Ciclo John Ford: El delator (1935)

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Algunos dicen que John Ford realizó el delator (1935) como una especie de experimento cinematográfico. El caso es que la película es ciertamente una obra atípica si a priori la comparamos con los maravillosos westerns a los que Ford nos ha acostumbrado durante largas décadas. Aún así, El delator es precisamente una de las películas más encomiables del director.

El tema ya es cuanto menos singular. Ford nos presenta una ciudad irlandesa invadida por la niebla, donde las manos del grupo terrorista IRA se extienden sigilosamente en gran parte de la población. Nuestro personaje principal, interpretado por Victor McLagen, un empedernido bebedor, decide traicionar a uno de sus mejores amigos, delatándolo a la policía por una exorbitante suma de dinero. A partir de ahí la película girará en torno a la investigación de los otros miembros del IRA por encontrar al delator. Una de las mejores bazas de la película es la ambientación con la que Ford recrea su película. La ciudad irlandesa aparece representada como un gran fantasma de barracones y tabernas de mal agüero, imbuidas de una niebla fantasmal que singulariza el carácter expresionista de la película. Era lógico que esta propuesta tan poco nítida y realista (por lo menos para gran parte del espectador) fuera desilusionante para la taquilla, que apenas consiguió recaudar doscientos cincuenta mil dólares, poco más de lo que había costado la película. La densa niebla que envuelve a los personajes, así como metafóricamente al grupo armado del IRA, es un componente estético de primer nivel, y delicioso para la vista.

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También es lógico que el espectador del momento tuviera pocas simpatías por un personaje tan singular como el que representa Victor McLagen.  Nuestro bebedor irlandés, desde luego tiene poco que ver con los heroicos personajes de Westerns a los que John Ford encarnaría con tanta pasión. Los críticos del momento ya tildaron esta interesante presentación de un personaje tan atípico. El guión de la película no nos lo muestra nunca como un héroe, pero tampoco como un auténtico culpable. McLagen es un traidor que finalmente, en parte gracias a la redentora escena final (impuesta por los productores pero que el propio Ford admitió que sintonizaba muy bien con el tono de la película), logra simpatizar con el espectador. La traición que comete se debe a las desgraciadas necesidades económicas en las que se encuentra (él, como muchos de sus compatriotas), que obligan a vender a su amigo a la policía. Por otra parte también encontramos el amor como justificante, pues su amada, interpretada por Heather Angel, en un ataque (totalmente comprensivo) de rabia habla sobre las posibilidades de realizar un viaje a Nueva York, en un escaparate que anuncia dicho viaje por la cantidad de veinte libras. Este viaje a Nueva York, se repetirá a lo largo de la película y volará siempre de manera insondable en el argumento del film. El viaje, que además aparece físicamente en diversas transparencias proyectadas por Ford, o en una magnífica secuencia onírica, es una forma de purificarse y enmendarse de esta vida tan lamentable que tienen los dos personajes, y que sin embargo nunca llega a materializarse. Tampoco Ford enaltece a ninguno de sus personajes.

McLagen gasta el dinero de una manera totalmente inapropiada, invitando a alcohol a multitud de gente que no conoce, y emborrachándose como una bestia irracional. Esta visión de bestia viene a colación con la presentación física del actor, que es un gigante que se sobrepone a muchos otros intérpretes de la película. Además durante gran parte de la película los efectos del alcohol dibujan un tremendo patetismo sobre nuestra figura, que no es capaz de balbucear dos palabras seguidas ni crear un discurso coherente. Y es que el patetismo de muchas secuencias configura en gran parte la esencia de la película. Nuestro personaje, gasta todo el dinero que ha conseguido en apenas unas horas, y es incapaz de cumplir su promesa de librar las veinte libras a Heather Angel, porque cuando le entrega el dinero, este ya ha minado en gran parte (sólo es capaz de entregarle seis libras).

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El personaje McLagen es precisamente el único perfilado en la película. De su amada sabemos poco, sólo que se insinúa que debe estar inmiscuida en algún modo de vida poco decoroso. El jefe de la resistencia del IRA es un personaje que se mueve entre la obediencia a la orden (el patriotismo queda definido pues como un movimiento que no tiene en cuenta los pormenores de la vida humana) y el amor a su mujer, que se opone a la pena capital. De igual manera sucede con el asesino de McLagen, típico antagonista que quiere ajusticiar a nuestro protagonista por una manía fanática.

Kyrios

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