacional (1978), lo importante es la trama coral de la película. Se presenta una gran galería de personajes que son los que forman la identidad de Calabuch. Berlanga consigue darle unas gotas de surrealismo a la población, que parece no haber notado los síntomas de modernidad por ninguna parte. Aislados de medio mundo, los habitantes prosiguen con sus vidas que para ojos de muchos ilustrados como Diderot (recordemos su obra Supplément au voyage de Bougainville ) parecerían ciertamente unos primitivos.

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El desarrollo de la película tira pues por un retrato brillante del costumbrismo. Las partidas del domino, o incluso de ajedrez (que mantiene Pepe Isbert contra Félix Fernandez), así como la misa del domingo, la fiesta pirotécnica o la reunión por ver torear una vaquilla. Berlanga nos sorprende por otra parte con un pueblo del que no sabemos nunca exactamente que hace para vivir. Tenemos constancia de que hay un hombre que trabaja en un faro..del pintor de la barca..¿Pero de que se mantiene la mayoría de la población de Calabuch? Esta falta de información de detalles básicos en la película está claramente premeditada, para que el espectador tenga una sensación confusa, y retratar así Calabuch como una especie de Arcadia primitiva, o incluso Utopía.

Pero también encontramos algún detalle crítico. Uno de los personajes más fanfarrones de Calabuch es ni más ni menos que el guardia civil del pueblo, que encarcela a nuestro personaje sin que sepamos muy bien porque motivos. Por otra parte cuando se bota en una secuencia uno de los barcos, se representa el himno nacional casi de una manera cómica. Berlanga no contaba para la construcción del guión con Rafael Azcona, con quien formó una de las parejas artísticas más representativas de nuestra filmografía, y puede que sea por este el motivo por el que el propio Berlanga no reconociera Calabuch como una de sus mejores películas. En sus propias palabras, la película pecaba de un ternurismo más bien propio de Hollywood.

Y es cierto que en el film encontramos un exceso de sentimentalismo, o lo que muchos otros han venido llamando popularmente como azúcar, pero esto no tiene porque desmerecer una película que marcó un antes y un después en nuestro cine. Por otra parte la película consiguió el reconocimiento internacional ganando el premio Ocic del festival de Venecia del 1956.

6/10

Kyrios

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