La Gran familia española

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Con un guión como el de la familia española (escrito por el mismo director), era imposible que Daniel Sánchez Arévalo pudiera realizar algo medianamente digno. Verla con un mínimo de seriedad comporta bochorno tras bochorno. Lo más curioso de todo es que la crítica española (un tema bastante interesante sería plantear la poca credibilidad de los supuestos críticos que escriben en los mass media, aunque esto sería harina de otro costal) ha tratado de ensalzar la película por las nubes, mientras que la crítica en foros, páginas de internet e incluso el propio boca a boca haya sido mucho más equidistante.

El título nos habla de una familia, pero para empezar el nexo entre los protagonistas que la conforman es totalmente inexistente. En realidad la película está unida por diversas historietas que se entremezclan entre sí, sin que exista realmente algún aliciente que sea capaz de unirlas. El tema de la final del mundial (se supone que la boda es el mismo día en el que tuvo lugar la final del campeonato de fútbol de Sudáfrica del 2010) es simplemente un gancho comercial totalmente prescindible, que podría haberse suprimido y la película no habría perdido un ápice de su absurdidad (pero ya sabemos lo que tira el fútbol en el espectador medio). La comedia no la vemos por ningún lado. La propuesta de Arévalo se diluye entre multitud de defectos.

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El guión hace aguas desde cualquier punto de vista y un destripamiento rápido de este no los demuestra: Por una parte la relación amorosa del personaje que se va a casar, interpretado por Patrick Criado, no tiene ni un final claro ni tampoco es comprensible que su novia, un personaje que interpreta Arantxa Martí, haya podido ocultar el embarazo a su familia durante tanto tiempo (¿acaso no la veían a diario?). La historia de Antonio de la Torre es igualmente estrepitosa, se da vueltas (durante un momento parece que va a huir con el coche pero no sabemos a dónde) para caer en una resolución forzada y sin sentido (primero deciden abrir la caja fuerte pero luego se echan para atrás y son capaces de arreglar el desaguisado en un par de minutos). La historia de Quim Gutiérrez es previsible y no tiene ninguna inventiva. Y para colofón final, en los últimos minutos de la película se nos cuenta que la familia no es familia porque el padre, sin que lo supiera ha sido un cornudo durante toda su vida. Aún peor resulta comprobar que ninguno de los conflictos que abre Daniel Arévalo a lo largo de la película quedan cerrados, sino que al espectador le siguen surgiendo dudas de la continuidad de la familia, aunque el cineasta cierra con un edulcorado final la película para ocultar estas carencias.

El buenrollismo con el que intenta afrontar el tono principal es un recurso que atufa ya a kilómetros de distancia. El sello personal del director que nos deslumbró con películas como Azuloscurocasinegro o Gordos queda parodiado en una versión castiza que mezcla el humor español más rancio (no deja de ser paradigmático en este sentido que el fútbol sea tan importante en el film) con un fallido intento de adaptarse a las comedias norteamericanas mal llamadas indies de las últimas hornadas. En este sentido no hay más que ver la propia boda, que tiende más a ser espejo de las realidades presentadas por las comedias norteamericanas que una boda española. Pero el intento es inane.

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Por otra parte, como el guión no consigue en ningún momento tocar las teclas adecuadas para hacer reír al espectador, el director trata de ocultar los defectos mediante la pátina de un formalismo que intente demostrar tanto la notable apariencia formal del producto como  demostrar que no estamos ante una película española más. Secuencias mostradas fotograma a fotograma, salidas de tono escatológicas (con tal de ganar complicidad ante el público más joven) y cárteles sobreimpresionadas con letras que parecen sacadas del plomizo diseñador Mr. Wonderful para indicarnos asuntos banales como la ubicación donde transcurre la acción.

La cuestión que más molesta es sin duda la moral. La gran familia española trata de elevar el espíritu patrio en una mezcolanza de alcohol y compañerismo ante las adversidades, en clara referencia a la triste situación económica y familiar que viven nuestros protagonistas y que podría ser la misma que padece propio espectador. La película es complaciente en todo momento consigo misma, y no vemos atisbo de reflexión en ningún momento. Los personajes tratan de ganarse la confianza del espectador por las vías más fáciles, a pesar de que para ello traicionen su propia identidad (no podemos dejar de pensar en el giro final de guión). La gran familia española no es una crítica a nuestro estilo de vida, sino una tibia muestra del comportamiento del español medio, aquel que prefiere ver un partido de fútbol cerveza en mano antes que afrontar los problemas cotidianos. Paradójico resulta que al igual que nuestro futuro como país, la gran familia española no sepa cerrarse como película y siga dejando muchos interrogantes involuntariamente abiertos.

Kyrios

 

 

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