Jarabo: La huella del Crimen

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La huella del crimen era una de aquellas series que brillaban por méritos propios en el panorama televisivo español de los años ochenta. Directores, a veces de renombre como el caso que nos ocupa (Juan Antonio Bardem, que volvía a la pantalla después de siete años de ausencia) se encargaban de dirigir episodios en los que el protagonista principal era un criminal patrio de renombre. A Bardem le tocó encargarse de Jarabo, un criminal que el 1958 realizó cuatro asesinatos a sangre fría, dos hombres y dos mujeres, una de ellas embarazada.

El estreno en televisión de la cinta fue un apasionado éxito, porque Jarabo, sin ser uno de los criminales con mayor número de víctimas en su carrera, era un caso muy especial. No era un criminal corriente (Bardem nos habla sobre el personaje, y el propio director comenta que a lo mejor si el dueño de la tienda hubiera tratado mejor a Jarabo este no lo hubiera asesinado) sino un dandy de gran fortuna. Cuando el crimen de Jarabo salió  a la luz pública, mucha gente pensaba que finalmente no se condenaría al garrote vil al criminal, por las influencias de este o mejor dicho, por no quitarse uno de ellos mismos de en medio, pero lo cierto es que Jarabo fue finalmente condenado y ejecutado (y su muerte, aunque no queda finalmente registrada en el film, porque habría resultado imposible,  llegó a tardar más de veinte minutos en completarse, debido a la propia ineficacia del verdugo). Pese a que Jarabo no entre en ningún tipo de records (como pudiera ser el del criminal Arropiero) sigue fascinando por este carácter peculiar de su alta estima hacía si mismo.

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Una de las cosas que más le preocuparon a Bardem una vez finalizado el episodio fue el hecho de que no pudiera desarrollarlo finalmente como largometraje. Realmente el film se queda en un episodio de una hora y diez minutos que con un poco más de metraje habría logrado cerrar todas las ideas que plantea (la relación de amor entre Jarabo y su novia inglesa, explicar el cometido de la carta etc..) pero aún así queda una obra muy degustable.

Jarabo queda perfectamente retratado, gracias tanto al director como por la magnífica interpretación de Sancho Gracia como el criminal protagonista. Una de las mayores cosas que registra el film es la personalidad de Jarabo. En la película lo vemos en un retrato muy aproximado tal y como era: Un hidalgo español, con una buena labia (la escena de la tintorería) , poca cultura, aficionado a las drogas y a las mujeres, con un alto concepto de sí mismo y con un don especial para dilapidar fortunas. La psicología del personaje queda perfectamente retratada. Secuencias aclaratorias como los enfrentamientos en el bar  sirven tanto para reconstruir la psicología del personaje como desarrollar la propia película.

El director además juega con una narración poco lineal, en la que emplea diversos flashbacks. La película empieza con la investigación de la policía ya empezada, justo después de que Jarabo haya cometido su último asesinato. Posteriormente la película inicia sus títulos de crédito para dar paso a un flashback en el que la historia se remonta a unos días antes, cuando Jarabo aún no ha cometido sus asesinatos. Pero la película no se queda ahí. Los flashbacks seguirán apareciendo en la película y servirán para que el director nos hable del pasado de su personaje, tanto de fiestas salvajes propias del bestia criminal como de escenas de la infancia, en la que el propio Bardem se autohomenajea (cuando se pasa lista de la clase y aparece su nombre al lado de otros conocidos suyos, incluido Jarabo ambos estudiaron el mismo colegio del Pilar, aunque realmente nunca llegaron a ser del mismo año de promoción y no se conocieron).

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En los títulos de crédito se oye por otra parte el hilo musical de la habanera, canción que hará su acto de aparición con mucha frecuencia, casi como un leimotiv macabro que oiremos con posterioridad en el film. Silbada por el propio actor Sancho Gracia, la melodía consigue dejarnos la piel de gallina.

Sin entrar en truculencia pero con un gusto por una violencia estilizada (con tomas a cámara lenta de los asesinatos) se nos desvela la intriga de la película, que a medida que avanza va atrapando al espectador en la misma telaraña de crímenes que envuelven a su personaje. Bardem opta por una estética sucia y poco elegante (bares de mala muerte, fotografía muy austera, escenas de prostitución…) que va muy acorde con la personalidad del psicótico.

Y sin duda el mérito final que hace que aún hoy en día sigamos acordándonos del film es para Sancho Gracia. Ningún otro actor podría haber interpretado mejor el papel de Jarabo.

Kyrios

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