Halloween III: El día de la Bruja

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Tommy Lee Wallace ya conocía a Carpenter antes de rodar la tercera entrega de Halloween, que dicho sea de paso, no tiene nada que ver con el personaje de la primera (Michel Myers). En Dark Star, la primera película de Carpenter rodada en el 1974, ya había tratado con él, y posteriormente volverían a colaborar  en la noche de Halloween (1978)y en la niebla (1980) , como diseñador de producción. Entre ellos surgió una amistad y por este motivo, Carpenter decidió entregarle la tercera entrega de la saga Halloween, que finalmente realizó Wallace el 1982. Se acostumbra a decir que el guión lo realizó exclusivamente Wallace, pero no es cierto, gran parte del mérito se debe a Nigel Kneale, al que le borraron de los títulos de crédito.

Halloween III no retoma el personaje de Michael Myers. Eso explica porque la gente no acudió masivamente a las salas de cine, como sí lo había hecho con anterioridad. Y explicaría también porque muchos fans decepcionados atizaron (injustamente) una película que no es ni de lejos la peor de la saga. Y es una lástima, porque si bien es verdad que la película de Wallace no es ninguna maravilla, si demuestra tener unas ideas y un espíritu propio, personalidad, algo muy extraño de encontrar en el cine de terror de los años ochenta (y más aún en el mundo de las secuelas), donde los calcos y las copias eran el pan de cada día. Es entendible que los espectadores dieran le dieran la espalda a un argumento que además abandonaba las premisas sencillas para abrazar un argumento mucho más grandilocuente y difícil de comprender que las entregas anteriores.

Resumiendo, La película gira en torno a unas máscaras de Halloween que destrozan al que se las ponga, justo en el momento que oye una melodía musical que ha grabado la empresa que las fabrica, de manera especial para la noche de Halloween. Al principio, nuestros personajes (un médico y una muchacha) no saben nada de esto, pero posteriormente llegarán al pueblo donde se construyen, para darse cuenta de los malvados planes que la empresa ha decidido para el día de Halloween.

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El guión mezcla fallidamente elementos pertenecientes a la modernidad (incluso a la ciencia ficción, como el hecho de que algo pueda herirnos con sólo la conexión mediante la música que activa el mecanismo de estas máscaras) con toques arcaicos, como es el plan final de nuestro villano, un supuesto admirador del mundo pagano. Finalmente el director llega incluso a implicarnos con el mundo celta, en lo que se supone una auténtica venganza por parte de los antiguos arcanos que ven como el mundo contemporáneo ha traicionado los mitos para celebrar una fiesta de Halloween que no tiene nada que ver con la original. La magia aparece de manera implícita en la película, pero unida incluso a Robots, en un pastiche realmente soprendente.

Lo que podría haber cuajado como un interesante proyecto queda finalmente en agua de borrajas. El guión tiene muchísimos agujeros que la película no puede hacer nada por salvar. No se nos da ninguna explicación para que entendamos cómo es posible esta unión de tecnología y magia, y el guión comete algunos desperdicios en el desarrollo (como la conversión robot de uno de nuestros protagonistas principales). Por otra parte, Wallace no es Carpenter. La película empieza con un brillante prólogo, que sabe introducir la tensión en el espectador, para posteriormente caer en la desidia, que Wallace trata de ocultar mediante toques de violencia extrema. Y vuelvo a repetir que es una lástima, porque hay elementos de la película muy interesantes, que en mano de otro director habrían logrado algo muy diferente.

Si resulta interesante, la composición de la idea del Leimotiv musical que teóricamente sirve para activar el mecanismo de las máscaras (produciendo dicho sea de paso, una muerte realmente horrible a la vez que un tanto absurda). La música (que por cierto, está compuesta por John Carpenter)  se involucra de gran manera en la película, convirtiéndose en un personaje propio e indiscutible. La obsesiva frecuencia con la que aparece y la singularidad del propio lema musical (un tema infantil pegadizo) construye el propio discurso del film. La televisión es una herramienta para que el plan de control de mentes pueda llegar al éxito, algo que ya sabíamos pero que Wallace nos lo vuelve a recordar utilizando el género de terror.

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Por lo demás, y después del interesante prólogo, la película decae en una historia inverosímil que no convence. El diseño de producción es muy parecido al de la película de la noche de Halloween, la original y aquí si se nota positivamente la mano de Tommy Lee Wallace, que brinda a la película una factura decente que no cae en el rídiculo. Desde las máscaras,  pasando por el diseño de vestuario e incluso algunos elementos del pueblo casi irlandés a donde van a parar nuestros  personajes,  resultan muy atractivos, pero la película no puede dejar de ser un bonito envolvente de la más absoluta nada.

Kyrios

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