Halloween II (HII)

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Una de las mejores cosas que hacía John Carpenter en la noche de Halloween (1978) era dotar al personaje de la película, Michael Myers, un aura de mal totalmente incognoscible. No sabíamos casi nada sobre nuestro personaje psicópata, excepto el apasionante flashback que nos lo mostraba como un auténtico monstruo ya desde la niñez, pero se intuía que era realmente una persona sobrehumana. Esta indefinición del terror, salvando las distancias, muy parecida a las que realizó el escritor de Providence, H.P Lovecraft en sus obras góticas, creaba una sensación de inseguridad total. El último plano de la película, donde se dejaba en evidencia que Myers era algo más que un simple mortal, pues el fuego de las balas no era suficiente es la gran prueba de ello.

No se le puede pedir esta sutilidad al director de películas como La casa de los mil cadáveres (2003) o los renegados del diablo (2005), el anteriormente conocido por su exclusiva faceta musical: Rob Zombie. Zombie es un heredero del teatro sangriento del guignol por excelencia, y sus películas casi parecen un auténtica galería del horror, donde las exhibiciones de tortura más rocambolescas inimaginables hacen su acto de aparición con mucha frecuencia. Zombie realizó precisamente dos adaptaciones de la saga Halloween. Si la primera de ellas, estrenada con gran éxito en el 2007, se mantenía más o menos fiel al relato de Carpenter (aunque obviamente la película estaba tamizada por el sello de Zombie) en la segundo edición, dirigida en el 2009, nuestro director se pasaba directamente al personaje por su filtro más personal. Que no significa esto que la película sea mejor que su antecesora, sino desgraciadamente al contrario.

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El problema principal es que el guión de Halloween II es muy malo. No hay nada en él que resulte excitante. La historia es rutinaria y nos presenta a los supervivientes de la primera entrega en su ámbito cotidiano después de haber sufrido las consecuencias psicológicas del ataque inicial. Scout Taylor-Compton es una adolescente que intenta como puede seguir su existencia después de los funestos asesinatos que sucedieron a su alrededor, y la película nos la muestra fallidamente con serios trastornos que la impiden continuar una vida normal. La película fracasa como drama, tanto en la vía de adolescente rebelde e incomprendida de nuestra actriz, como por la vía de Malcom McDowell, el actor que interpreta al célebre psiquiatra de Myers, que en esta ocasión la película nos lo muestra como casi un apéndice de la historia principal, a la que la película no sabe mucho como coser con la trama principal. Incluso finalmente se unirán las dos vías de una manera muy rudimentaria (podríamos decir incluso sonrojante, pues de una secuencia a otra nuestro doctor llegará casi por arte de magia a los hechos del crimen para realizar una intervención no se sabe muy bien a santo de qué).

Como película de terror, le sucede tres cuartos de lo mismo. El guión de la película es simplemente un suma y sigue de cadáveres, sin ningún hilvanamiento conciso. Es verdad que no eran precisamente películas como La casa de los mil cadáveres o los renegados del diablo grandes demostraciones de guiones brillantes, pero conseguían mantener cierto aire de tensión. En Halloween II no hay tensión, porque la película deja pistas desde el primer minuto para que el espectador pueda entender perfectamente cómo será el final. Desde que nos ubicamos en la película, se adivina claramente que la figura de Myers será imparable, y que terminará alcanzando a nuestra protagonista en algún momento de la película. Lo que hay en medio de esta ansiada búsqueda no dejan de ser millares de cadáveres con los que Zombie puede deleitar tanto su propio gusto como el del espectador.

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Por lo demás, como ya comentaba anteriormente, el sello de Zombie se nota más en esta película que en la primera entrega (o mejor dicho, el primer remake). El director incluye un gusto mucho más truculento que en la primera parte, y son múltiples las secuencias caras a la galería con gratuitas muestras de violencia extrema, algo que siempre es una constante pulsión en el cine de Zombie. Algunas de estas secuencias consiguen elevar la película, como la escena del hospital, pero hasta esta perversión se convierte en rutina que termina por anestesiar al espectador, que se terminará por aburrir ante la continua escabechina filmada con tanta desgana.

La propia construcción de personajes demuestra también ideas del director. Aquí ya no nos encontramos con un Michael Myers ágil y a la vez invencible como el de la película de John Carpenter, sino que nuestro personaje se trata de una representación estrictamente física del mal, un gigante forzudo que incluso llega a mostrar parte de su rostro en pantalla (algo impensable en la película de Carpenter). Por otra parte Zombie incluye unas secuencias alucinadas muy propias de su cine, como la visión de nuestro asesino y su hermana sobre la familia, que no tiene ninguna relación práctica en la película y que no se sabe muy bien para que las coloca Zombie, como sucede con las pinturas de la pared de una de sus víctimas, que intentan relacionar nuestro asesino con alguna manifestación infernal (diversos números de 666, cruces invertidas etc…).

Kyrios

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