El Pan nuestro de cada día

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Nunca sabremos cómo habría continuado la carrera del director alemán exiliado en Estados Unidos, F.W Murnau, porque después de dirigir junto con el documentalista Flaherty la película Tabú en el 1931, el director murió en un triste accidente de coche. El caso es que justo antes de Tabú el director había realizado una película que había tenido muchos problemas de producción. Se trataba de una película financiada por William Fox, el magnate comercial de la productora que llevaba (y lleva) su mismo nombre, justo en el 1930, cuando el cine sonoro empezaba ya a hacer su acto de aparición en masa en la producción cinematográfica norteamericana. El problema es que la película se rodó muda, pero el  productor decidió pasarla a sonora por obvios motivos comerciales. El enfado entre los dos fue notable y supuso la escisión, por lo menos temporal (nunca sabemos cómo habría discurrido la carrera del director si no hubiera fallecido tempranemente, aunque todo apunta que quizá en productoras más pequeñas o independientes) de Murnau con la productora Fox.

La película sigue la estela naturalista de la maravillosa Amanecer, la primera película que rodó el alemán en tierras americanas y que ya había supuesto un cierto descalabro comercial para la Fox. La historia es bastante sencilla: Un joven de un pueblo rural se traslada momentáneamente a Chicago para vender el excedente de trigo que han cultivado en la granja de su familia, donde viven sus padres y su hermana menor. El joven frecuentará un bar donde se enamorará de una joven, a la que convencerá para que se case con él, pese a que apenas se conocen, y le acompañe en su periplo de vuelta hacía el mundo rural.

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Esta es la primera parte de la película. La obra está divida en dos grandes partes y sin duda el tono entre las dos es completamente diferente. En esta primera encontramos muchas señas de identidad correspondientes con Amanecer. El romanticismo que se establece entre los dos personajes está conectado por una visión pura de unos personajes que comparten sufrimientos semejantes. No se tratan de grandes protagonistas ni sus vidas son realmente excitantes, sino que los personajes escogidos por el director se tratan de personas corrientes y cotidianas. Charles Farell es un campesino de modales rústicos (no lo vemos desenvolverse con soltura entre el bullicio del bar y queda sorprendido ante la gran ciudad) que se enamora de una camarera (interpretada por Mary Duncan) que trabaja en una cafetería corriente. Sin embargo, pese a los estratos sociales de nuestros personajes, el director no duda en mimar a nuestros personajes y mostrárnoslos como un soplo de franqueza en el caos de la gran ciudad. Farrell defenderá a su amada de las visiones sensuales que tienen algunos clientes del restaurante, que se aprovechan de la camarera para deleitarse con la vista. Mediante pequeños gestos y recursos como la tarjeta de nuestro protagonista (en algo parecido a una galleta de la suerte nuestro protagonista encuentra una tarjeta que reza que se case con la mujer que ama) el amor se hace camino entre los dos. El tono es muy amable y no se corresponde con la dureza con la que trata el director la segunda parte de la película.

Porque cuando nuestros protagonistas llegan a la granja donde le esperan sus padres, la película cambiará de tercio y de tono rápidamente. El padre de Farrell desconfía de Kate porque cree que se ha casado con su hijo únicamente por interés. Por otra parte Farrell se desentiende de su mujer paulatinamente, mientras que un grupo de jornaleros que se han instalado en la casa vejarán continuamente a Kate, hasta degradarla a términos humillantes.

Murnau opta claramente por el bando feminista. La película de hecho es una gran denuncia hacía el maltrato machista, especialmente en  el ámbito rural aunque como ya he comentado (con las lujuriosas miradas de los clientes o los borrachos que intentan ligar con ella en el restaurante) la ciudad tampoco sale bien parada en este sentido. Finalmente el director opta por una reconciliación entre los miembros de la familia, que quizá resulte un tanto impostada, a lo mejor por imposición de la productora.

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Como se puede observar sólo leyendo el argumento resulta increíble este cambio de registro con el que Murnau afronta la película. Ya en el tratamiento plástico nos encontramos con diferencias muy notables. En la primera parte del film el director opta por un naturalismo que utiliza los pocos decorados con los que cuenta la película para sacar una luz bastante naturalista que opta por no realizar nunca un claroscuro, mientras que cuando la acción sucede en la fúnebre granja familiar, la fotografía cogerá tintes expresionistas, para enfatizar el tono dramático por el que transcurre la película. La oscuridad predominará durante el tramo final de la película, incluyendo el registro de una magnífica tormenta que acompaña el estado anímico de la película, como una representación del clímax final.

Kyrios

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